Internacional

Lecciones y mensajes de la beatificación de nuestros 522 mártires españoles (Editorial ECCLESIA)

(Madrid / ESPAÑA)

La Iglesia católica en España, y con ella la Iglesia universal, acaban de vivir el gozo y la gracia de la beatificación de 522 mártires del siglo XX. La ciudad y archidiócesis de Tarragona se convirtió los días 11 y 12 de octubre en el epicentro eclesial de España. Todo resultó bien, espléndido y aleccionador, fruto de una esmerada preparación y una magnífica colaboración entre la Iglesia local tarraconense y la Conferencia Episcopal Española (CEE), promotora del acontecimiento, denominado “Beatificación del Año de la Fe”. Demos gracias a Dios. Solo a Él la gloria y la alabanza.

Ahora, más allá de polémicas –algunas inevitables, otras interesadas e ideologizadas, en cualquier caso de menor intensidad que en otras ocasiones similares- lo que importa es, junto a la acción de gracias, el saber encomendarnos a los nuevos beatos, el tomar ejemplo de sus vidas heroicas y extraer las lecciones y los mensajes pertinentes de estos hermosísimos días de Tarragona.

La beatificación de nuestros 522 mártires resalta, en primer lugar, la grandeza y la belleza del martirio cristiano. El Catecismo de la Iglesia Católica, en su número 2473, define el martirio como “el supremo testimonio de la verdad de la fe”. El martirio es, sí, la excelencia de la fe. Los mártires cristianos son un tesoro irrenunciable para la Iglesia. Son la palma y la corona de la vida cristiana. Son nuestros primeros y mejores hermanos, imitadores cabales de Jesucristo, luz del mundo y sal de la tierra, esperanza de una Iglesia y de una humanidad mejores, testigos y portadores de las más completos y necesarios valores como el amor, la fidelidad, la lealtad, la coherencia, la valentía, el ardor, la paz, el perdón y la reconciliación. Como hemos escrito en anteriores editoriales son, asimismo, cualificadísimos modelos e intercesores para la evangelización.

La celebración, pues, de esta beatificación, ya en las postrimerías del Año de la Fe, nos ilumina el camino, los retos y la hermosura de nuestra fe. Una fe, comprometida, apostólica, concreta, sin barnices y sin mediocridades o comportamientos acomodaticios y a la carta, que nos pidió el Papa Francisco en el videomensaje grabado para las beatificaciones de Tarragona. Una fe que actúa por la caridad, una fe que crece, que es regada y fecundada por la sangre de los mártires y por el testimonio de los mártires incruentos de la cotidiana vida cristiana en fidelidad y en entrega.

El cardenal Amato, legado papal en la celebración de Tarragona, abundó asimismo en otros dos mensajes, íntimamente unidos entre sí. Son el perdón y la conversión del corazón a la bondad y a la misericordia. “Perdón y conversión –afirmó textualmente- son los dones que los mártires nos hacen a todos. El perdón lleva la paz a los corazones, la conversión crea fraternidad con los demás”.

Lo hemos dicho y repetido en estas páginas. Lo han dicho y lo han repetido nuestros obispos en numerosas ocasiones: la beatificación de un mártir no va contra nadie, no busca culpables o verdugos. La beatificación de los mártires es un ejercicio de justicia, es un deber de reconocimiento de la verdad de la memoria de la historia –no una memoria resentida de la historia, sino reconciliada y reconciliadora-, es un acto de alabanza al Dios admirable en sus mártires y un ejemplo luminosísimo para la comunidad cristiana, amén de una poderosa, como ya queda dicho, intercesión. Se glorifica a los mártires porque son -subrayó el cardenal Amato- “testigos heroicos del evangelio de la caridad, porque merecen admiración e imitación”.

La Iglesia es y ha de ser siempre la casa del perdón, del perdón dado y recibido. El martirio es escuela y fuente de perdón. Afirmó, con acierto, el arzobispo de Tarragona, en su espléndida homilía de la celebración de vísperas del 12 de octubre, que el primer fruto y gracia de los mártires ha de ser el perdón y la reconciliación “El Señor mira con compasión a un bando y al otro, el Señor mira con compasión tanto a los verdugos como a los que murieron. La última mirada de los mártires fue ésta: una mirada que perdonaba. Sea ésta también nuestra mirada”.

Y el martirio es igualmente casa, escuela y fuente de comunión. Como la gran comunión vivida en Tarragona en pequeños y en grandes gestos, y que llama a toda la Iglesia y a la sociedad civil a la concordia y a la fraternidad.