Santa Cruz

“Todo proceso de cambio, sin conversión, termina por burocratizarse, corromperse y fracasar” Mons. Sergio Gualberti

El arzobispo de Santa Cruz, al referirse a la profusa difusión gigantografías patrocinadas por el gobierno nacional con motivos propagandísticos recordó que el texto: “Me gusta mucho la frase: Proceso de cambio”, fue dicha por el Santo Padre en el contexto de una crítica al sistema global vigente en el mundo y que crea grandes desigualdades e injusticias.

Mons. Gualbertí acotó que para el Santo Padre, lo fundamental del cambio es la conversión de las actitudes del corazón, sin eso solo se puede esperar el fracaso.

Por otro lado expresó que Dios quiere la pureza del corazón y del espíritu y no la exterior porque, lo único que nos mancha, es el pecado y la maldad que está en nosotros.

Asimismo expresó que los intentos de manipular la palabra de Dios se han repetido en todas las generaciones hasta nuestro tiempos y hoy son más sofisticados que en le época de Jesús ya que en nombre de la razón y de la ciencia se prefiere ignorar la ley de dios.

HOMILIA DE MONS. SERGIO GUALBERTI

CATEDRAL DE SANTA CRUZ

AGOSTO 30 DE 2015

“Escucha Israel las leyes y las normas que yo te enseño, y practícalas, para que vivas…” son las palabras de Moisés al pueblo de Israel que, después de cuarenta años de peregrinación por el desierto, está por tomar posesión de la tierra prometida por Dios.

Moisés pide al pueblo una actitud de escucha y acogida ante las leyes recibidas de Dios en el monte Sinaí, para ponerlas en práctica, sin amañarlas ni cambiarlas a su propio gusto y antojo: “No añadas ni quites nada”. Estas leyes sabias tienen que ser respetadas, veneradas porque son un don de Dios para la vida del pueblo, una vida en libertad, contrariamente a las leyes esclavizantes de Egipto. Los mandamientos son expresión del amor de Dios y llevan en sí todas las condiciones necesarias para la relación de amistad con él y la convivencia fraterna y pacífica de su pueblo.

También el texto de la carta de Santiago que hemos escuchado en la 2da lectura, invita con fuerza a los primeros cristianos a recibir con disponibilidad la palabra del Señor: “Reciban con docilidad la Palabra sembrada en ustedes, que es capaz de salvarlos. Pongan en práctica la Palabra y no se contenten sólo con oírla, de manera que se engañen a ustedes mismos”. La Palabra de Dios es eficaz, tiene en sí misma el poder de salvarnos, por eso es primordial acogerla y ponerla en práctica.

El Evangelio San Marcos nos presenta a algunos fariseos y maestros de la ley que interpelan a Jesús porque sus discípulos no cumplían con los preceptos de la ley: “Por qué tus discípulos no proceden de acuerdo con la tradición de nuestros antepasados?”

Esos grupos se jactaban de ser buenos judíos, estrictos observante de la ley, aunque su práctica era puramente exterior, para hacerse admirar de la gente y lograr un sitial de poder. Jesús los increpa con palabras muy duras:”¡Hipócritas!” y cita al profeta Isaías: “Este pueblo me honra con los labios pero su corazón está lejos de mí”. Su grado de hipocresía había llegado al punto de atreverse a cambiar los mandamientos de Dios con sus propias tradiciones y preceptos, provocando que el pueblo de Israel se guíe sobre mentiras y falsedades en vez que la verdad: “Las Doctrinas que enseñan no son sino preceptos humanos. Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios, por seguir la tradición de los hombres”.

Luego Jesús aclara que Dios quiere la pureza del corazón y del espíritu y no la exterior porque, lo único que nos mancha, es el pecado y la maldad que está en nosotros, como “las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, los engaños, la deshonestidad, la envidia, la difamación, el orgullo, la insensatez. Todas esas cosas malas proceden del interior y son las que manchan al hombre”. Todas esas maldades dañan nuestra relación con el prójimo y contradicen los mandamientos, que nos piden amar a Dios y a los hermanos.

Los intentos de manipular a la palabra de Dios se han repetido en todas las generaciones hasta nuestros tiempos y hoy son más sofisticados que a la época de Jesús. En nombre de la razón y de la ciencia se prefiere ignorar la ley de Dios, se la vacía de sentido o se la mira con indiferencia, como algo que no tiene importancia: Dios no tiene nada que decir acerca de nuestra vida personal, social, política y cultural. Este pensamiento es el que subyace a las leyes de muerte que se van promulgando en varios países: las leyes que restringen los derechos humanos, la libertad religiosa y el derecho a la objeción de conciencia, las que legalizan el divorcio, el aborto y la eutanasia o las que promueven la teoría de género.

Los cristianos tenemos que ser valientes y saber decir no a esas leyes porque no están al servicio de la vida y porque, por nuestra fe, optamos por “obedecer a Dios antes que a los hombres”.

Siempre a la luz de la palabra de Dios, quiero compartir otros temas actuales. En estos días ha ido apareciendo en muchos lugares de nuestra ciudad, un banner con la foto del Papa Francisco junto al Presidente Evo Morales, con unas palabras que el Papa dirigió aquí en Santa Cruz a los participantes del II Encuentro Internacional de Movimientos Populares: “Me gusta mucho la frase: «proceso de cambio». El Papa lo decía a propósito del sistema global vigente en el mundo, donde domina la economía de libre mercado y la cultura consumista, creando grandes desigualdades e injusticias: “¿Reconocemos que este sistema ha impuesto la lógica de las ganancias a cualquier costo sin pensar en la exclusión social o la destrucción de la naturaleza?… Este sistema ya no se aguanta… Si esto es así, insisto, digámoslo sin miedo: queremos un cambio, un cambio real, un cambio de estructuras… un cambio redentor… concebido no como algo que un día llegará porque se impuso tal o cual opción política o porque se instauró tal o cual estructura social. Dolorosamente sabemos que un cambio de estructuras que no viene acompañado de una sincera conversión de las actitudes y del corazón termina a la larga o a la corta por burocratizarse, corromperse y sucumbir.” Queda claro que, para el Papa lo fundamental del cambio es la conversión de las actitudes y del corazón, sin eso solo se puede esperar el fracaso.

Luego el Papa profundiza:” Por eso me gusta tanto la imagen del proceso, los procesos, donde la pasión por sembrar, por regar serenamente lo que otros verán florecer, remplaza la ansiedad por ocupar todos los espacios de poder disponibles y ver resultados inmediatos. La opción es por generar proceso y no por ocupar espacios”. Luego el Papa indica cual debe ser el motor de los cambios: “motivados por el amor fraterno que se rebela contra la injusticia social”, que provoca muerte y sufrimientos. Ese cambio del corazón nace del amor y de la opción por los últimos y de la cercanía atenta a las necesidades de los pobres, a los que no tienen ni tierra, ni techo, ni trabajo, ni las condiciones básicas de una vida digna. Estas palabras del Papa están en total consonancia con la segunda lectura de la carta de Santiago, que nos dice que ser religiosos y creer en Dios implica solidarizarnos con los pobres, los oprimidos y marginados: “La religiosidad pura y sin macha delante de Dios, nuestro Padre, consiste en ocuparse de los huérfanos y de las viudas cuando están necesitados…”.

Otro hecho en el mundo nos sobrecoge: la gran tragedia, comparable a las grandes hecatombes de la segunda guerra mundial, de millones de prófugos y migrantes, entre ellos mujeres y niños, que escapan desde distintos países de Asia Menor, para salvar sus vidas. Para muchos, su viaje de esperanza se transforma en muerte al cruzar el Mar Mediterráneo o al chocar con nuevos muros y alambres de púa elevados por una Europa ciega que no quiere ver y que no logra unirse para solidarizarse con esas víctimas del odio, de la guerra fratricida o del interés de los modernos esclavistas.

Me hago una pregunta: “¿No será que viene a menos el espíritu de humanidad y solidaridad porque, como nos dice Santiago, se ha debilitado grandemente la religiosidad, el sentido de Dios?” El Papa Francisco en varias oportunidades ha hecho un vehemente llamado a la Comunidad Internacional, acerca de esos migrantes y refugiados, pidiendo “proteger “su dignidad, mejorar su calidad de vida y enfrentar los desafíos que surgen de las formas modernas de persecución, de opresión y de esclavitud… Los migrantes y refugiados nos interpelan… Que su grito se vuelva el nuestro y juntos podamos romper la barrera de la indiferencia que suele reinar campante para esconder la hipocresía y el egoísmo… Dios es bueno: imitemos a Dios”. Qué se abran los corazones cerrados y se escuche la palabra del Señor expresada en este apremiante pedido del Papa Francisco, para que el mundo sea más humano y fraterno.