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Mons. Gualberti: “¿Vivimos nuestra misión como servicio al Señor y al prójimo o en cambio nos hacemos servir?”

Homilía de Mons. Sergio Gualberti

Arzobispo Emérito de Santa Cruz de la Sierra

Santa Cruz, 10 de diciembre 2023

Basílica Menor San Lorenzo-Catedral Metropolitana

 

Queridos hermanos y hermanas en este segundo domingo de Adviento la liturgia de la Palabra nos presenta al profeta Isaías y a Juan el Bautista, dos profetas que nos acompañan en el camino para prepararnos bien a acoger al Niño Dios en nuestra vida y en nuestra historia.

En la 1era lectura, el profeta Isaías anuncia a los israelitas, deportados en Babilonia, la buena noticia de su pronto regreso del exilio: “Consuelen, consuelen a mi Pueblo… hablen al corazón, anuncien… la buena noticia a Sion”. Llegado el momento, “una voz que clama” llegará al corazón de esos exilados y les llamará a salir de su postración y a preparar: “en el desierto el camino del Señor, trazar en la estepa un sendero para nuestro Dios, rellenar todos los valles y aplanar todas las montañas y colinas”. El profeta termina su mensaje asegurándonos que la liberación se hará realidad, porque es el Señor quien se hará cargo:” Aquí está tu Dios, que… como un pastor apacienta su rebaño y lo reúne con su brazo””.

Esa “voz que clama” es la que también pide al profeta subir a una montaña elevada, a levantar con fuerza y valentía la voz para que todos escuchen ese mensaje de esperanza y acojan al Mesías que, con una intervención poderosa, los reunirá y apacentará a todos, en especial a los más débiles e indefensos. Luego, el profeta hace un firme llamado a que se conviertan de sus errores y pecados, rellenen los valles de las omisiones y egoísmos, y aplanen las montañas del odio, la violencia y el mal.

Esa misión del Mesías dará inicio al tiempo de Dios, el tiempo de la misericordia, de la liberación de todas las esclavitudes materiales y espirituales y traerá la paz y la salvación a todos los pueblos.

Y Jesús, en los inicios de su misión, delante de la comunidad reunida en la sinagoga de Nazaret, la aldea donde fue criado, terminada la lectura de ese pasaje del profeta Isaías afirma con firmeza: “Hoy se han cumplido estas palabras”. De esta manera, Jesús se proclama “Mesías”, el enviado del Padre para instaurar el Reino de Dios en el mundo entero. Sus palabras despiertan la esperanza en el corazón de los pobres, de los últimos y descartados de la sociedad, en aquellos que no ponen su confianza en sus fuerzas, en las riquezas o en los poderosos, sino que confían en Dios y que se abandonan en sus manos. Estos son los que acogerán con gozo al Salvador.

Y el texto del evangelio de Marcos, hoy nos habla de la misión del Mesías: “Comienzo de la Buena Noticia de Jesús, el Mesías, Hijo de Dios”; comienzo no solo del obrar y de la predicación de Jesús, sino el principio e inicio del evento decisivo que Dios, ha puesto en marcha en bien de toda la humanidad: la instauración del Reino de Dios, su plan de salvación para el mundo entero, a través de su Hijo encarnado, muerto y resucitado.

Y, Juan Bautista ha sido encargado de anunciar y preparar la inminente llegada del Mesías al pueblo de Israel, él es la “voz que grita en el desierto”. Las palabras que él anuncia no son suyas, son de Dios, pero Juan, las proclama y grita con fuerza y valentía y las asume como parte de su ser.

Su vida sobria y su actuar confirman la autenticidad de su predicación, y su ejemplo mueve a muchas personas a acudir donde él: “Juan estaba vestido con una piel de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre”

“En el desierto”: Esta opción nos puede extrañar, ¿cómo predica en el desierto, lugar despoblado e inhóspito, y donde no hay quien que escuche? Sin embargo, Juan elige el desierto y no las ciudades o poblados para hacer este gran anuncio, porque el desierto tiene un valor simbólico, es el lugar del silencio y de lo esencial, donde no hay distracciones ni cosas superfluas, el lugar de la prueba y la tentación y el lugar de la conversión y de la toma de decisiones.

El desierto favorece el encuentro consigo mismo, allí también se puede tener el encuentro personal e íntimo con Dios y  prepararnos a una nueva misión. En el desierto Moisés se preparó para encabezar la liberación de los israelitas de la esclavitud de Egipto, Elías para defender la fe en el verdadero Dios, y en el Jesús en el desierto, antes de su misión pública venció las tentaciones del poder, la riqueza y la mundanidad.

La misión principal de Juan es proclamar la urgencia de la conversión a todo el mundo. La llegada del Mesías es la oportunidad decisiva para todos a fin de que se arrepientan de los pecados y del mal, cambien de mentalidad y conducta, y cumplan la voluntad de Dios. Por eso, pide a todos manifestar su decisión de renovar su vida, acorde a la dignidad de hijos de Dios, y como signo de su conversión y penitencia, los bautiza en las aguas del río Jordán.

Juan el Bautista está bien consciente que su misión es estar al servicio del Mesías, por eso, para evitar que el pueblo lo confunda con Jesús, les advierte: “Detrás de mí vendrá el que es más poderoso que yo. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero Él los bautizará con el Espíritu”. Su persona, su vida y su misión están totalmente centradas en Cristo, el único Salvador.

Pero Juan, de la misma manera que precede a Jesús, al mismo tiempo lo sigue, es el primero que se pone en espera vigilante para indicarlo a todo el pueblo. El mismo presenta a Jesús como el Mesías, el más fuerte y el más digno, ante el cual él se siente indigno de servir. Además, Juan aclara que el bautismo de agua que el realiza es un simple signo de penitencia, mientras que, el bautismo con el Espíritu de Jesús, vence y libera del pecado, trae la salvación sumergiéndonos en la gracia y en la misma vida de Dios.

Con la predicación y actuación de Juan, ha tenido inicio el tiempo decisivo de la salvación traída por Cristo. Desde entonces, Él está cerca y en medio de nosotros como Señor de la historia y del universo, él se deja encontrar, solo nos hace falta abrir nuestro corazón y acogerlo. Es el inicio del camino de la nueva liberación, el camino de “una conducta santa y piadosa”, como nos dice la 2da carta de Pedro que hemos escuchado, el camino de la esperanza hacia el encuentro definitivo y dichoso en el reino eterno de Dios.

Y Juan Bautista, modelo de humildad y servicio, encabeza nuestro camino: “Yo ni siquiera soy digno de ponerme a sus pies para desatar la correa de sus sandalias”. Su actitud nos cuestiona a todos, en particular los que hemos sido llamados a ser autoridades, tanto en la comunidad eclesial como en la sociedad: “¿Vivimos nuestra misión como servicio al Señor y al prójimo o en cambio nos hacemos servir?”.

Esta mañana, pidamos todos al Señor para que, siguiendo las huellas de Juan el Bautista, sepamos gastar nuestra vida, con humildad y sencillez, al servicio del Reino de Dios, el reinado del amor, la libertad, la verdad, la justicia y la pazAMÉN

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