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MONS. JESÚS PÉREZ: “POR MARÍA A CRISTO”

¿QUÉ CAUSA TANTA ALEGRÍA EN SUCRE? ¡LA VIRGEN SANTA DE GUADALUPE!.

Hermanos y hermanas: Paz y Bien.

En el mes de agosto iniciamos, en nuestra ciudad de Sucre, los cultos en honor de María, bajo la advocación de Guadalupe. Bajo esta advocación es patrona de la ciudad de Sucre. Estos días de culto ayudan a la renovación espiritual de no pocos católicos que a través de María, dan el paso de acercarse mucho más a Cristo. Se podría afirmar que la imagen de María de Guadalupe se convierte en anuncio de Jesús, el Hijo de Dios, pero también de María, en las gracias con las que Dios la ha adornado.

María Madre y Modelo en el seguimiento de Cristo es un regalo para nuestro pueblo en esto días de oración y reflexión, junto a su siempre venerada imagen. Ella es la Madre que ama y cuida al Hijo, sabiendo que él es el Salvador de todo el mundo. La voluntad de María nunca estuvo en oposición a la de Dios Padre. No lo podía estar. María estaba totalmente compenetrada con el querer de Dios, llena del deseo de hacer la voluntad de Dios. Por ello, cuando Dios le propone ser la Madre de su Hijo, dice: “hágase en mi según tu voluntad” (Lc 1,38).

María es la Madre de Jesús, es la Maestra del Maestro, pero a la vez es la discípula, y discípula a tiempo completo. Ella vive con Jesús, en Jesús y por Jesús, su Hijo. San Lucas nos refiere “guardaba todo en su corazón meditándolo” (Lc 1,19 y 4,51). En la escucha de la Palabra –en ella se hizo carne– y en el silencio del corazón fue aprendiendo los misterios escondidos del Reino.

Durante los nueve días que preceden a la fiesta –celebraremos su día el 8 de septiembre– en las eucaristías de la noche iremos reflexionando sobre los misterios de la salvación. Nadie como María, discípula y misionera, Madre y Modelo de la Iglesia ha vivido y cooperado en el misterio de Cristo. Por eso, hay que aprovechar los días de la novena, no sólo para elevar oraciones en honor de nuestra Señora la Virgen de Guadalupe, sino que también debieran ser días de reflexión, de meditación y de conversión.

El Concilio Vaticano II nos dice: “el benignísimo y sapientísimo Dios, al querer llevar a término la redención del mundo, ‘cuando llegó la plenitud del tiempo, envió a su Hijo hecho de mujer… para que recibiéramos la adopción de hijos’ (Gal 4,4-5). ‘El cual por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación, descendió de los cielos, y se encarnó por obra del Espíritu Santo de María, Virgen’. Este misterio divino de salvación se nos revela y continúa en la Iglesia, a la que el Señor constituyó como cuerpo, y en ella los fieles, unidos a Cristo, su Cabeza, en comunión con todos sus Santos, deben también venerar la memoria, “en primer lugar, de la gloriosa, siempre Virgen María, Madre de nuestro Dios y Señor Jesucristo” (LG 52).

La imagen rica y bella de Santa María de Guadalupe con su rostro sereno y amoroso nos atrae a todos los cristianos, pues vemos en ella a nuestra Madre y Protectora. Sus maternales ojos, grandes como los ojos de una madre, nos miran cada vez que nos acercamos a venerarla.

María se siente siempre atraída hacia nosotros pues somos parte de su Hijo, los bautizados somos hijos espirituales de María. La Iglesia nos enseña que María al ser trasladada de este mundo, intercede ante el Señor por nuestros pecados. Durante estos días de preparación a la fiesta de Guadalupe es una preciosa ocasión para reflexionar sobre su poderosa mediación ante Cristo, único mediador ante Dios.

María, como Jesús, su Hijo, quieren nuestro bien, nuestra felicidad. María está asociada al plan de salvación del Redentor. Por ello, los cultos en honor de María nos llevan a Jesús, de ahí esa afirmación tan agradable: “Por María a Cristo”. En aquella fiesta de las bodas en Caná de Galilea, el evangelista Juan nos presenta a María arrancando del corazón de su Hijo, el primer milagro, la conversión del agua en vino. María ve el trance difícil de aquellos esposos, intercede ante su Hijo y le pide que ayude a superar aquel bochorno de no tener vino para continuar la fiesta. María, segura de lo que Jesús podía, dice a los sirvientes: “Hagan lo que Jesús les diga” (Jn 2,5).

Para vivir bien esta novena y celebrar también bien la fiesta del nacimiento de María, en Sucre, bajo la advocación de Guadalupe, necesitamos ir a María y ser obedientes a sus enseñanzas, acercándonos a Cristo. Cristo es el Sumo Bien, es nuestro Salvador y Redentor. Él es el camino para ir al Padre. La Palabra de Dios, escuchada en abundancia durante estos días, tiene como siempre, su respuesta en la oración en común. La eucaristía, centro de la vida del cristiano, es también la parte central de la Novena y de la fiesta de la Virgen.

Durante estos días de culto y visitas a la Virgen, hay en nuestra Catedral un buen servicio de sacerdotes que nos han de ayudar a recibir el perdón de Dios, en el sacramento de la Reconciliación o Penitencia, no hay duda que el mensaje de la Palabra de Dios nos llama a la conversión. La conversión es llamado de Dios, porque no decirlo, también de María, a volvernos totalmente a Dios, a convertirnos.

Hermanos y hermanas, hagamos en estos días un alto en el camino. Programemos un tiempo para Cristo, acompañados por María. La oración es lo básico en la vida cristiana, pues sin la ayuda de Dios no podemos hacer nada (cfr. Jn 15,5). Al acercarnos a María, a través de su imagen, nos acercamos mucho más a Cristo. En Cristo, la edificación de la Iglesia es también obra de María.

El gran y urgente llamado de Aparecida a ser discípulos misioneros tiene que tener una respuesta generosa en los devotos hijos de Santa María de Guadalupe, al contemplarla como Discípula Misionera, Madre y Modelo de la Iglesia. A Ella, queremos encomendar nuestro Plan Pastoral 2011-2016, fruto del VI Sínodo.

Que Cristo, el Hijo de María, nos conceda ser tiernos devotos de su Madre y cantar como Ella al Señor: “El Señor hizo en mí maravillas, gloria al Señor”.

Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M.
ARZOBISPO DE SUCRE