Análisis

Sabiduría terrena, carnal y diabólica

Uno de los varios escritos del gran San Luis María de Montfort, quizás menos conocido que su Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen es «El amor de la sabiduría eterna».

La estructura del «Amor de la sabiduría eterna» no es, en apariencia, demasiado difícil de establecer, dado que Montfort anuncia en su escrito que se poya en la obra de Salomón,

«que había hecho una descripción fiel y exacta de la Sabiduría, y a quien quiere relevar aquí explicando sencillamente lo que es la Sabiduría antes de la Encarnación, en la Encarnación y después de la Encarnación, y los medios de alcanzarla y conservarla» (ASE, 7).

Montfort sabe bien que debemos hacer una opción radical «es preciso que seas precavido y no te equivoques al escoger, pues existen varias clases de Sabiduría» (ASE 73), y señala los tres sostenes en los que se afirma la sabiduría mundana, tres falsas sabidurías (ASE 80-82), de las que ya nos previno el apóstol: «Tal sabiduría no desciende de lo alto, sino que es terrena, carnal, diabólica» (Santiago, 3, 15).

«Sabiduría terrena», amor a los bienes terrenales, que profesan los sabios según el mundo,

«apegan el corazón a sus posesiones; cuando todo lo encaminan a enriquecerse… no piensan, hablan ni actúan sino con miras a conseguir y conservar algún bien temporal» (ASE, 80).

Sabiduría terrena, de la que han nacido tantos errores, ideologías y sistemas: liberalismo,  modernismo, comunismo, ateísmo, laicismo… Hitler, Lenin, Stalin, Mao o Castro no fueron, no son otra cosa sino frutos de estas ideologías, y demuestran además, que el simple hecho de que una ideología pueda producir crímenes, éstos hablan de su maldad.

Es sabiduría terrena, el espíritu materialista y hedonista enfocado únicamente en el placer de los sentidos, que destierra completamente los valores básicos espirituales y personales.

El capitalismo, que es la encarnación del materialismo, no niega a Dios con las palabras sino con los hechos. No importa si Dios existe o no, y no ataca tanto la estructura mental y psíquica de la persona, al contrario: adula al hombre, hasta hacerle creer que él es «dios», y que no necesita de nadie más.

«Sabiduría carnal», es el amor al placer. En lugar de buscar los «sólidos placeres» de la verdadera felicidad, conduce a quienes la siguen a no buscar

«sino el gozo de los sentidos; […] aman la buena mesa… habitualmente sólo piensan en comer, beber, jugar, reír, divertirse y pasarlo lo mejor posible» (ASE 81).

Esta sabiduría

«abortó esos horribles sistemas, en que se pone por principio de la moralidad, la sensibilidad física, la utilidad o el interés, y esos tratados ideológicos, en que todas las facultades del alma se confunden con la misma sensibilidad, y todas las ideas se reducen a sensaciones, de donde se avanzó por último a no admitir más alma que la materia organizada, ni más espíritu que el movimiento, ni más cosas que las corpóreas, ni más hombres que se distinguen de los brutos, ni más Dios que la naturaleza, ni más que una cadena de seres materiales eslabonados, todos los unos con los otros».

Un producto de esta sabiduría son la ideología homosexualista que junto a la ideología de género buscan la destrucción de la familia mediante una redefinición del matrimonio, el aborto. Las adicciones de todo tipo.

La «sabiduría diabólica», que en vez de buscar la verdadera grandeza que pasa por el último puesto, ama y aprecia los honores. Los que la siguen

«aspiran –aunque secretamente– a las grandezas, honores, dignidades y cargos importantes; […] buscan hacerse notar, estimar, alabar y aplaudir por los hombres…» (ASE 82), que funda sus triunfos en las armas del sofisma, de la calumnia y de la mala fe.

«Sabiduría diabólica, por los medios ilícitos que emplea en sus empresas, por los fines inicuos que se propone, y por los funestos efectos que produce».

Todavía Montfort, señala las tres características de la «sabiduría según el mundo»: la astucia , el conformismo y las componendas.