Análisis

…Y LA PAZ

A ti, joven campesino.

(Con motivo de la pasada Fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, en Sucre…)

Observad la carita de niña que tiene nuestra imagen de la Mamita Gualala. El artista supo interpretar así el cariño de la Virgen por cada uno de nosotros.

Fueron éstas las palabras que os dirigí, chicas y chicos del hogar-internado -futuros bachilleres- antes de iniciar la Eucaristía que todos los años celebramos en el corazón de la Novena a Nuestra Señora de Guadalupe, Patrona de Sucre.

Y como en años anteriores, estas jornadas previas a la gran Festividad, nos llenan de sugerentes experiencias que ensanchan el ánimo y nos hacen más disponibles al misterio de la Fe y más cercanos a los demás.

Te escribiría, querido joven, sobre aquella abuelita, visiblemente encorvada, que colocó con veneración su pequeña velita a los pies de la venerada imagen. Fiel gesto mil veces repetido y que cada Septiembre se convierte en delicada ofrenda de nuestros adultos mayores. Velita que lleva consigo la carga -a veces, liviana y otras, pesada- de toda una vida.

Te escribiría a propósito del pequeñín, poco más que un bebecito, que entró en la gran Catedral de la mano de su mamá, y no disimuló curiosidad y sorpresa en su diminuto rostro. Con el bracito señalando al presbiterio, poco faltó para acercarse al sacerdote celebrante y, sin importarle las normas que fabricamos los adultos, jalar su casulla para reclamarle cariñosa atención.

Te escribiría también la respuesta de aquel muchachote, casi bachiller como tú, vestido con elegantes saco y corbata, y que al verle con dos lindas rosas en la mano se me ocurrió preguntar, con ingenuidad, si eran para su enamorada…

No, padrecito, son para la Mamita -me respondió sonriendo.

Te escribiría cómo tampoco faltó a la cita un grupito de niños, trabajadores en talleres mecánicos y carpinterías de la ciudad, que acudieron acompañados de los profesores que les atienden en su turno escolar de la noche. Con los libros a la espalda y sus humildes abarcas, no perdieron detalle de cada movimiento litúrgico, a pesar de su natural cansancio.

Te escribiría, ante todo, sobre el deseo o la necesidad de unos y otros, jóvenes y adultos, de acercarse al diálogo que facilita el Sacramento de la Penitencia. Como sabes, durante las celebraciones de la Novena varios sacerdotes estamos disponibles para tal menester.

¡Qué gran riqueza es para nosotros, los católicos, este Sacramento! Esta escucha paciente y balsámica que quiso el Señor. Escucha que Él regaló a cuantos se acercaron confiadamente a su amorosa persona. Escucha que hoy la Iglesia quiere prodigar con todos.

Quiero que entiendas que nuestras gentes necesitan “soltar” las penurias que llevan dentro. Desahogar tanta dura inquietud. El confesionario se convierte, no sólo en el ámbito que perdona los errores, sino también en oportunidad para la confidencia que reclama alivio y consuelo. Bendito diálogo que recupera la autoestima y las ganas de seguir viviendo. Que se convierte en lección de madurez, también para el sacerdote.

Conflictos familiares, desarraigos afectivos, incomprensiones que acartonan, violencias y abusos inimaginables… son todo un catálogo de demonios muy reales que nos persiguen y dañan. Que aprisionan nuestra vida. Elenco de miserias que encogen nobles deseos de hacer el bien y de sentirse a gusto.

Sé que al lado de tus educadores vas aprendiendo el arte de la comunicación, del compartir, del sacar afuera lo que se alza como obstáculo en tu caminar humano y espiritual. Siempre tendrás cercano alguien que te escuche porque te quiere. Alguien que se prodigue en confianza rebosante de buen humor.

Sobre algo más te escribiría. El diálogo sacramental comentado quiere ganarnos la paz. En las familias, con los amigos, en los lugares de trabajo, con los vecinos. Una paz que no es logro humano sino don de Dios. Pues bien, las palabras de perdón en el Sacramento subrayan este regalo de lo alto. Palabras pronunciadas con especial unción. Míralas:

…te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón… y la paz.

Mamita de Guadalupe, que esa paz abunde en el corazón de éste, tu pueblo. ¡Lo necesitamos!