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“Hay que pedir perdón al futuro de nuestra patria, por el mundo que estamos dejando” Mons. Dowlaszewicz

Homilía de Mons. Stanislaw Dowlaszewicz

Pronunciada en la Catedral de Santa Cruz de la Sierra

Domingo 27 de julio de 2025

Las tres imágenes que encontramos hoy durante la Liturgia de la Palabra se entretejen, y están estrechamente conectadas.

Primera imagen:  Presenta la oración persistente de Abraham, quien intercede ante Dios por los justos habitantes de Sodoma y Gomorra. Le dice estas palabras: “¿Destruirás al justo con el malvado?” (Gn 18:23), y luego negocia con Dios el número de justos por quienes el Señor perdonará a estas ciudades. Comienza con cincuenta (v. 24) y termina con diez justos (v. 32).

Segunda imagen: como un padre enseña cosas a sus hijos, también Jesús enseña a sus Apóstoles a orar al Padre, Dios.

Tercera imagen: un ejemplo de la actitud correcta que cada uno de nosotros debe adoptar hacia Aquel que nos perdona, que nos ama. Para recibir algo, debemos pedir. Para comprar, debemos pagar. Pero ¿cómo podemos recibir algo de Dios? La oración ofrece la única posibilidad.

Dios no vende nada, pero en su infinito amor por las personas, nos da cuando pedimos, cuando oramos. Abraham lo sabía; lo vemos hoy implorando por los habitantes de Sodoma, que enfrentan la destrucción por sus pecados e iniquidades. A pesar de todo, Dios desea salvarlos, y el propio Abraham, consciente de la misericordia divina, intenta “negociar” con el mayor número posible de personas rescatadas de la ciudad sin ley. “¡Oh, no dejes que los justos perezcan con los malvados, para que justos e malvados sean como son! ¡Oh, no permitas que suceda! ¿Acaso el que juzga a toda la tierra puede hacer lo malo?” (Génesis 18:25).

Los discípulos observaban a Jesús mientras oraba. Sabían ellos recitar las oraciones, cantar salmos e himnos; no sabían orar. Le pidieron a Jesús que les enseñara este arte de conversar con el Padre. Jesús, ofreciendo solo unas pocas invocaciones, quería que los discípulos, con la misma vehemencia que Abraham, pidieran y llamaran, con una sola petición en mente. La oración implica pocas palabras, pero mucha confianza y perseverancia para obtener lo que pedimos. La vida misma determina el contenido de la oración.

Dios mismo, en la persona de Jesucristo, nos enseñó a orar al Padre. El Evangelio de hoy habla de ello. En él, Jesucristo nos enseña cómo hablar con Dios, cómo orarle. Nos enseña la oración más importante: el Padrenuestro. «Cuando oren, digan: Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino. Danos hoy nuestro pan de cada día, y perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todos los que nos ofenden. Y no nos dejes caer en la tentación» (Lucas 11:2-5). Aprendemos estas palabras desde la infancia y las repetimos hasta la muerte. La conversación que es la oración nos recuerda que siempre tenemos la oportunidad de refugiarnos con nuestros problemas, pero también con nuestras alegrías, en el Padre, que es Dios.

A veces nos encontramos repitiendo una sola petición de la mañana a la noche, en casa y en la iglesia, en la calle y en la tienda, en el trabajo y al descansar, repetimos una sola petición: «Padre, hágase tu voluntad». Esta es una alineación orante de nuestra voluntad con la voluntad del Padre.

En otra situación, cuando una persona se siente atormentada por un sentimiento de culpa, la oración se convierte en una súplica: «Padre, perdona nuestros pecados». Esta oración, repetida día tras día, lleva a la persona al confesionario, para confesar sus pecados en el sacramento de la penitencia.

En otra situación, cuando una persona se encuentra cerca del pecado, el corazón orante comienza a clamar: «Padre, líbranos del mal», «Padre, no nos dejes caer en la tentación». Esta oración exige el esfuerzo de alejarse de la ocasión de pecar y cooperar aún más estrechamente con Dios. La oración auténtica nos acerca a Dios y nos lleva a un encuentro con él. Entonces, la persona mide cada palabra y escucha mucho más de lo que habla. Solo esta oración moldea el corazón humano; solo esta oración es creativa.

Finalmente, en el mismo Evangelio, Jesús muestra en una parábola qué si pedimos algo, si buscamos algo, siempre podemos recurrir al Padre en busca de ayuda, quien nos mostrará misericordia, nos animará y nos mostrará el camino si nos desviamos. Debemos darnos cuenta de que, si tenemos la oportunidad de hablar con Dios, no podemos desaprovecharla.

Queridos hermanos

Uno de los graves males de nuestra generación es la constante queja sobre el mal que nos rodea. La mayoría de nosotros pasamos el tiempo lamentando el pasado, lamentando el presente y temiendo el futuro. En casi todas las conversaciones, dondequiera que nos encontremos, resuena una nota de queja: la decadencia moral de la juventud, los matrimonios rotos y los niños huérfanos, el alcoholismo, la drogadicción, el narcotráfico, la deshonestidad en el trabajo, el robo, la corrupción, la falta de responsabilidad, la pobreza, todo caro, falta de todo y no solo de combustible.

Olvidamos que la edad de oro solo existió en la literatura. Nunca ha habido ángeles en la tierra. Cada época es una mezcla de bien y mal, trabajo y ocio, fe e impiedad, virtud y pecado. Quizás esta queja sea, en cierta medida, una señal de nuestra buena voluntad y nuestro deseo de vivir en un mundo bueno. Creemos que debería haber mucha gente noble a nuestro alrededor, dispuesta al sacrificio, desinteresada, generosa y de gran espíritu.

¡Anhelamos un mundo de bondad! ¿Y qué mundo, que país, que patria de Bicentenario dejamos a nuestro futuro, a nuestros nietos, bisnietos????

Pienso que hay que pedir perdón al futuro de nuestra patria, por el mundo que estamos dejaNdo, porque no hemos sido capaces de detener los conflictos internos, odios que matan a nuestros hermanos y que no construyen.  

Porque no hemos sido capaces de detener la corrupción que tanto nos duele. Corrupción por doquier de quienes tienen la obligación de cuidarnos y de velar por el bien común.  También los abusos de todo tipo, incluso al interior de la iglesia. ¡Cómo nos duelen!

Les pedimos a todos que vivimos en esta bella tierra camba y boliviana el perdón por las injusticias sociales en nuestra sociedad que claman al cielo. Por la inseguridad en la cual vivimos. Los asaltos, la inseguridad, los asesinatos, los feminicidios como este último tan cruel de la librecambista, durante un violento asalto en Santa Cruz. Estos hechos no son aislados.

¡Les fallamos a jóvenes y niños, el presente y el futuro de nuestra patria, porque no les dejamos el mejor mundo! Este mundo y nuestra Patria con esa realidad en que ahora vivimos no está en el plan de Dios, Él no quiere esto para nosotros.  

¿Qué nos pasó? Nos enceguecimos con un crecimiento económico, una bonanza económica como la llamamos, que no fue al mismo tiempo un crecimiento moral ni espiritual. Nos enceguecimos con las cosas materiales y nos olvidamos de las personas. Eso fue lo que pasó. Todos tenemos que pedir perdón en él Bicentenario de nuestra Patria.

Este sistema injusto trae en nosotros muchos dolores. Nosotros conocemos esos dolores porque nos conocemos, conocemos a los jóvenes y niños. Nos duele que muchas personas y jóvenes capaces no puedan estudiar porque no tienen dinero. Nos duele que miles de ellos han dejado el colegio y andan a la deriva. 

Nos duele saber lo que les cuesta encontrar trabajo. Nos duele todo tipo de discriminación que hay en nuestro país. 

Nos duele también ver las dificultades que tienen para adquirir una vivienda, formar una familia. Todos estos son dolores grandes que los vemos día a día y que tienen que ver con esa incapacidad que tuvimos de velar por el bien común porque estábamos demasiado preocupados de nosotros mismos, de nuestros partidos, de nuestros grupos.

¿Qué haremos frente a este panorama?  Tenemos que volver una y otra vez a la palabra del Señor y a su promesa.

Y yo les digo: Pidan, y se les dará; buscan, y encontraran; llaman, y se les abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá.

Esa Palabra de Dios que no falla, que sigue presente y que se hace realidad hoy, “yo estaré con ustedes hasta el fin de los tiempos”.  

Señor, enséñanos a orar, apóyanos con tu gracia, para que siempre encontremos tiempo para la oración, para conversar contigo. Amén

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