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Urge un cambio profundo en la administración de la justicia servil y corrupta: Homilía de Mons. Sergio Gualberti

Celebramos hoy el 90 aniversario de la Jornada Mundial de las Misiones instituida por el papa Pío XI en 1926, quien estableció que fueran destinadas a esta Obra todas las ofertas que las parroquias y comunidades de todo el mundo pudieran recibir para auxiliar a las comunidades cristianas necesitadas y para fortalecer el anuncio del Evangelio hasta los confines de la tierra. No dejemos de realizar también hoy este gesto de comunión misionera, ensanchando nuestro corazón, para que el Evangelio abarque a toda la humanidad, porque ser misionero es la vocación de todo bautizado. Los discípulos del Señor, estamos todos llamados a compartir y testimoniar el don de la fe con los que no lo conocen, con los que se han alejado y los que lo han olvidado, llamados a ser misioneros de la alegría del Evangelio de la vida que comunica esperanza y amor.

Por eso, la vida de cada cristiano y de la Iglesia tiene que estar animada por la misión, conforme al mandato de Jesús: “Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos”. Este mandato no tiene límites de tiempo y espacio, sigue siendo muy válido y actual para el mundo de hoy que, aunque no lo manifieste abiertamente, tiene sed de Dios. Por eso, ningún bautizado puede excusarse de anunciar el Evangelio, sabiendo además que la mayor parte de la humanidad desconoce la buena noticia.

También en nuestro país hay todavía personas que no conocen a Jesucristo y su mensaje, o que se han quedado con algunas reminiscencias del catecismo de su niñez o cuya única referencia son celebraciones de sacramentos y fiestas patronales. Este hecho nos tiene que motivar a superar nuestra pasividad y a armarnos de valor para expresar la alegría de haber encontrado al Señor y dar razón de nuestra fe animando, con nuestro ejemplo, para que otros hermanos puedan conocer al Señor y acogerlo en su vida. Él quiere que toda persona se salve y experimente su amor.

Es una tarea desafiante y difícil en una sociedad donde se destaca la indiferencia ante los bienes del espíritu y el apego desmesurado a los bienes materiales y al consumo, y donde se ha perdido el sentido de la vida y los valores fundamentales que la animan.

Sin embargo estamos llamados a asumir este desafío, confiados en la ayuda del Señor. El lema elegido, para la reflexión y celebración de la Jornada, está marcado por este año del Jubileo de la misericordia: “Misioneros misericordiosos, para un mundo reconciliado”. Estas palabras nos indican que ser misioneros hoy, es estar al servicio de un mundo dividido y enfrentado, marcado por odios y rencores, por guerras y conflictos que dejan a su paso, muerte, destrucción y desplazamientos de poblaciones enteras. Servir al mundo con nuestro testimonio de misericordia y perdón, es el único camino que derriba los muros de la incomprensión y construye puentes de diálogo para una reconciliación efectiva, como nos dice el Papa Francisco en su mensaje para este día.

Él nos invita a abrir nuestros horizontes más allá de nuestras fronteras, a mirar al mundo entero y a «ver la misión “ad gentes”, a los pueblos no cristianos, como una grande e inmensa obra de misericordia tanto espiritual como material. Estamos invitados a “salir” como discípulos misioneros, ofreciendo cada uno sus propios talentos, su creatividad, su sabiduría y experiencia en llevar el mensaje de la ternura y de la compasión de Dios a toda la familia humana».

Como Iglesia tenemos «la misión de anunciar la misericordia de Dios, corazón palpitante del Evangelio… y de proclamarla por todo el mundo, hasta que llegue a toda mujer, hombre, anciano, joven y niño». Anunciar que «Él es el Dios bondadoso, atento, fiel; se acerca a quien pasa necesidad para estar cerca de todos, especialmente de los pobres, del mismo modo que lo haría un padre y una madre con sus hijos… La Iglesia es la primera comunidad que vive de la misericordia de Cristo: siempre se siente elegida por Él con amor misericordioso, y se inspira en este amor para darlo a conocer a la gente… Espero, pues, que el pueblo santo de Dios realice el servicio materno de la misericordia, que tanto ayuda a que los pueblos que todavía no conocen al Señor lo encuentren y lo amen».

Este compromiso misionero radica en el hecho de que «todos los pueblos y culturas tienen el derecho a recibir el mensaje de salvación, que es don de Dios para todos. Esto es más necesario todavía si tenemos en cuenta la cantidad de injusticias, guerras, crisis humanitarias que esperan una solución. Los misioneros saben por experiencia que el Evangelio del perdón y de la misericordia puede traer alegría y reconciliación, justicia y paz. El mandato del Evangelio de ir a hacer discípulos a todos los pueblos, no está agotado, y nos compromete a todos, a sentirnos llamados a una nueva “salida” misionera».

Y es justamente Jesús aquel que nos ha revelado «el rostro del Padre rico en misericordia, él mismo lo ha encarnado y personificado. Y nosotros, con la acción del Espíritu Santo, aceptando y siguiendo a Jesús, podemos llegar a ser misericordiosos como Dios, aprendiendo a amar como él nos ama y haciendo que nuestra vida sea un signo de su bondad».

El camino para ser misioneros misericordiosos, es seguir las huellas de Jesús que, gracias a la oración y total comunión con el Padre, ha actuado con misericordia para con todos. Esto implica sostener nuestra labor misionera con la oración perseverante y el conocimiento de la palabra de Dios, como nos indican las lecturas de este domingo. La oración es ante todo un acto de fe y de amor que nos abre a la relación personal con el Señor en un diálogo confiado y nos ayuda a valorar su amor misericordioso que lo llevó a entregar libremente su vida para que nosotros tuviéramos vida.

La oración nos pone en onda con el Señor, nos ayuda a cumplir su voluntad, a entrar en su plan de salvación y a abrir nuestros horizontes para que, con valentía y alegría, seamos dispuestos a morir a nuestro propio yo y a nuestros deseos para ser misioneros al servicio del Reino de Dios. Nuestra oración tiene que ser perseverante y motivada no por el temor sino por la confianza total en él, como la que debería existir entre amigos y personas que se aman: “Es necesario orar siempre sin desanimarse”.

Jesús, para enseñarnos sobre la necesidad de perseverar en la oración, recurre a la parábola de una viuda pobre y desvalida que acude a un juez para que le haga justicia. El juez durante mucho tiempo se niega a actuar pero, la mujer no se desanima y persiste en su pedido, hasta que por fin ese juez inicuo y corrupto, como el mismo se define, le hace justicia: “Yo no temo a Dios ni me importan los hombres”.

La justicia al servicio de los ricos y del poder era un pecado muy recurrente en el pueblo de Israel, denunciado por los profetas repetidamente. Esta situación crónica de injusticia causaba muchos sufrimientos para los pobres y desamparados. Al igual que el grito de la viuda, también en nuestro país desde tiempo se eleva un clamor general que pide una intervención urgente para un cambio profundo en la administración corrupta y servil de la justicia, sometida a intereses de toda clase.

Jesús, al comentar esta parábola, nos dice que para tener la fortaleza y la perseverancia necesarias en la lucha por la justicia, valor sobresaliente y fundamental del Reino de Dios, hay que ser constantes e insistentes en la oración: “Dios ¿no hará justicia a sus elegidos que claman a Él día y noche, aunque los haga esperar?”. Esta afirmación de Jesús nos da la certeza de que, en el momento oportuno, la verdad y la justicia van a triunfar, y no la mentira y la injusticia.

El Evangelio termina con la provocación de Jesús que nos toca a todos: “Cuando venga el Hijo del hombre, encontrará esta fe sobre la tierra?” ¿Encontrará en nosotros esa fe en el Dios de la justicia y de la misericordia, dos atributos del amor, que progresivamente van alcanzando su plenitud en nuestra historia? Qué haya fe sobre la tierra depende también de nuestra respuesta al Señor, de si somos cristianos coherentes, de si con generosidad y disponibilidad nos ponemos al seguimiento de Jesús como auténticos “Misioneros misericordiosos, para un mundo reconciliado”.

Amén