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Mons. Gualberti: La Iglesia debe alertar de todo lo que se opone al reinado del amor y de la vida de Dios

Homilía de Mons. Sergio Gualberti

Septiembre 6 de 2020

El amor recíproco y fraterno caracteriza la vida de los hermanos en fe

En la carta de Pablo a la Iglesia de Roma, que acabamos de escuchar, el apóstol desarrolla el tema del amor como norma de las relaciones entre los miembros de la comunidad: “Que la única deuda con los demás sea la del amor mutuo”. La palabra “deuda” asusta e inquieta, y se buscan todos los medios para evitar endeudarse, sin embargo, Pablo se sirve de esta imagen muy llamativa y elocuente para indicar que el amor recíproco y fraterno tiene que ser lo que caracteriza la vida de los hermanos en la fe.

Una fe vivida no de manera aislada sino en comunidad y comunión, prolongación de la comunión con el cuerpo y la sangre de Cristo compartidos en la Eucaristía.

El amor no puede hacer mal al prójimo sino solo buscar su bien

San Pablo acompaña estas palabras con dos afirmaciones categóricas:el que ama al prójimo ya cumplió toda la Ley… Por lo tanto, el amor es la plenitud de la ley”. Esta es la gran verdad que nos ha traído Jesús: el que ama a Dios y al prójimo, no necesita ninguna ley, porque el amor no puede hacer mal al prójimo sino solo buscar su bien. San Agustín, haciéndose eco de esta verdad, afirma: “Ama y haz lo que quieras. Si callas, callarás con amor; si gritas, gritarás con amor; si corriges, corregirás con amor, si perdonas, perdonarás con amor”.

La ley de Dios no es otra cosa que la expresión de su amor encarnado en Cristo

San Pablo luego, aclara más su pensamiento, tomando como ejemplo a Los mandamientos: No cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no codiciarás, y cualquier otro, se resumen en este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Esta afirmación nos hace entender que la ley de Dios no es otra cosa que la expresión de su amor, el amor encarnado en Cristo que se entrega y se pone a nuestro servicio para que tengamos la vida plena, la salvación.

El amor a Dios y a los hermanos humaniza, ennoblece y nos hace felices

A la luz de esta verdad, los mandamientos de Dios no atentan a nuestra autonomía y libertad, como recriminan ciertas corrientes filosóficas, por el contrario, son una guía que Él nos ofrece para que vivamos la auténtica libertad que brota del amor. La realización personal y la felicidad que cada uno de nosotros busca con tanto ahínco, la encontramos en el amor a Dios y a los hermanos, un amor que humaniza, ennoblece y nos hace realmente felices.

Ojala la ley de Dios inspirara a las leyes humanas

Por tanto, vivir los mandamientos nos exige abrir las puertas del corazón, salir de nuestro yo y actuar como cristianos maduros entregándonos y poniéndonos al servicio de Dios y de los demás. Sería muy provechoso que esta concepción de la ley de Dios inspirara también a las leyes humanas, entendidas como medios al servicio del bien común, la justicia equitativa, la convivencia pacífica y la vida digna, compartida en fraternidad entre todos.

Si no advertimos al malvado de su mala conducta, morirá pero daremos cuenta de su sangre

Esta visión nos ayuda a entender más en profundidad los mensajes de las otras lecturas de hoy. En la primera Dios llama al profeta Ezequiel para que sea el “centinela del pueblo de Israel”, con la tarea de vigilar y llamar a la conversión al pueblo que se ha extraviado de la fe verdadera detrás de los ídolos y ha abandonado a Dios y a sus mandamientos para recorrer un camino que lleva a la muerte y al desastre del país. Pero Dios también avisa a Ezequiel: “Si tú no hablas para advertir al malvado que abandone su mala conducta, el malvado morirá por su culpa, pero a ti te pediré cuenta de su sangre”.

Al encarar al pueblo de Israel y ponerlo ante su responsabilidad, el profeta está haciendo un exquisito acto de amor y de solidaridad.

Por eso Ezequiel pone todo su empeño para que el pueblo reconozca que ha traicionado a la alianza y que necesita regresar a Dios, desterrando también, de en medio de la sociedad, a las injusticias, las divisiones y la maldad y así recibir el perdón de Dios que “no desea la muerte del malvado, sino que se convierta de su mala conducta y viva”.

Debemos anunciar el amor de Dios a los que no lo conocen

Esta es la actitud también de Jesús, Él que “ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido”, tarea que él ha confiado a la Iglesia, para que el perdón y la salvación lleguen a toda la humanidad. Aquí radica nuestro compromiso prioritario: anunciar y testimoniar el amor de Dios a los que no lo conocen. El evangelio nos dice que es un grave error pensar que nos podemos salvar solos sin interesamos de lo que pasa a nuestro prójimo y a los hermanos en la fe que andan por un camino equivocado.

Alertar al hermano que se equivoca para que reconozca su error, es un acto de amor

La caridad hacia el prójimo es la actitud propia de nosotros discípulos de Jesús, caridad que se manifiesta con la preocupación por el bien integral, material y espiritual de los demás. Jesús en el evangelio de hoy, nos pide practicar la corrección fraterna y nos indica los pasos a dar para alertar al hermano que se equivoca a fin de que reconozca su error: la advertencia en privado, la mediación de un pequeño grupo y por último la intervención de toda la comunidad.

Estas medidas son un acto de amor hacia el  hermano que está en el error y también hacia la comunidad eclesial, para evitar divisiones, motivo de escándalo para el mundo y desobediencia al mandato del Señor: “Qué todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti… para que el mundo crea que tú me enviaste”.

La Iglesia debe alertar de todo lo que se opone al reinado del amor y de la vida de Dios

Esta tarea no es discrecional, es parte de nuestra responsabilidad e identidad de cristianos, por eso no nos debemos acobardar ni desentendernos. Es una misión que la Iglesia debe ejercer también ante la sociedad en cumplimento de la misión profética confiada por Jesús: ser centinela que alerta acerca de lo que se opone al reinado del amor y de la vida de Dios. Acerca de esta tarea, hay una frase muy iluminadora de Martin Luther King: “La Iglesia no es la dueña ni la sierva del Estado, sino su consciencia”.

La jornada mundial del migrante debe sensibilizarnos con quienes buscan una vida más digna

Cumpliendo esta misión, nuestra Iglesia en varias ocasiones ha buscado, con humildad y fraternidad, ser consciencia en nuestro país a través de su palabra e iniciativas varias como la Jornada Nacional del Migrante y Refugiado que celebramos hoy. Una jornada de oración y reflexión para sensibilizarnos a nosotros y a nuestra sociedad acerca de este problema mundial que afecta también a hermanos bolivianos obligados a dejar el país en busca de una vida más digna, pero también a tantos migrantes y refugiados que están entre nosotros. Esta Jornada tiene como lema: “Acoger es un acto de amor y de fraternidad”, un acto altamente cristiano.

En tiempos de pandemia los migrantes y refugiados son los más sufridos de nuestra sociedad

En este tiempo de pandemia, estos hermanos migrantes y refugiados son, sin duda, uno de los sectores más sufridos de nuestra sociedad porque, además de los problemas del techo, el trabajo y la atención médica, son víctimas de prejuicios y marginación. El Señor nos llama hoy a dejar de lado todo estigma, a acogerlos, a solidarizarnos con ellos y a cumplir con nuestra deuda de amor para con estos hermanos, con quienes Él se identifica: “Fui forastero y me recibieron”.  Amén