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Reflexión dominical: Pedro y Pablo, columnas de la Iglesia

I. San Pedro y San Pablo, columnas de la Iglesia

 

La fiesta de San Pedro y San Pablo

 

En algunos lugares donde no se celebra esta fiesta el día 29 de Junio, se celebra este domingo la fiesta de los Apóstoles Pedro y Pablo, como grandes pilares de la fe en el comienzo de la Iglesia primitiva. Ambos tuvieron que asumir los desafíos del inicio de la expansión y difusión del Evangelio de Jesucristo. Fue una fase crucial de la Iglesia, que impulsada por el Espíritu Santo, se abría al mundo entero para comunicar la buena noticia de la salvación a todos los seres humanos. Ambos, apasionados por Jesucristo y su Evangelio, dieron testimonio con su sangre del mensaje de la salvación. Por caminos muy diferentes, pero con el mismo amor a Jesucristo, los dos proclamaron con su vida y su palabra la alegría de la fe. La Iglesia los venera juntos, en el mismo día, haciendo memoria creyente de estos apóstoles y mártires, cuyos sepulcros se encuentran en Roma en sus respectivas basílicas.

 

Pablo, testigo del Evangelio

 

Pablo era un judío fariseo de la diáspora, profundamente convencido y orgulloso de su fe en la religión de Moisés, que, tras el encuentro personal con el Señor Jesús, recibió el impulso del Espíritu para ser el testigo más convincente del Evangelio de Cristo en las vastas regiones de Asia Menor y la Europa de la cultura clásica grecolatina. Su testimonio y su pensamiento, su experiencia religiosa y su pasión misionera han quedado reflejados en los Hechos de los Apóstoles y en las trece cartas atribuidas a Pablo en el Nuevo Testamento, haciendo de él el testigo primero y más amplio de la vida cristiana.

 

Entusiasta apasionado

 

Pablo fue un entusiasta apasionado del Evangelio, es decir, del mensaje de salvación que para el género humano supone el anuncio de Jesús, el Mesías, y éste crucificado y resucitado. Esta palabra potente de salvación cautivó su vida y se convirtió en el sentido de su existencia. Su ejemplo puede servirnos en nuestra espiritualidad profunda para transformar nuestras capacidades personales y concentrar toda la vida en el amor a Cristo. El Evangelio de Cristo es el fundamento de la fe, el sostén de la esperanza y la palabra más potente para transformar el mundo.

 

El encuentro del Evangelio con la cultura grecolatina

 

Pablo fue también el primero que propició la apertura y el encuentro del evangelio con la cultura del mundo grecolatino. Desde su primer escrito, la primera carta a los Tesalonicenses, hasta el último original, la Carta a los Romanos, todas sus cartas son cartas amistosas que responden puntualmente a los problemas de las comunidades eclesiales de vida urbana que en su mayor parte él mismo fundó. Sin embargo, reflejan también la fuerza del Evangelio en su vida como potencia del Espíritu para dar respuesta a los grandes interrogantes de la existencia humana. La trascendencia de las grandes cartas, a los Gálatas, las dos a los Corintios y, sobre todo, la Carta a los Romanos, ha marcado la historia de la cultura occidental.

 

El paradigma del diálogo transformador de las culturas

 

Pablo, como gran teólogo del cristianismo, realiza la primera síntesis del encuentro del Evangelio con su cultura en todas las ciudades de su misión por la cuenca mediterránea, en Tesalónica, Filipos, Corinto, Éfeso y Roma. Él es el paradigma del encuentro del Evangelio con las culturas. En un mundo multicultural como el nuestro, particularmente en Latinoamérica y África, nuestra Iglesia debe seguir profundizando los valores y los antivalores, las creencias y las tradiciones, los interrogantes abiertos y las deficiencias de las culturas para propiciar el encuentro profundo con los valores del Evangelio y contribuir así a la Nueva Evangelización del mundo contemporáneo, que mira al continente latinoamericano como el continente del amor y de la esperanza. La entrega de Pablo a la causa del Señor en la misión evangelizadora y en medio de no pocas tribulaciones queda patente en el testamento final de su vida, que escrito por él o por algún discípulo suyo, está recogido en la Segunda carta a Timoteo que hoy leemos (2 Tim 4,6-18).

 

La confesión de fe de San Pedro

 

Sobre Pedro, entre otros, hay un texto evangélico clave que está en el centro del evangelio de Mateo (Mt 16,13-20). En él Jesús plantea abiertamente la cuestión de su identidad, pero reclama, sobre todo, la respuesta personal de sus discípulos. Destaca sobremanera la confesión de fe de Pedro, profundamente creyente, que reconoce en él al Mesías y al Hijo de Dios vivo. A esa confesión de fe de Pedro corresponde Jesús con una triple indicación: la felicitación por haber recibido de Dios la revelación que le ha llevado a profesar su fe, la elección particular de Jesús para que Pedro desde su fe constituya el fundamento sólido de la única Iglesia de Cristo y la concesión de toda la autoridad, mediante la entrega de las llaves del Reino, para ejercer su misión al servicio del mismo con la potestad de atar y desatar.

 

La primacía de Pedro

 

Especialmente resuena la correspondencia entre las palabras de Pedro: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” y las de Jesús: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. La confesión de Pedro, decidida y audaz, impulsa a Jesús a conferir a Pedro una misión y un estatuto especial en el interior de su Iglesia. Una bienaventuranza tan personalizada y singular no es habitual en los textos bíblicos, los cuales dirigen este tipo de felicitaciones a grupos o categorías de personas. Lo extraordinario de la expresión atrae la atención sobre la figura y la misión de la persona de Pedro, cuya primacía entre los discípulos queda patente a lo largo de todo el Evangelio. La bienaventuranza dirigida a Pedro muestra que el origen de su conocimiento es el resultado de una verdadera revelación del Padre.

 

Pedro y Piedra

 

Mediante el juego de palabras, Pedro y Piedra, Mateo justifica el cambio de nombre de Simón, pues, al llamarlo así, Jesús transforma su identidad personal apuntando a la misión específica que va a tener en la construcción de su Iglesia. La piedra es símbolo de la estabilidad, de la solidez y de la durabilidad. En el Antiguo Testamento se aplica a Dios (Sal 18,2) y al Mesías (Sal 118,22-23; Is 28,16-17), y a Abraham en cuanto cabeza del pueblo Israel (Is 51,1-2) y en el Nuevo Testamento a Jesús (Rom 9,33; 1 Cor 3,11; 1 Pe 2,4-8). De este modo el nombre de “Pedro” refleja su misión y su función en la Iglesia. Con este fundamento, el Señor Jesús fundará y construirá la Iglesia. Es una acción futura que realizará Jesús en persona consolidando una comunidad mesiánica, no reducida ya al grupo histórico de sus discípulos, sino abierta a todas las gentes (Mt 28,16-20). La Iglesia es la comunidad y la asamblea de los llamados y convocados por Dios para vivir en su Alianza de amor. Esa comunidad mesiánica trasciende las fronteras nacionales, étnicas, culturales y lingüísticas y constituye el nuevo Pueblo de Dios, de carácter universal. De esa Iglesia, Pedro es el fundamento sobre el que Jesús erige una comunidad viva, que anclada en la fe petrina confiesa a Jesús como Mesías e Hijo de Dios vivo y participará de su victoria definitiva sobre el mal y sobre la muerte.

 

La misión de Pedro y la del Papa

 

Con la entrega de las llaves del Reino a Pedro se subraya la autoridad recibida por parte de Jesús en el servicio al Reino, con la tarea eclesial de atar y desatar, es decir, de interpretar y llevar a cabo el proyecto de Dios sobre la humanidad, revelado en el Evangelio. Esta misión de atar y desatar pertenece también a la Iglesia (Mt 18,18) pero tiene en la figura del apóstol Pedro su primacía. La figura del actual sucesor de “Pedro”, el papa Francisco, está comunicando un mensaje de renovación de la Iglesia y del mundo, y es un motivo de inmensa alegría pues a través de él, de su palabra sabia e iluminadora, sigue consolidándose la fe entusiasta y comprometida de la Iglesia en torno a Jesús, Mesías, el Hijo de Dios. Oremos por el Papa en este día para que siga transmitiendo al mundo el Evangelio de la Alegría.

 

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura

 

 

II. Jesús se hizo pobre para salvarnos (Domingo 13 B)

 

La opción por los pobres

 

La lectura de Pablo de este domingo (2Cor 8,7-15) nos ofrece la razón más profunda de la”opción preferencial y evangélica por los pobres”, vigente en la Iglesia Latinoamericana como línea fundamental de su acción misionera. Allí se nos muestra a Jesucristo que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros para enriquecernos con su pobreza (cfr. 2 Cor 8,9). No hay razón teológica más profunda que ésta para fundamentar la solidaridad y la comunión con las personas y poblaciones más pobres y necesitadas de nuestro mundo. El Evangelio presenta dos milagros entrelazados de Jesús, el retorno a la vida de la niña de Jairo y la curación de la hemorroísa (Mc 5,21-43), con los cuales Marcos destaca el encuentro personal con Jesús desde la fe que propicia la salvación a estas dos mujeres.

 

La solidaridad en el amor hasta hacerse pobre

 

Concentrándonos en el texto de Pablo, es de resaltar que lo que Jesús hizo fue hacerse pobre por la humanidad para enriquecer a los hombres con su pobreza. La gracia de Dios manifestada en Cristo consiste en el movimiento solidario de su amor que le ha llevado a asumir en el misterio de la encarnación la identidad del pobre, la condición del siervo y la naturaleza del hombre. Este movimiento solidario en el amor hasta hacerse pobre, siervo y hombre es el que comunica toda su riqueza divina a los seres humanos. Pablo ha buscado un verbo específico para darnos la identidad del Jesús histórico.

 

Un verbo griego único

 

El verbo griego ptojeuo sólo aparece aquí en el Nuevo Testamento y es poco frecuente en la literatura antigua. Creo que el sentido de dicho verbo no es tanto empobrecerse cuanto hacerse pobre, con lo cual el énfasis no se pone tanto en la renuncia a bienes básicos para la supervivencia como en la voluntad personal de conseguir una identidad de pobre por amor solidario con los pobres de la tierra. A mi parecer, el alcance de la formulación paulina al argumentar que “Cristo se hizo pobre por vosotros” debe abarcar la vida histórica de Jesús, durante la cual él asumió la identidad del pobre entre las múltiples opciones de que disponía para llevar a cabo el misterio de su encarnación en la historia humana y su correspondiente realización hasta el anonadamiento de la cruz como mediación paradójica de su glorificación divina manifestada en su resurrección.

 

“Cristo se hizo pobre”

 

Pablo busca este verbo para encontrar una expresión adecuada en su cristología descendente, la cual, sin desarrollar prácticamente ningún otro aspecto de la vida histórica de Jesús, ni de sus palabras, ni de sus milagros, ni de sus controversias y conflictos con las autoridades judías, sin embargo, revela, al decirnos que se hizo pobre, un aspecto muy concreto de su identidad humana. Pablo tampoco nos habla de Jesús en cuanto carpintero, ni del hijo putativo de José. Pablo no selecciona entre los datos de la humanidad de Jesús más que el hecho de su pobreza. Para ello ha encontrado un verbo singular y único que permite dar una clave de la identidad de Cristo insertándolo en la tradición de los pobres de Dios, que ponen toda su confianza en él.

 

La gracia de hacerse pobre

 

De este modo Pablo da uno de los trazos esenciales de la personalidad de Cristo, que los evangelios sinópticos se encargarán de desarrollar, pues la pobreza radical forma parte de los elementos más significativos entre las exigencias del Reino inaugurado por el Mesías. En este sentido es importante tener presente que este argumento cristológico de Pablo tiene como objetivo la orientación hacia la igualdad en el ámbito económico, como principio orientador de la vida cristiana y de las relaciones humanas (2 Cor 8,14). El hecho de identificarse con el pobre es vivido como gracia en razón de la igualdad, y sirve al autor de la cara para fundamentar y estimular, desde Cristo, la donación de sí mismos a través de la participación económica en comunión con los pobres de Jerusalén.

 

Jesús, identificado con los pobres

 

De este modo, la formulación de Pablo, en este texto de 2 Cor 8,9 expone de forma concreta un rasgo esencial de la encarnación de Cristo, su identidad como pobre en virtud de su identificación con los pobres. Con ello, lejos de diluir el predicado singular de la pobreza en aquel más genérico de la naturaleza humana, le da a ésta una identidad histórica que nos permite descubrir en la primera cristología del Nuevo Testamento, la paulina, un trazo excepcional de la figura de Jesús: su pobreza. Además de ello sabemos también, según la investigación histórica, avalada por J. P. Meier, que “Jesús era uno de los pobres que tenían que trabajar duramente para vivir”.

 

El fundamento cristológico de la opción por los pobres

 

Creo que, con toda razón y como una base teológica trascendental, Benedicto XVI introdujo este texto cristológico de 2 Cor 8,9 como fundamento de la opción preferencial por los pobres, vigente como orientación teológica pastoral de primer orden, dándole consistencia y claridad a la misma al ponerla en el contexto teológico que le correspondía: “La opción preferencial por los pobres está implícita en la fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza (cf. 2 Cor 8,9)”.Esta orientación hacia los pobres ha sido adoptada particularmente por el papa Francisco, el cual partiendo del nombre mismo, adoptado por él como sucesor de Pedro quiere mostrar la línea matriz de su pontificado que él ha evidenciado al expresar con sus múltiples signos y con sus sorprendentes discursos diciendo que quiere “una Iglesia pobre y para los pobres”.

 

 

III. La fuerza salvífica de la fe (Domingo 13 B)

 

Dos milagros unidos

 

En el Evangelio de hoy seguimos constatando que los milagros ocupan un lugar preeminente en el Evangelio de Marcos, sobre todo, en la primera parte de la obra, donde todos ellos contribuyen a introducir al lector en la percepción misteriosa y real de la cercanía del Reinado de Dios entre los hombres. Hoy se combinan dos signos prodigiosos de Jesús en un mismo relato, el retorno a la vida de la niña de Jairo y la curación de la hemorroísa (Mc 5,21-43). El segundo ha quedado inserto a la mitad de la narración del primero para desarrollar una auténtica y plena catequesis de la fe cristiana, partiendo de dos hechos históricos, realizados por Jesús. El resultado final de la narración presenta a Jesús como protagonista indiscutible del relato y a la mujer, tanto a la niña como a la adulta, víctima de los males naturales, sociales y religiosos. La intervención de Jesús es posible gracias a la audacia y a la fe de los adultos que lo buscan y lo encuentran, experimentando la salvación de Dios por medio de él.

 

La fe que salva

 

El retorno a la vida de la hija de Jairo presenta a Jesús como salvador de la niña, gracias a la mediación de la fe de su padre. La fe que salva es condición previa para la realización del milagro, que pone de relieve la fuerza de la mediación por parte de los creyentes para conseguir que el encuentro con Jesús produzca el efecto salvífico deseado, en este caso el retorno a la vida de una niña de doce años. En Jairo se retrata la gran misión de la Iglesia que continuamente intercede para propiciar el encuentro de la humanidad caída y necesitada con el Señor Jesús para que perciba la vida que procede de Dios.

 

El encuentro personal con Jesús

 

El relato de la curación de la mujer con flujos de sangre resalta, más bien, el encuentro personal con Jesús por parte de los que sufren. Ese encuentro no puede ser casual ni mágico, sino personal y profundo, hasta el punto que cambia la vida entera de la mujer que se encuentra con Jesús. La mujer no sólo se curó, sino que fue reconocida y rehabilitada por Jesús para quedar restablecida de su enfermedad y además integrada en la vida social y religiosa de su tiempo.

 

Rostro femenino de los dos milagros

 

Es importante detenernos un poco en el rostro femenino de los relatos evangélicos de hoy pues en los dos milagros la mujer es la beneficiaria del favor de Dios. En el relato de hemorroísa (Mc 5,24-34), Jesús y la mujer establecen un diálogo liberador que permite una íntima y personalísima comunicación entre ambos. En el trasfondo del sufrimiento de la mujer están tanto su enfermedad como las leyes de pureza ritual que afectaban a las mujeres según la interpretación del Levítico. Esas leyes de pureza manifiestan un sistema social, religioso y económico en el que particularmente las mujeres eran verdaderas víctimas en un estado casi permanente de impureza, y esto tenía como resultado la marginación y exclusión (Lv 5,1-6).

 

La nueva alianza supera la ley

 

La actitud de Jesús con la hemorroísa supera y trasciende las leyes antiguas para hacer prevalecer la nueva alianza en el amor liberador con el cuerpo de las mujeres. Este encuentro especial entre Jesús y la mujer trastoca el orden vigente de marginación social y religiosa. Cuando la hemorroísa se aproxima Jesús, lo hace por detrás, pues sabe que está transgrediendo los códigos sociales -ninguna mujer toca en público a un hombre extraño, y además, sin su consentimiento- y por si fuera poco, se dispone a violar los códigos religiosos. Sin embargo, ella desea ser curada. Pero este deseo, aun naciendo de una fe casi mágica e insuficiente, la lleva a Jesús.

El Señor de la vida

 

Postrándose ante Jesús, lo reconoce como Señor de la Vida, como el Dios que ha establecido con ella una nueva alianza. Jesús quiere el diálogo con ella, la busca entre la multitud, pues nadie le pasa desapercibido. Jesús no reconoce ninguna marginación pues eso no va con él. En el encuentro con el otro, en el diálogo con el otro, en la nueva realidad creada está la salvación. Los dos expresan lo mejor de sí mismos: ella, su verdad más honda, su dolor y su miseria, y Él, su identidad última como salvador y liberador. Las palabras finales de Jesús: “Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu mal” (Mc 5,34) proclaman lo sucedido.

 

La fe como encuentro personal

 

La fe en Jesús, vivida en clave personal y de encuentro con el Señor ha hecho posible la salvación. Al dejarse tocar Jesús los códigos sociales y religiosos, que marginaban, quedan superados. El contacto de los cuerpos no es ocasión de pecado y de impureza, sino de salvación y de encuentro liberador. El tabú de la impureza, por ser mujer, queda superado. En los cuerpos de las mujeres marginadas, explotadas y casi muertas ya en vida, Jesús sale al encuentro de todos los excluidos para devolverles la vida y la salvación.

 

Hacia la auténtica fe

 

El conjunto de los dos relatos evangélicos de hoy revela finalmente una progresión en el descubrimiento de la fe. De la fe auténtica pero interesada, presente en Jairo, se pasa a la fe cuasi mágica pero audaz de la hemorroísa, que, como tantas veces ocurre en la religiosidad popular, parece que trata de arrancar un poco de la fuerza de Jesús, mediante el contacto con él. Pero ninguna de las dos manifestaciones de la fe es suficiente para revelar lo que ésta significa en relación con Jesús.

 

La fe como relación personal con Jesús

 

La curación de la hemorroísa revela la cercanía del Reino de Dios al introducir a la mujer, doliente y víctima social, con su fe deficiente, en el ámbito de la salvación, pues la verdadera fe implica un encuentro personal, dialogante y sincero con Jesús, y lo que salva no es su poder ni su magia sino su persona. La fe, entendida como relación personal, viva y abierta con Jesús, es la que comunica vida y salvación.

 

La fe es creer en el resucitado que nos resucita

 

De modo semejante, la fe de Jairo sufre una transformación. Lo que era una fe interesada pasa a ser una fe plena al encontrarse con Jesucristo, el que resucita a los muertos. Por eso la fe que salva es creer en el resucitado que resucita y da la vida a los muertos. Podríamos preguntarnos cuál de estas cuatro posibilidades de la fe predomina en mí. En el Evangelio y en la Eucaristía toda persona se encuentra con el cuerpo de Cristo pobre y salvador, que mediante la fe permite que todos sintamos su salvación y seamos testigos de su resurrección.

 

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura

 

 

 

 

 

José Cervantes
José Cervanteshttp://web.forodigital.es/josecervantes
Sacerdote Misionero y Profesor de Sagrada Escritura, Director de Oikía, Casa de Acogida a Niños de la Calle. Director del Instituto de Estudios Teológicos Seminario Mayor San Lorenzo, en Santa Cruz de la Sierra
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