Santa Cruz

(video) “La paz verdadera es compromiso de todos” Mons. Gualberti Arzobispo Coadjutor de Santa Cruz

Mons. Sergio Gualberti, al comenzar su homilía saludó a los Hermanos de la iglesia anglicana representados por el Obispo Mons. Rafael Samuel y 2 sacerdotes de dicha Iglesia que compartieron la celebración litúrgica de la jornada, asimismo agradeció el trabajo de la Comisión Arquidiocesana de Ecumenismo con las Iglesias hermanas.

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Mons. Sergio Gualberti (centro) preside la celebración, concelebran P. Humberto Lira (izquierda) Asesor de la Comisión de Ecumenismo y P. Hugo Ara (derecha) Rector de la Catedral de Santa Cruz 

Al rememorar el lema de esta semana que  nos interpela a entender qué exige el señor de nosotros Mons. Gualberti  indicó que “el Señor exige un compromiso decidido por la una unidad de los cristianos y de todos los bolivianos” por ello invitó a todos los hermanos a “meternos de lleno para construir una sociedad más justa, conforme a la voluntad de Dios”

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En la fotografia los Hermanos de la Iglesia Anglicana

El Arzobispo Coadjutor pidió que en esta Solemnidad en que celebramos la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles, sobre la iglesia, acompañemos a nuestro pastor Cardenal Julio Terrazas, que está haciendo Trabajo Pastoral en San Luis Gonzaga. “Nos unimos a él con nuestra oración”.

Mons. Gualberti al hacer un llamado para que todos cultivemos la paz y rechacemos la confrontación dio lectura al comunicado de prensa de la Conferencia Episcopal en el que se exhorta y denuncia que “no es responsable alentar la confrontación entre hermanos cuando los problemas deben ser debatidos en el único camino democrático del diálogo”. El comunicado de la CEB hace un ferviente Llamado a las autoridades nacionales y sectores movilizados deponer actitudes y medidas de presión y violencia.

Mons. Gualberti enfatizó en que “La paz  verdadera es compromiso de todos, pero también la paz es sobre todo don de parte de Dios”, por eso confiamos en el Espíritu Santo que está presente en nuestra historia y le pedimos este don con una oración sincera.

Al concluir su homilía indicó que “Todos juntos con humildad caminemos a la comunión plena con Jesús, dando el testimonio de vida que tanto nuestra sociedad necesita”.

A continuación la Homilia de Mons. Gualberti “in extenso” transcrita por la Oficina de Prensa del Arzobispado de Santa Cruz.

Domingo 19 de mayo, solemnidad de Pentecostés

Catedral de Santa Cruz

PENTECOSTÉS: ESPÍRITU DE VIDA

La venida del Espíritu Santo sobre María y los Apóstoles reunidos en el Cenáculo, es el cumplimiento de la promesa hecha por Jesús en la última Cena: “Cuando venga el Consolador que les enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad… él dará testimonio de mí”. (Ev) y es la plenitud de la Resurrección del Señor. El Resucitado, desde el día de Pentecostés, seguirá presente en la historia de la humanidad a través de su Espíritu y de manera particular acompañará a la Iglesia, que acaba de nacer.

En la 1ª lectura de los Hechos nos presentan las características que, desde sus comienzos y para siempre, deberá tener la Iglesia. “Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar”: la Iglesia nace como comunidad unida por el único Señor, Jesucristo muerto y resucitado, y todo cristiano tiene que vivir su fe en comunión con los hermanos.

Comunidad guiada por el Espíritu Santo, que es Espíritu de vida, verdad, el amor y la valentía, significados en las imágenes del viento y las llamas de fuego. Estos signos expresan el poder del Espíritu Santo, poder que provoca el cambio total en los apóstoles que seguían encerrados en su miedo, temerosos ante las autoridades judías.

Es el Espíritu que les da el valor para romper las cadenas del temor que los paralizaba, y cumplir con el mandato del Señor: “También Uds. darán testimonio”. Con esa fuerza liberadora, “se pusieron a hablar”. Anuncian la gran buena noticia: por Jesús muerto y Resucitado, nosotros hemos sido liberados de la esclavitud del pecado y del mal y hemos recibido el don inestimable de ser hijos de Dios.

El Evangelio del Resucitado, la buena noticia de la vida, el amor y la libertad, es la tarea, la misión que, desde sus inicios, la Iglesia tiene que proclamar a todas las naciones hasta el fin de la historia.

Por lo tanto la Iglesia nace como comunidad misionera, que se abre y va al encuentro de todos los pueblos: “En Jerusalén había judíos de todas las naciones.. y cada uno oía hablar a los apóstoles en su propia lengua“.

En palabras sencillas Lucas expresa el asombro y la sorpresa de los peregrinos porque cada cual entiende en su propia lengua ese mensaje extraordinario y único en la historia de la humanidad. No estamos ante un fenómeno de interpretación de idiomas. Estamos ante el milagro de que el lenguaje de la libertad, del amor, de la vida y de la fraternidad es universal, un mensaje que todos los hombres de cualquier raza y pueblo lo entienden.

El Espíritu del Señor no exige que renunciemos a nuestra propia cultura y lengua para ser cristianos, sino que nos pide aceptar libre y personalmente a Jesús como Salvador y cumplir su Palabra, valorando lo positivo que hay en ella y purificando lo que no es acorde al Evangelio.

La gente pronto pasa de la maravilla y admiración, a la aceptación del Evangelio y se une a la comunidad a los discípulos: “Y aquel día se les unieron unas tres mil personas”. La adhesión a Jesús no es un acto individual, es un acto personal y comunitario, que nos une a los que, de entre todos los pueblos, optan por Él, formando así el nuevo y único Pueblo de Dios, la Iglesia.

Desde Pentecostés se va forjando el nuevo Pueblo de Dios por el encuentro de muchos pueblos en la única fe en Jesucristo, es la pluralidad en la unidad. No uniformidad de una sola lengua y cultura, sino unidad en la diversidad, cada cual aportando desde su variedad: es la riqueza de la complementariedad.

Pentecostés, es todo lo contrario de la Torre de Babel (Gen 11), allí: “una sola humanidad, con un solo lenguaje e idénticas palabras…hagamos una ciudad con torre que alcance al cielo…hagámonos famosos…

y se dispersaron por toda la tierra y se confundió el lenguaje…”. La soberbia del hombre que prescinde o quiere suplantar a Dios, siembra el veneno de la incomprensión, la discordia, la división y la muerte.

Mirando a la luz de estas palabras a los paros, bloqueos y conflictos sufridos en estos últimos 15 días, nuestro país tiene un triste parecido con la torre de Babel. Lamentablemente cada día la situación se ha ido agravando, y no se ha manifestado una voluntad sincera de escucha, ni de hablar el idioma de la racionalidad, de la fraternidad, del bien común y del entendimiento.

Vuelvo a proponer la preocupación, el llamado al diálogo y la voz de alerta que la Iglesia a través de las palabras pronunciadas en varios mementos de este conflicto por nuestro Pastor el Cardenal Terrazas, la CEB y otros Obispos: “El recurso a la violencia, venga de donde venga, no soluciona los problemas, por el contrario los ahonda y agudiza… todas las partes involucradas tienen que dejar actitudes inconsultas y cerradas que van exacerbando los ánimos y envenenando el clima social“.

Elevamos “una vez más nuestra voz de preocupación y llamamos a un diálogo responsable, frente a los anuncios de radicalización de medidas de presión y convocatoria a nuevas movilizaciones que pueden derivar en la confrontación entre hermanos bolivianos, lo cual, lejos de aportar soluciones, profundizan el conflicto y prefiguran consecuencias imprevisibles que todos podemos lamentar en el futuro…

No es responsable alentar la confrontación entre hermanos cuando los problemas deben ser atendidos en el único camino válido y democrático del diálogo… Por otro lado, tampoco es responsable la radicalización de medidas de presión sin atender al recurso al diálogo y sin demostrar una real predisposición a ceder posiciones atendiendo la realidad económica del país”.

Como Iglesia, en nombre de Dios Padre que quiere el bien de todos sus hijos sin diferencias ni discriminaciones, llamamos a las autoridades nacionales y sectores movilizados a buscar caminos de encuentro, deponiendo actitudes descalificadoras y medidas de presión y violencia”. 

Ante estos llamados es urgente que todos los cristianos, y somos mayoría en nuestro país, acojamos el Espíritu de Pentecostés, que tomemos conciencia y demos testimonio de su presencia y acción con nuestro compromiso para que prime la comprensión, amor y paz no solo en nuestras comunidades, sino en todos los ámbitos de la sociedad. 

Es hora de dejar a un lado los resentimientos viejos y nuevos, de tender puentes de encuentro y reconciliación, de diálogo abierto, constructivo y sensato, de transparencia, de búsqueda de consensos indispensables en el marco del bien común y de una democracia verdadera. 

La paz verdadera es compromiso de todos, pero también y sobre todo don de parte de Dios. Por eso, confiados en el Espíritu de la unidad y la verdad presente en nuestra historia, le pedimos este don, con una oración sincera y confiada. A esto nos invita la Semana de Oración por la unidad de los cristianos, que por motivos de organización, iniciamos sobre hoy en Santa Cruz con ochos días de atraso.

El lema nos interpela seriamente:¿Qué exige el Señor de nosotros? Nos exige un compromiso decidido por la unidad entre cristianos y entre todos en nuestro país, nos exige meternos de lleno para construir una sociedad más equitativa, justa y en paz, conforme al Plan de Dios. La paz y la unidad son al mismo tiempo fruto de nuestro esfuerzo y don de Dios. Por eso les invito a orar para que, todos juntos, con humildad caminemos hacia la comunión plena en Jesús, nuestro único Señor y Salvador, dando el testimonio de amor y unidad que nuestra sociedad tanto necesita.

Arzobispado de Santa Cruz.