Santa Cruz

“Ser cristiano es colaborar en la defensa y promoción de la vida, indistintamente y en cualquier circunstancia” Mons. Sergio Gualberti

El Arzobispo de Santa Cruz, Mons. Sergio Gualberti en su Homilía pronunciada hoy domingo 28 de junio dirigió su mirada a los pasajes bíblicos que relatan la fe de Jairo que pide a Jesús el milagro de la resurrección de su hija y de la mujer “impura” que toca el manto de Jesús, un toque que desencadena el poder misericordioso y liberador de Jesús.

Mons. Gualberti destacó el hecho de que Jesús se presenta “como el gran liberador de todo ser humano, que nos llama a reconocerel valor supremo de la vida, donada y querida por Dios, y cuya dignidad debe ser reconocida y respetada por todos”

Antes de concluir su Homilía, el Arzobispo expresó su alegría por el Mensaje con el que el Papa Francisco confirmó su visita a los 3 países hermanos de Ecuador, Bolivia y Paraguay e instó al Pueblo de Dios a escuchar el llamado del Papa de  ser “perseverantes en la fe y tener el fuego del amor”. Finalmente exhortó al pueblo de Dios a orar por la salud de Cardenal Julio Terrazas.

 

HOMILÍA DE MONS. SERGIO GUALBERTI

PRONUNCIADA EN LA CATEDRAL DE SANTA CRUZ

JUNIO 28 DE 2015

El evangelio de hoy presenta dos relatos de milagros de Jesús: la curación de la mujer que padece de flujo de sangre, insertado en la intervención de Jesús que devuelve  a la vida a una niña, la hija de Jairo. Ambos relatos se complementan y ponen en evidencia, por un lado, la eficacia de fe sincera y por el otro, el Reino de Dios como plenitud de la vida.

Jesús, a orillas del lago, está rodeado por muchísima gente que lo anda buscando para escuchar su palabra y asistir a su actuación en favor de pobres y enfermos. Mientras tanto llega a ese lugar uno de los jefes de la sinagoga de nombre Jairo, que se arroja a los pies de Jesús y le ruega que vaya a su casa e imponga las manos a su hijita muy enferma  “para que sane y viva”.

Jesús accede a su pedido y, mientras está en camino entre apretujones de la multitud, una mujer, que padecía hemorragias desde doce años y había gastado en vano todo su dinero en los médicos, se le acerca por detrás con la intención de tocar su manto para quedar sanada. Es una mujer pobre, solitaria, marginada, expulsada de la vida social y religiosa, por la ley que la declara “impura” a causa de su enfermedad. Nadie puede tocarla, compartir su mesa y convivir con ella, porque tan sólo el contacto físico con ella los hace también impuros. Por tal motivo, ella escoge el camino de la humildad buscando pasar inadvertida en medio del tumulto y apretujones de la gente. Su deseo de libertad y de vida es tan fuerte que desafía la norma legal, se abre paso entre la gente y logra tocar el manto del maestro.

Tanto ella como Jairo creen que el contacto con Jesús lleva la salvación esperada. Puede parecer una fe interesada y hasta casi mágica, pero Dios, que sabe leer en lo profundo del corazón humano, ve en ese gesto una manera sencilla de expresar una fe auténtica aunque tiene que crecer y desembocar en una relación personal. Y el milagro se produce: “Inmediatamente cesó la hemorragia”.

El suyo ha sido un toque distinto de los de la gente, es el toque de la fe que desencadena el poder misericordioso y liberador de Jesús. Lo que ni la ley y el culto ni la ciencia han conseguido curar, lo ha logrado su fe.

Jesús se da cuenta que una fuerza ha salido de él y hace una pregunta a la multitud que parece absurda, como se deduce de la reacción de los discípulos: “¿Ves que la gente te aprieta por todas partes y preguntas quién te ha tocado?”

La mujer medio aturdida por verse descubierta por la mirada investigadora de Jesús, se siente culpable y se arroja a sus pies, asustada y temblante y le confiesa toda la verdad. Es lo que Jesús quiere, provocar que la fe de la mujer desemboque en una relación personal con él, y no se quede solamente en un toque superficial y furtivo.

Además, Jesús al hacer público lo que ha pasado,  hace constar delante de toda la multitud, que el toque de esa mujer no lo ha hecho impuro, y que la categoría legal de puro e impuro ya no tiene vigencia en el reino de Dios que Él ha venido a instaurar. Por el contario, en el plan de Dios, esa mujer es privilegiada justamente porque padece una enfermedad que, además del sufrimiento físico, le causa la exclusión de la vida social y religiosa. Jesús claramente quiere dejar constancia que Dios no atiende a lo puro y lo impuro, sino a la fe.

Jesús sella ese milagro con palabras esperanzadoras y firmes: “Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda salvada de tu enfermedad”. Jesús no sólo devuelve la salud a la enferma y le restituye la dignidad de persona que le permite reinsertarse en la vida de la comunidad religiosa y de la sociedad, sino que la hace ser partícipe de la salvación destacando que esto ha sido posible gracias a su fe: “tu fe te ha salvado”.

Mientras todavía Jesús está hablando, llegan unas personas que avisan al jefe de la sinagoga que su hija ha fallecido y que ya no hace falta “seguir molestando al Maestro”. Pero Jesús hace caso omiso de esa noticia, el valora la actitud humilde y suplicante de Jairo y lo anima a no temer y, más bien, a confiar en él: ”Basta que creas”, y se pone decididamente en marcha hacia su casa, sin permitir que nadie lo acompañe excepto los tres apóstoles amigos.

Al llegar encuentra a la gente que llora y grita y la hace callar: “¿Por qué lloran? La niña no está muerta, sino que duerme!” Tanto en este momento como con la sanación de la mujer enferma, sobresale la personalidad de Jesús que se impone por la calma y seguridad con las que se mueve entre la gente alborotada, imponiendo el silencio y actuando con firmeza.

Lejos de la curiosidad de la gente, Jesús entra en la intimidad de la familia y toma de la mano a la niña, una jovencita de doce años y le ordena: “¡Niña, levántate!” En seguida la niña se levantó y comenzó a caminar. Ante semejante milagro el asombro y la alegría de los padres es tan grande que no se dan cuenta que la niña necesita alimentarse. Pero este detalle no pasa desapercibido de parte de Jesús que se preocupa hasta de las necesidades cotidianas.

La fe de Jairo y de la mujer crea las circunstancias favorables para que Jesús manifieste su poder maravilloso, que se expresa en el gesto de la mujer que toca el manto y en el gesto de Jesús que toma la mano. De este encuentro con Jesús brota la vida que rompe las barreras de la muerte.  Es significativo también notar que Jesús realiza los milagros en bien de dos historias de dolor y de muerte, de dos personas doblemente marginadas en la sociedad judía del ese tiempo: por ser mujeres y por estar enfermas.

En estos relatos, como en todo el Evangelio, siempre la intervención sanadora y salvadora  de Jesús y la palabra que despierta la fe van juntas. La fe es una experiencia espiritual profunda y personal en la que Dios nos llama a encontrarlo como a la mujer enferma y a acogerlo en nuestra vida, en nuestra casa como Jairo. Es la fe que nos hace partícipes del poder del Señor que vence al pecado y  nos brinda la vida más allá de la muerte.

Con su actuación Jesús se presenta como el gran liberador de todo ser humano, que nos llama a reconocerel valor supremo de la vida, donada y querida por Dios, y cuya dignidad debe ser reconocida y respetada por todos. Dios es el Dios de la vida, la felicidad y la alegría y nos ha creado para que la compartamos con él a través del don del bautismo. Ser cristiano es tener una vida plena y con sentido, es colaborar en la defensa y promoción de la vida, indistintamente y en cualquier circunstancias, siendo signos de la presencia del Reino de Dios hasta que llegue a su plenitud.

Para terminar, quiero compartir con Uds. mi alegría por el mensaje hermoso del Papa Francisco enviado el viernes pasado, a los tres países previo a su ansiada visita. Con palabras llenas de humanidad y de fe el expresa su gran deseo de estar con nosotros, “como testigo de la alegría del Evangelio… y llevarles la ternura y la caricia de Dios, nuestro Padre, especialmente a sus hijos más necesitados, a los ancianos, a los enfermos, a los encarcelados, a los pobres, a los que son víctimas de esta cultura del descarte.”  El Papa también nos pide ser perseverantes en la fe, tener el fuego del amor, de la caridad y mantenernos firmes en la esperanza  y a unirnos en la oración con él disponiendo nuestros corazones a acoger esta gracia del Señor. Hacemos nuestro con agrado su pedido orando por sus intenciones y también para que nuestro querido Cardenal Julio recupere pronto su salud y pueda, acoger con alegría al Papa Francisco. Amén