Oruro

SANTUARIO DE LA FE CATÓLICA POR MÁS DE CINCO CENTURIAS

Quillacas, su etimología es: Quilla, Luna y en plural es lugar de lunas, pues en noches de plenilunio, la luna se refleja en la margen del lago Poopó, simulando existir varias lunas, una en el espacio y otra en el espejismo del lago enigmático de los Urus.

El clima hostil del Altiplano hace que el paisaje fuera hosco; pero sin embargo con una peculiaridad muy especial, las montañas lejanas, a veces cubiertas de nieve, contribuyen a formar un rictus del infinito yermo que en la lejanía un hato de esbeltas llamas pierden sus siluetas por el espacio, y la letanía.

Sopla el viento inmisericorde ululan las pajas bravías y el Moyoj Waira bailarín ágil se alza gigante y sutil hasta desaparecer en el infinito, cual una bruja hechicera.

El pueblo de Quillacas por su reducida población, no era tomada en cuenta; solamente la Feria de Huari absorbía la importancia lugareña.

Es así que en una de sus Ferias un argentino tropero de ganado mular, llegó hasta la renombrada feria, ansioso de efectuar un pingüe negocio; pero las circunstancias de las diversiones de la fiesta, tentaron a divertirse al negociante argentino, mientras su ganado quedó abandonado al instinto de la madrinera.

Al día siguiente, cuando recobró las facultades de su conocimiento, grande fue su pesar y arrepentimiento: Su ganado mular había desaparecido, sin que nadie diera noticia de su paradero o el rapto que hiciera algún maleante.

Lloró a gritos, maldecía su situación y le dieron ganas de desesperar de la providencia del Señor y apeló al recurso de la coca y el cigarro para mitigar su intenso dolor y desgracia. Recapacitó un momento y le vino una idea luminosa de ir al Templo y rogar al Señor que remediara su situación; pero en aquel lugar y en medio del gentío tan numeroso era difícil preguntar a nadie del paradero de su recua (es obvio afirmar que el ganado le costó carísimo en valor monetario) y era mayor el gran sacrificio que le había costado conducir aquel ganado desde las pampas argentinas hasta las montañas bolivianas.

El yermo del altiplano aumentó la tristeza del tropero argentino; buscó por todas partes, agotó todos los rincones y encrucijadas de caminos indagando la gran pérdida; no eran agujas para perderse en un pajar, pero la realidad era que no aparecían por nada. Afligido el hombre, se retiró a unas montañas con el intento de quizá divisar desde allí algún indicio del paradero de su recua.

Dirigió su mirada escrutadora de pampeano, pero no había indicios de la menor sospecha; encendió un cigarrillo, luego vinieron las hojas de esa misteriosa coca, que podía revelarle estos recursos, si no amortiguar sus penas. ¿Cómo regresar a su patria?

Pues todo había agotado en sus diversiones. Si fuera llegar siquiera hasta la frontera: Pero en aquel momento se creía huérfano. Al parecer todo estaba perdido. Qué cavilaciones no le vinieron al pensamiento: Cómo lIegar a su casa, donde espera una mujer con sus criaturas, los subsidios de su esposa; pero él ¿en qué situaciones se encontraba?, exactamente como un hombre truhan, malgastador de su fortuna; en suma un mala cabeza.

Estoy avergonzado, se decía para sus adentros, por Dios ¿qué haré? Dicho esto inclinó las rodillas en las rocas frías de la montaña, con la vista hacia el eje, “vientos del Altiplano llevadme adonde quiera”, se dijo.

Mientras el humo de los consecutivos cigarrillos que fumaba se perdía haciendo espirales sutiles el nombre estaba abatido y anegado quién sabe en qué pensamientos. Mientras cavilaba sentado sobre un padrón con la cabeza agachada, a un momento dado, levantó la mirada, y cuál no sería su asombro al ver en esa soledad a un venerable anciano que se le acercaba quizá con el intento de informarle algo.

Pero él reaccionó y le manifestó: “Por ventura, señor anciano, ¿no ha visto usted mi ganado que hace tres días lo tengo perdido?”, el buen anciano respondió; “No se aflija, buen hombre, su ganado ahora mismo está bebiendo agua en el arroyo al pie de esta montaña”.

El argentino no supo cómo agradecer el favor al anciano y más que de prisa descendió del cerro a tumbos como un enloquecido, deseoso de divisar cuanto antes a su ganado. En efecto, cuando dio la vuelta un recodo a lo lejos divisó que pacíficamente pastaban la misérrima yerba que crece a flor de tierra. No corría el hombre, volaba, y cuando ya se aproximaba hasta pudo distinguir la marca y señales de su ganado, contó y no faltaba ni uno.

Pudo entonces respirar con tranquilidad y gozoso bebió un poco de agua del manantial en el hueco de su mano. Quiso recompensar al anciano que tan buena nueva le diera y el gran hallazgo que le había proporcionado; dejó el ganado al cuidado de un compatriota suyo y se encaminó al cerro del Calvario con el corazón henchido y deseoso de cumplir su buen propósito de gratificar al buen anciano; corrió y escaló al lugar de su entrevista; pero no encontró a nadie, levantó la vista y solamente entre los breñales de la montaña estaba pendiente un CRISTO CRUCIFICADO, hincó de rodillas y lloró de emoción y le manifestó así: “Tú eres mi bienhechor, tú me guardaste mi ganado, te doy gracias y prometo y juro construir en este sitio una capilla para que las gentes puedan rendirte homenaje y tú puedas seguir favoreciendo a los necesitados”.

El argentino, retornó gozoso a su patria y al cabo de algún tiempo, regresó con toda su familia a vivir en aquel sitio y construir un templo.

Así lo hizo con sus propios recursos levantando un templo hermoso de pura piedra, donde descansa el Señor Jesús Crucificado tan hermoso y bello como lo viera aquel dichoso argentino que recibió ese señalado favor. Desde aquel entonces se inició la devoción al Señor de Quillacas, que al presente es grande la concentración de romeros que van a depositar sus alegrías y penas a pedir al Señor favores y justicia que los hombres no podemos resolverlos.

En cuanto al argentino, vivió años en aquel lugar con toda su familia y no quiso más retirarse a ningún lugar hasta que el Señor lo recogió en su santo Templo que el argentino le construyera y su alma fue al Paraíso como de aquel buen Dimas que pidió al Señor. Todos los argentinos que logran llegar a Quillacas, lloran de emoción al recordar que un paisano suyo haya recibido tan señalado favor material y espiritual.