Análisis

UN INCONCEBIBLE GOLPE DE ESTADO

Si algo está claro, por encima de cualquier divergencia, es que el mandato presidencial fenece el 22 de enero de 2015, ni un día antes ni un día después

Agobiadas por la magnitud que ha adquirido la rebelión policial, nada menos que en vísperas del arribo a La Paz de la IX Marcha de los Pueblos Indígenas del Oriente en defensa del Tipnis, las máximas autoridades gubernamentales han decidido otorgar al conflicto una magnitud inusitada. Han asegurado que está en plena ejecución un conato de golpe de Estado y, para respaldar tan grave afirmación, se han remitido a informes de los servicios estatales de inteligencia que habrían proporcionado información suficientemente fidedigna sobre la existencia de una gran conspiración.

Aún más lejos han llegado otras autoridades gubernamentales de menor jerarquía que incluso han acusado a una organización política, Unidad Nacional, de estar involucrada en el complot en concomitancia con agentes del “imperialismo estadounidense”.

Para abundar en detalles, han asegurado que estamos ante la segunda fase de ejecución del “Plan Tipnis”, una especie de alianza estratégica entre los indígenas que se dirigen hacia La Paz y los “policías de derecha” urdida alrededor de un objetivo común: lograr el derrocamiento de Evo Morales y su Gobierno. Y no han faltado quienes han llegado al extremo de atribuir una dimensión internacional a la supuesta conjura, pues desde su punto de vista estaría ligada a la defenestración de la que en días pasados fue víctima Fernando Lugo, el depuesto presidente de Paraguay.

Alrededor de la figura del golpe de Estado el Gobierno ha hecho girar durante las últimas horas su plan de acción en pos de un doble objetivo: neutralizar a los policías movilizados y desbaratar la marcha indígena. Para ello, ha organizado una muy intensa campaña mediática con el propósito aparente de desplazar de la agenda pública los dos conflictos que lo agobian y poner en su lugar la tan tradicional disyuntiva entre democracia o golpismo.

A juzgar por la manera como han evolucionado los sucesos en las últimas horas, la estrategia gubernamental no ha logrado sus objetivos. Y no lo ha hecho, entre otras razones, porque hasta hace muy pocos días, con la misma convicción con que ahora atribuye tan enorme magnitud a los conflictos sociales, el Gobierno les quitó toda importancia, los minimizó, incluso los ridiculizó y, precisamente por considerarlos tan insignificantes, se negó a darles la debida y oportuna atención.

Además de todo lo anterior, y como si las circunstancias y los ya antiguos antecedentes de los dos detonantes de la actual crisis gubernamental no fueran suficientes para restar seriedad a la denuncia conspirativa, cabe recordar que si hay algo en lo que los bolivianos estamos de acuerdo por encima de cualquier consideración es en la necesidad de preservar la institucionalidad democrática y no reincidir nunca más en las trágicas experiencias golpistas que tanto daño hicieron a lo largo de nuestra historia. Más allá y a pesar de las eventuales divergencias, si hay algo que está claro es que el mandato presidencial fenece el 22 de enero de 2015, ni un día antes ni un día después, y quien pretenda algo diferente no obtendrá nada más que un rotundo rechazo nacional e internacional.