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EDITORIAL: Charlie Hebdo ¿Es la blasfemia un valor?

Más allá de la condena unánime a todo acto terrorista, a la que nos unimos, porque la vida humana es inviolable en cualquier circunstancia, nos preguntamos hasta qué punto esos dibujos son inocentes o provocadores. 

Los días transcurridos desde el atentado yihadista a los dibujantes y personal de vigilancia de la revista satírica parisina Charlie Hebdo, pueden permitirnos la presente reflexión sin el apasionamiento lógico de los primeros momentos, producido por la violencia criminal que, en imágenes duras, nos sirvieron repetidamente los medios televisivos de todo el mundo.

Tras aquellas primeras imágenes e informaciones hemos sido testigos de diferentes comentarios interesantes y oportunos. Por un lado, la necesidad de que los gobiernos, europeos sobre todo, pongan en práctica medidas urgentes en sus territorios ante la amenaza real de próximos atentados terroristas de los musulmanes radicales. Varios de ellos, junto con Estados Unidos en nuestro continente, tienen ya penosa experiencia de cientos de víctimas inocentes.

Además, estos días hemos leído cómo incluso las hordas yihadistas contactan con jóvenes pandilleros de nuestro entorno sudamericano para entrenarles en el vil arte del asesinato, a veces indiscriminado, de quienes consideran enemigos de su religión.

Por otro lado, no han faltado numerosas opiniones, a favor y en contra, no ya sobre la oportunidad de publicar esas viñetas satíricas que se burlan de la religión, la política y lo que tercie, sino sobre su carácter blasfemo -en cuanto a lo religioso- y hasta dónde la tan manida libertad de expresión puede amparar, con o sin límites, cualquier voz escrita, ilustrada o manifiesta.

Más allá de la condena unánime a todo acto terrorista, a la que nos unimos, porque la vida humana es inviolable en cualquier circunstancia, nos preguntamos hasta qué punto esos dibujos son inocentes o provocadores. Hasta qué punto estamos ante una actitud artística sana que nos permite reírnos de todo, incluso de nosotros mismos, o que provoca sentimientos que, como se dice, hieren la sensibilidad de los creyentes. Hasta qué punto podemos hablar de blasfemia o simple y cómica opinión.

El Diccionario de la Real Academia de la Lengua, que nos rige, define la blasfemia como palabra injuriosa contra Dios, la Virgen o los santos, en clara alusión a nuestro contexto mayoritario católico. Suponemos que podemos extender esta definición a las otras creencias. Las viñetas que estos días hemos conocido -estamos lejos de París para ser asiduos lectores de Charlie Hebdo– en las que aparecen, aparte de Mahoma, Jesús, el Espíritu Santo, el Papa Francisco y más personajes bíblicos, en situaciones y posturas que, digámoslo claro, nos afectan, no nos gustan, nos animan a hablar sin tapujos de blasfemia. Ánimo que forma parte también, cómo no, de la libertad de expresión que igualmente reclamamos los creyentes.

Estiremos un poco más nuestras consideraciones. Mientras algunos razonan la blasfemia, el ridiculizar, como un derecho insertado en el saco de la libertad de expresión, sin límites ni coacciones, preguntémonos si es un valor, una cualidad buena. Y lo hacemos en el contexto educativo actual empeñado en formar a nuestros jóvenes, adolescentes y niños bajo la sombra de los valores que extiendan su influencia a diferentes ámbitos: la familia, los amigos, los estudios, el tiempo libre, el deporte, las artes, …

¿Les animaremos al insulto, a la ofensa, por ser un valor de nuestra sociedad? ¿Será el desprecio, el “bajonear” a un compañero, como se dice en nuestro entorno, un valor? ¿Convertiremos en derecho el tan cacareado bulling o acoso escolar?

¿Pondremos límites a nuestros jóvenes en el uso de su libertad de expresión? ¿Nuestra libertad en general ensanchará sus derechos hasta el punto en el que comiencen los derechos del otro?

Por de pronto, hoy, ahora, Charlie Hebdo está vendiendo millones de ejemplares de su último número -homenaje a sus caídos- en todo el mundo…