Destacadas Reflexión Dominical

¡Dichoso tú!

Cesarea de Filipo

¡Dichoso tú!

 

El Pilar de la Iglesia es la fe de Pedro

 

Muy alentadora es la palabra que Jesús dirige a Pedro y a la Iglesia en el pasaje evangélico de este domingo (Mt 16,13-20) pues las fuerzas del mal (el poder del infierno o de la muerte, literalmente “las puertas del Hades”, es decir, del “abismo”) no podrán derrotarla (non praevalebunt). El pasaje se encuentra en el centro del evangelio de Mateo y constituye, como en los demás sinópticos, una escena capital. Aquí Jesús plantea abiertamente la cuestión de su identidad, muestra a los discípulos su destino y los invita a un seguimiento radical. Pero  Mateo destaca que Jesús es el Hijo de Dios e incorpora elementos eclesiales que resaltan la preeminencia de Pedro en la expresión de su fe, en su misión de constituir el pilar de la Iglesia que Cristo va a construir y en la función del servicio que ha de prestar con su autoridad de “atar y desatar”, como garantía de fidelidad a la revelación del Padre. Con la confesión de fe de San Pedro toda la Iglesia reconoce que Jesús es el Mesías e Hijo de Dios Vivo y queda invitada a seguirlo con todas las consecuencias inherentes a la cruz.

 

Reconocer al Hijo de Dios

 

La pregunta abierta de Jesús acerca de su identidad interpela a todos. Pedro confiesa en el evangelio: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios viviente” (Mt 16,23-30), pero sólo más tarde, tras la muerte y resurrección de Jesús, comprenderá el significado último de su confesión. La respuesta de Dios a los anhelos de salvación de la humanidad está en la entrega sin reservas de Jesús que vence a la muerte. Confesar al Mesías e Hijo de Dios significará también para Pedro seguirlo por el camino de la solidaridad con los crucificados y de la entrega de la vida a los demás. La Iglesia no conoce otro fundamento. Sobre esa fe, plena y profunda, Jesús construye su Iglesia. Sin embargo, ni Pedro ni los demás discípulos eran conscientes aún de las implicaciones y consecuencias que ese reconocimiento llevaría consigo y Jesús empieza a corregir inmediatamente sus concepciones mesiánicas y religiosas.

 

La misión de San Pedro  

 

A esa confesión de fe de Pedro corresponde Jesús con una triple indicación: la felicitación por haber recibido de Dios la revelación que le ha llevado a profesar su fe, la elección particular de Jesús para que Pedro desde su fe constituya el fundamento sólido de la única Iglesia de Cristo y la concesión de toda la autoridad, mediante la entrega de las llaves del Reino, para ejercer su misión al servicio del mismo con la potestad de atar y desatar, de modo que la Iglesia unida a Cristo por medio de la fe permanecerá por encima de cualquier fuerza maligna que pretenda derrotarla. Especialmente resuena la correspondencia entre las palabras de Pedro: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” y las de Jesús: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”.

 

La revelación del Padre Dios

 

La confesión de fe de Pedro, decidida y audaz, impulsa a Jesús a conferir a Pedro una misión y un estatuto especial en el interior de su Iglesia. Una bienaventuranza tan personalizada y singular no es habitual en los textos bíblicos, los cuales dirigen este tipo de felicitaciones a grupos o categorías de personas. ¡Dichoso tú! Lo extraordinario de la expresión atrae la atención sobre la figura y la misión de la persona de Pedro, cuya primacía entre los discípulos queda patente a lo largo de todo el Evangelio. La bienaventuranza dirigida a Pedro muestra que el origen de su conocimiento es el resultado de una verdadera revelación del Padre.

 

Pedro y Piedra 

 

Mediante el juego de palabras, Pedro y Piedra, Mateo justifica el cambio de nombre de Simón, pues, al llamarlo así, Jesús transforma su identidad personal apuntando a la misión específica que va a tener en la construcción de su Iglesia. La piedra es símbolo de la estabilidad, de la solidez y de la durabilidad. En el Antiguo Testamento se aplica a Dios (Sal 18,2) y al Mesías (Sal 118,22-23; Is 28,16-17), y a Abraham en cuanto cabeza del pueblo Israel (Is 51,1-2) y en el Nuevo Testamento a Jesús (Rom 9,33; 1 Cor 3,11; 1 Pe 2,4-8). De este modo el nombre de “Pedro” refleja su misión y su función en la Iglesia. Con este fundamento, el Señor Jesús funda y construye la Iglesia. Es una acción futura que realizará Jesús en persona consolidando una comunidad mesiánica, no reducida ya al grupo histórico de sus discípulos sino abierta a todas las gentes (Mt 28,16-20). La Iglesia es la comunidad y asamblea de los llamados y convocados por Dios para vivir en su Alianza de amor. Esa comunidad mesiánica trasciende las fronteras nacionales, étnicas, culturales y lingüísticas y constituye el nuevo Pueblo de Dios de carácter universal. De esa Iglesia Pedro es el fundamento sobre el que Jesús erige una comunidad viva, que, anclada en la fe petrina, confiesa a Jesús como Mesías e Hijo de Dios vivo y participa de su victoria definitiva sobre el mal y sobre la muerte.

 

La autoridad de Pedro al servicio del Reino

 

Con la entrega de las llaves del Reino a Pedro se subraya la autoridad recibida por parte de Jesús en el servicio al Reino con la tarea eclesial de atar y desatar, es decir, de interpretar y llevar a cabo el proyecto de Dios sobre la humanidad, revelado en el Evangelio. Esta misión de atar y desatar pertenece también a la Iglesia (Mt 18,18) pero tiene en la figura del apóstol Pedro su primacía. El actual sucesor de “Pedro”, el papa Francisco, sigue dando testimonio, como lo hizo Pablo ante la comunidad de Roma (Rom 11,36), de que el Señor es el origen, guía y meta del universo y fortalece el proceso de renovación de la Iglesia consolidando la fe entusiasta en  Jesucristo, a la cual es inherente, como decía Benedicto XVI, la opción preferencial y evangélica por los más pobres.

 

Lo que le faltaba a Pedro

 

Inmediatamente después de esta escena evangélica y a lo largo de la segunda parte del Evangelio se desvela de qué modo Jesús entiende su mesianismo y corrige las concepciones religiosas de Pedro y de los demás seguidores. El primer anuncio de su muerte en la cruz como destino ineludible de su actuación mesiánica no cabía en las expectativas iniciales de Pedro ni de los discípulos. Éstos han reconocido al Mesías pero no han percibido todavía las exigencias de un mesianismo que acabará en la cruz por anteponer el Reino de Dios y su justicia al templo y al sistema del culto, y por colocar al ser humano necesitado en el centro de atención de la vida religiosa. A esto mismo quedamos invitados todos nosotros con los discípulos, a poner a los necesitados y a los que sufren en el centro de nuestra atención. Jesús es el Mesías que entrega su vida de manera radical y abre así el único camino de esperanza con el que Dios mismo está comprometido y quiere que nosotros nos comprometamos.

 

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura