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Mons. Jesús Juárez: “Por la unidad y la reconciliación de la familia boliviana”

HOMILÍA DE MONS. JESÚS JUÁREZ, ARZOBISPO DE SUCRE, EN LA EUCARISTÍA DE RECONCILIACIÓN DE LA FAMILIA BOLIVIANA EN ESTE 21 DE FEBRERO.

Queridas hermanas y queridos hermanos:

  1. Celebramos esta Eucaristía “por la unidad y la reconciliación de la familia boliviana” en este 21 de febrero, en el que la Palabra de Dios debe resonar en nuestras mentes y corazones con un mensaje renovado de paz y de justicia; de unidad y esperanza; de respeto y tolerancia.
  2. En la primera lectura hemos escuchado un hermoso diálogo entre Yahvé, nuestro Dios y Salomón, rey de Israel. Yahvé, como padre amoroso, dice a Salomón: “Pídeme lo que quieras” (I Reyes 3, 5); y la respuesta confiada de Salomón fue: “Dame, pues, a mí, tu servidor, un espíritu atento para gobernar bien a tu pueblo y para decidir entre lo bueno y lo malo, porque si no, ¿cómo podría gobernar este pueblo tan grande?” (1Reyes 3, 9). Esta respuesta le gustó a Yahvé, porque Salomón no le pidió cosas para él, no le pidió larga vida ni riquezas ni la persecución o muerte de sus enemigos, sino inteligencia y sabiduría para gobernar con rectitud. Por eso Yahvé le concedió lo que le pidió.

Esa debe ser, queridas hermanas y queridos hermanos la actitud de todos los servidores en instituciones públicas y privadas. Hay que reconocer que toda autoridad o poder no viene de las propias capacidades, sino de la fe en un Ser superior como lo testimonia el Evangelio de San Juan en el diálogo entre Jesús de Nazaret y Poncio Pilato y la respuesta dada: “tú no tendrías ningún poder sobre mí, si no lo hubieras recibido de lo Alto” (Jn 19,11). Hay que reconocer, que en una verdadera democracia en un estado de derecho el poder viene del pueblo, de la moral política que siempre permite discernir con sabiduría entre el bien y el mal y colocar el bien común por encima de cualquier otro bien y del respeto profundo de la Constitución vigente y de las leyes consensuadas para ser aceptadas.

No imitemos a los discípulos de Jesús de Nazaret que: “comenzaron a discutir cuál de ellos debía ocupar el primer lugar. Jesús les dijo: ‘los reyes de las naciones se portan como dueños de ellas, y, en el momento en que las oprimen, se hacen llamar bienhechores’. Ustedes no deben ser así. Al contrario, el más importante entre ustedes, se portará como si fuera el último, y el que manda como el que sirve” (Lc 22, 24-26).

Hermanos y hermanas, para los cristianos, la fe y la política no son antagónicas, porque creemos en un Dios que se ha encarnado en la historia humana, en un Dios que ha creado al varón y a la mujer a su imagen y semejanza (Gn 1,27) y en un Dios que no sólo le importa las cosas celestiales, sino también las terrenales donde se pone en juego la dignidad y la libertad de sus criaturas y donde siempre tendrá como sus predilectos a los pobres y a los humildes; a los excluidos y marginados. Muchos quisieran ver a la Iglesia sólo en la sacristía. Pero no, la Iglesia tiene una misión en el mundo para hacer de él el lugar del Reino de Dios, “reino de verdad y de vida; reino de santidad y gracia; reino de amor, justicia y paz” (prefacio de la solemnidad de Cristo Rey).

  1. En el salmo responsorial se proclama que el Señor ama la justicia y el derecho, que llena la tierra de su gracia, cuyo proyecto subsiste por todos los siglos. Qué profunda y desafiante es la afirmación que nos podemos aplicar: “feliz la nación cuyo Dios es el Señor, el pueblo que él escoge como herencia”. En el Señor esperamos. Él es nuestra defensa y nuestro escudo. Venga a nosotros tu amor porque en ti hemos puesto nuestra confianza y esperanza (Sal 33, 19-22).
  2. Siguiendo la recomendación del Apóstol Pablo, los católicos en todas nuestras celebraciones eucarísticas, sobre todo en las dominicales, oramos por los jefes de estado, por todos los gobernantes y autoridades civiles, eclesiásticas y todos aquellos que tienen autoridad para que, como pueblo de Dios, tengamos días en paz y justicia, con toda piedad y dignidad (1Tim 2,1-2) y se garantice el ejercicio de los derechos inalienables de toda persona humana.
  3. En el Evangelio de Marcos, Jesús nos da una enseñanza profunda en el milagro del ciego de Jericó porque éste reconoce la condición de mesías de Jesús. De manera insistente le grita: “Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí”, pese a que la gente buscaba callarlo. Jesús pide que lo llamen. “¿Qué quieres que haga por ti?”, le preguntó y el ciego respondió: “Maestro, que vea”. Jesús le dice: “Tu fe te ha salvado”.

Ahora Jesús nos pregunta y también a todo el pueblo boliviano: ¿Qué quieren que haga por ustedes?, la respuesta debería ser la misma: “Maestro, que veamos” que debe ser una súplica humilde y perseverante para salir de la ceguera, no sólo física, sino espiritual y moral; de la ceguera de la mentira para ver la luz de la verdad; de la ceguera de los resentimientos, para ver la grandeza de la reconciliación; de la ceguera de la división, para ver la fuerza de la unidad; de la ceguera del poder a la alegría de ser servidores de la sociedad y del bien común.

Queridos hermanos y hermanas, en nombre de Dios, les pido en este tiempo de Cuaresma –tiempo de gracia y salvación- volver al Señor con un deseo ardiente de auténtica conversión del corazón; con un cambio radical de mentalidad según la Palabra de Dios y con una actitud solidaria con los hermanos damnificados por el cambio climático.

La fe y comunión que expresan en esta Eucaristía, tenga coherencia con su vida personal, familiar y ciudadana. Alimentados por el cuerpo y la sangre de Cristo, seamos testigos de su amor en medio de nuestro pueblo, con auténticos signos de paz, amor, unidad y reconciliación.

Al concluir esta reflexión sobre la Palabra de Dios, les exhorto a que esta jornada transcurra, con la protección del Señor, en un clima de respeto mutuo y tolerante entre todos los ciudadanos. Amén.

+Jesús Juárez Párraga, sdb.

ARZOBISPO DE SUCRE