Análisis

Rincón Vocacional: “Juan Pablo II y yo, desempolvando el baúl de mis recuerdos pontificios” [y 3]

(La segunda parte de este artículo se publicó el pasado 7 de Junio). 

CUANDO JUAN PABLO II SE FUE PARA QUEDARSE ENTRE NOSOTROS. 

Cuando ejercía mi servicio sacerdotal en Cochabamba, el Vaticano era ya un mundo lejano que estaba en el lugar que todos reservamos para recuerdos gratos de la vida. Al dirigir la oficina de comunicación del Arzobispado de Cochabamba y mediáticamente era imposible no seguir a través de los medios de comunicación el estado de saludo del anciano Papa que en varias ocasiones fue trasladado al hospital Gemelli de Roma. En efecto, el primer lugar que Juan Pablo II visitó al día siguiente de ser elegido como Sucesor de Pedro, fue el hospital Gemelli para encontrar a un Cardenal Polaco, amigo suyo que durante el cónclave había sufrido una embolia, era el Cardenal Andrés Deskur que había vivido muy intensamente la elección del Pontífice y poco antes del nombramiento de Wojtyla cayó enfermo. Ese mismo hospital fue el último lugar visitado por Juan Pablo II antes de fallecer, él mimo, con su natural espontaneidad, bromeó diciendo que “el Gemelli de Roma era el Vaticano III” por la cantidad de visitas y de tiempo que el Papa había transcurrido allí.

El tiempo pasaba. Después de la Semana Santa del año 2005 en mi ciudad viajé a un lugar entre los montes de Cochabamba y Santa Cruz, a un pueblito perdido y hallado por el Cardenal Julio Terrazas que luego de encontrarlo cuando era cura párroco, lo dignificó con una capilla y luego hizo construir algunas habitaciones para pasar algunos días durante el año con sus sacerdotes y, sobre todo, con los comunarios que vivían y aún viven de la pesca, la siembra y el esporádico trabajo cooperativo que realizan. El nombre del pequeño pueblo: Masicurí.

La semilla de la amistad con Cardenal Terrazas se había sembrado años atrás en un primer encuentro en Roma, creció poco a poco con el único alimento válido para las amistades: el tiempo y la sinceridad.

Visitar al Cardenal en Masicurí por unos días al año era una cita esperada con alegría; por otro lado era aislarse del mundo porque al pueblo aún no había llegado la electricidad pública y sólo había un teléfono que funcionaba si Dios no hacía llover y que tenía todas las llamadas interceptadas por la dueña de la tienda que durante cada conversación telefónica se transformaba en una esfinge acompañante.

Ese año a media semana en una de las caminatas vespertinas comprendimos que algo grave había sucedido cuando un colaborador cardenalicio nos alcanzó corriendo con una radio a baterías entre sus manos y se apartó con el Cardenal Terrazas para decirle no se qué.

Al día siguiente durante el desayuno de jugos de fruta natural y pan recién horneado, escuchamos en el radionoticiero que el Papa Juan Pablo II estaba gravemente enfermo, y en medio de la noticia surgió la voz del sacerdote encargado de las comunicaciones de Santa Cruz, el padre Hugo Ara que declaraba que el Cardenal Terrazas ya se encontraba en camino de regreso desde Masicurí . – “En una hora salimos de regreso” – fue la orden del Padre Julio que rompió el silencio que se había materializado en el aire tras escuchar la noticia de la radio comunitaria.

Las horas que pasamos en el viaje de regreso fueron, más bien, silenciosas y tras llegar a Santa Cruz el Cardenal ya se dirigía a Roma y yo viajaba a Cochabamba.

En Cochabamba se supo la noticia el mismo sábado dos de abril poco después de las tres y media de la tarde; días después tuvimos que escribir un artículo justificativo en el boletín de noticias de la diócesis y explicar porqué las puertas de la Catedral estaban cerradas cuando se supo que el Papa Juan Pablo II había muerto y la gente que espontáneamente se había dirigido a la Iglesia Madre de la ciudad se encontró con los portones cerrados. La razón era muy sencillas, en ese entonces la potestad de las llaves las tenían los sacristanes y sólo Dios sabía dónde y cómo encontrarlos los sábados por las tardes, así lo había dispuesto Mons. Rosales –entonces rector de la catedral-, de bendita memoria.

Después de una semana, el motor pastoral del arzobispado organizó una celebración litúrgica en la Plaza Principal que rindió homenaje al Papa Juan Pablo II. En un momento de oración, al final de la Eucaristía se difundió por los parlantes frases que el Papa había pronunciado a los jóvenes de Bolivia cuando visitó la ciudad tantas décadas atrás. Se pudo escuchar también la frase “Debo volver a Cochabamba”. La ceremonia que reunió a miles de personas fue realizada en la Plaza principal de Cochabamba y la misma gente que había expresado su malestar por las puertas de la catedral cerradas, una semana después lo agradeció mucho.

Un año había pasado de la muerte del Papa Juan Pablo II cuando tuve la oportunidad de regresar a Roma y experimenté una extraña sensación que sólo la había sentido años atrás cuando retornaba a casa después de muchos años y ya no encontré a mi padre porque se había ido. Sucedió cuando llegué al Vaticano y tras hacer una larga fila ingresé a la cripta de la Basílica de San Pedro y me encontré de frente a la tumba del Papa Juan Pablo II.

La emoción era la misma de visitar el lugar donde un amigo había sido enterrado, era un monumento fúnebre sencillo que recordaba la grandeza de un hombre que marcó la vida de tantas generaciones. Juan Pablo había recorrido el mundo y ahora desde la simplicidad de su mausoleo minimalista de mármol blanco veía el mundo pasar delante de él.

Un hombre de un país lejano, escogido para servir al mundo y recordarle que Dios existe, Juan Pablo II se había ido. Pero ahora que la Iglesia lo ha declarado Beato; Juan Pablo II ha vuelto para quedarse entre nosotros.

P. Ariel Beramendi

30 de Abril de 2011