Santa Cruz

“El afán de poder parece subyacer a la reñida carrera por las distintas candidaturas en nuestro país” Mons. Sergio Gualberti

Homilía de Mons. Sergio Gualberti, pronunciada en la Basílica Menor de San Lorenzo Mártir, Catedral de Santa Cruz.

 

Queridos Hermanos y Hermanas:

 

Las lecturas de hoy atañen a un aspecto vital del Evangelio, nos hablan de la sabiduría de los pobres y sencillos, de los que no son tomados en cuenta en el mundo de los poderosos y de los ricos.

 

En la 1ª lectura el profeta Zacarías anuncia un mensaje de esperanza a la comunidad de Jerusalén en particular al pequeño “resto” de Jerusalén que se ha mantenido fiel al Señor. El profeta invita a alegrarse por la llegada del Mesías a esos fieles sumidos en el desánimo por la idolatría, la opresión y las injusticias dominantes en el pueblo: “Alégrate mucho… grita de júbilo mira que tu Rey viene hacia ti, el es justo:”. Este Mesías, tiene la tarea de impulsar una purificación radical del pueblo, liberar a Israel de toda clase de esclavitudes e instaurar tiempos de paz entre las naciones desterrando el recurso a las armas y a las guerras: “suprimirá los carros y el arco de guerra y proclamará la paz a las naciones”. El resultado de esa misión del Mesías está marcado desde ya por la seguridad del éxito: “Él es un rey victorioso”.

 

Esa buena noticia va mucho más allá de la situación circunstancial del pueblo de Israel, sino que es un anuncio de esperanza y de buen auspicio para toda la humanidad: gracias al Mesías, el egoísmo, la opresión y la injusticia que parecen dominar ciegamente los destinos del mundo, no son el horizonte definitivo de la historia, la victoria final es del Señor.

 

El anuncio tan importante y trascendental, contrasta con la manera sencilla y humilde con que se presenta el Mesías: “es humilde y montado sobre un asno”. Esta profecía encuentra su realización plena en Jesús, como manifiesta su entrada pública como rey en Jerusalén. El es el verdadero rey Mesías, pero un rey sin ejército, humilde y sencillo, el servidor de los pobres y de la paz.

 

Jesús no recurre al poderío de las armas y de las riquezas, ni se pone a la cabeza de insurgentes, para instaurar el designio del Padre, el Reino de Dios. Su manera de ejercer el poder radica en el amor, la entrega y el servicio, actitudes muy distintas del poder mundano. Este poder, entendido con frecuencia como dominación, se organiza en base a sistemas ideológicos o políticos que buscan su interés exclusivo y no el bien común, que oprimen a los más débiles, instrumentalizan a la justicia, tergiversan la verdad, recurren al engaño, y constituyen redes de complicidad y corrupción. Poderes que a veces se concentran en pocas manos y que pretenden perpetuarse recurriendo al uso de la fuerza e incluso a la violencia.

 

El afán de poder parece subyacer a la reñida carrera por las distintas candidaturas que se ha desatado en nuestro país en el proceso electoral en acto. Ante esta pugna se tiene la sensación de que prime la ambición de poder y el interés personal o del partido, más que la voluntad de servir al bienestar de todos los bolivianos.

La actuación humilde de Jesús es una contestación radical a esta manera de concebir el poder. Él deja bien claro que su poder está en cumplir la voluntad del Padre, que es establecer en nuestra historia, su plan de amor, vida, justicia y paz. Jesús no se limita a anunciar este plan de salvación, sino que da testimonio con su actuación a favor de los más pobres y necesitados. Jesús nos quiere cautivar con el amor, el único poder que salva.

Las palabras de Jesús en el evangelio de hoy, profundizan este designio entrañable de Dios, de hacerse conocer a través de la humildad y la pequeñez. Jesús eleva en público una oración de bendición, en la que manifiesta abiertamente sus sentimientos de alabanza y estupor por la actuación de su Padre:

 

Yo alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque habiendo ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes, las ha revelado a los pequeños”. Jesús llama a Dios: “Padre” y al mismo tiempo lo reconoce como “Señor del cielo y de la tierra”. Es una oración y al mismo tiempo una solemne exaltación y agradecimiento, donde se unen maravillosamente la inmensidad y trascendencia del Creador con la cercanía y la ternura del Padre.

 

Jesús alaba y bendice al Padre porque “esconde” a los sabios y “revela” a la gente sencilla “estas cosas”, “los misterios del Reino de Dios”, que el mismo Jesús ha manifestados con palabras y obras. Aquí está la verdadera sabiduría de Dios: hace conocer gratuitamente su designio a los que él quiere, los pobres y humildes, a los mansos, los no violentos y pacíficos, en radical contraposición a la mentalidad corriente que exalta a los poderosos, ricos y famosos.

 

Este misterioso actuar pone de manifiesto la “buena voluntad” de Dios: “Sí, Padre, porque así lo has querido”. Dios se da a conocer de esta manera, porque Él es amor y misericordia, y privilegia a los que sufren, a los despreciados de la sociedad y a las víctimas de un sistema injusto y dominador, a “las ovejas sin pastor”, abandonadas a su suerte y de las que nadie se preocupa.

 

El conocimiento del los designios de Dios, por tanto, no es fruto de nuestro esfuerzoy saber, sino don que el Padre da libremente a los que se presentan delante de él sin ningún mérito y pretensión, a los que ponen toda su confianza en su infinita bondad. Dios en su bondad nos lo concede a través de su Hijo Jesús, como el mismo lo afirma solemnemente: “Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar”.

 

Esto es lo sorprendente, que Dios concede la gracia de tener acceso a su misterio de amor a los verdaderos discípulos de Jesús, los que están abierto interiormente a su propuesta, disponibles, sencillos y humildes ante el misterio que los desborda y los fascina. Son “los pacientes y humildes de corazón”, que orientan su vida no según el principio de “la carne”, con sus tendencias egoístas y con sus apetitos desordenados de poder y prestigio, sino según el Espíritu, la fuerza de Dios que es amor, mansedumbre y libertad sin límites (2a. lectura).

 

El Evangelio de hoy concluye con una invitación de Jesús al seguimiento radical, a ir donde él, aprender de él y a ser sus discípulos: “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y Yo los aliviaré”. Jesús, no se impone por la fuerza, él se ofrece, a todos los que quieren seguirlo en el camino de la sencillez y de la gratuidad, de la no violencia y de la mansedumbre, como el descanso yel alivio de los cansancios y sufrimientos que conlleva la fidelidad al reino de Dios.

 

“Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana”. El yugo de Jesús no es una carga pesada impuesta desde el exterior, sino una palabra que libera de las ataduras del poder y del tener, y que nos abre al amor y la caridad. Sus palabras producen “consuelo” y prometen la felicidad como don de Dios y prenda de salvación definitiva. Aprendamos de Jesús, “paciente y humilde de corazón” en quien se refleja el verdadero rostro del Padre y modelo de todo discípulo, seamos sus seguidores humildes y sencillos que acogen con gozo su invitación: Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y Yo los aliviaré”.

 

Amén