Análisis

TIPNIS Y EXTRAVÍO DIPLOMÁTICO EN BOLIVIA

Algunas importantes autoridades bolivianas, con responsabilidades estrictamente interiores, se pasearon por el mundo haciendo visitas presuntamente diplomáticas, poco antes de la brutal represión organizada contra los marchistas del Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro Sécure (Tipnis). Sacha Llorenti e Iván Canelas estuvieron en Nueva York, en la sede de la ONU, acusando al gonismo y a otros enemigos internacionales. Por su parte, Héctor Arce y Nardi Suxo fueron comisionados a la OEA, en Washington, para explicar la conducta del Gobierno y pedir apoyo. Estas curiosas visitas fueron pagadas con dinero del Estado.

Entretanto, David Choquehuanca, responsable de la política exterior, parecía incapaz de organizar la Cancillería confrontada a problemas, como las quejas contra las legaciones en España o Argentina. Sin embargo, fue enviado a resolver una crisis interior, por su condición de ‘indígena aimara’, con un mensaje para los indígenas amazónicos: la carretera se hará de todos modos porque el presidente lo ha decidido.
Esta diplomacia invertida sorprende por su falta de lógica. Un canciller, por muy indígena que sea, no debe jamás ejercer una tarea de política doméstica que le compete al ministro de Gobierno. Pero sobre todo, el exministro de Gobierno debía ocuparse de la crisis interior en vez de irse de paseo a Nueva York donde nadie lo necesita.

Naturalmente, la retención del canciller por un grupo de mujeres marchistas disgustó al Gobierno, que quiso mostrar ese hecho como un secuestro violento para justificar la represión brutal a los marchistas.
Es cierto que Evo Morales y su Gobierno ya actuaron muchas veces violando abiertamente leyes bolivianas. La misma Constitución actual es el resultado de procedimientos fraudulentos y sangrientos. Sin embargo, el derecho internacional (Derechos Humanos, Convenios de Ginebra, Convenio de Viena de 1961, Convenio 169 de la OIT, etc.) obliga al Gobierno a asumir responsabilidades. Y ni sus amigos en ciertas organizaciones internacionales o embajadas podrán ayudarlo a eludirlas. Cabe pues preguntarse por qué se extravió tanto la diplomacia boliviana.

Posiblemente la respuesta esté en el opaco ideario diplomático del MAS, donde el caudillo es más importante que las instituciones, como se vio en la patética cumbre de Tiquipaya, cuando la Cancillería trató de convertir a Morales en líder ambientalista universal, disertando sobre hoja sagrada, Coca Cola, pollos, calvicie y homosexuales, mientras el canciller sonreía. Peor aún, en pleno conflicto del Tipnis, Morales declaró que “existen coincidencias ideológicas entre China y Bolivia”, desconociendo la represión en Tibet y la colonización sangrienta organizada desde Beijing. Y Morales llegó a subrayar sus acuerdos con Irán tras el escándalo negacionista que el déspota iraní Ahmadineyad causó en Nueva York.

Ese extravío diplomático indica que ya es hora de pasar de las poses a los temas de fondo. Poco importa que Morales y Choquehuanca no usen corbata. Lo realmente importante es que el presidente y sus ministros trabajen para pacificar el país y administren eficazmente el Estado. Dicho de otro modo, el ministro de Gobierno debe ocuparse de política interior en vez de hacer declaraciones insensatas dirigidas al exterior. Por su parte, el canciller debe asesorar al presidente para evitar que incurra en tantas torpezas. Su oscuro papel en el conflicto del Tipnis ha puesto al desnudo un servicio exterior desnaturalizado, en un país que merece un mejor destino y mejores líderes.