Análisis

Rincón Vocacional: “Juan Pablo II y yo, desempolvando el baúl de mis recuerdos pontificios” [2]

(La primera parte de este artículo se publicó el pasado 21 de Mayo). 

LOS AÑOS DE ESTUDIANTE EN ROMA JUNTO A JUAN PABLO II. 

Tuvieron que pasar cerca de dos años más para acercarme más al Sucesor de Pedro. Había sido ordenado diácono en mi pueblo natal pero continué con mis estudios en Roma, apenas dos años después cambié de residencia e inicié a vivir en el Venerable Colegio Inglés de Roma y todos los sábados por la mañana realizaba un trabajo pastoral y algunas investigaciones para mi tesis de licenciatura en el Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales, fue así que el Presidente de ese dicasterio, el entonces arzobispo norteamericano John Foley, me permitió asistir por primera vez a una audiencia privada con el Papa, la ocasión era una de las numerosísimas reuniones que se tienen en la Ciudad del Vaticano pero el Papa recibía a un pequeño grupo de setenta personas que se había reunido en Asamblea. Juan Pablo II ya no era definitivamente el señor joven y alto que había visto en Cochabamba, se había convertido en un anciano con el peso de la Iglesia sobre su espalda, su piel rozada, sus ojos claros y cabellera albina, parecían iluminar por donde pasase. . Aunque no pude saludarlo personalmente sentí la emoción de haber vivido algo importante a mis 26 años.

La vida de universitario y de seminarista continuó y empecé no sólo a comprender, sino a vivir, que en la vida hay profundas alegrías y grandes tristezas. Durante el último año de mi estadía en la Ciudad Eterna perdí mi padre y con él a una de las personas que más me apoyó en mi vocación sacerdotal; en la familia sabíamos que le quedaban pocas semanas de vida debido a una enfermedad e inesperadamente tuve delante mío una elección entre dos posibilidades, despedirme de él mientras estaba vivo o regresar a casa para su funeral; un sacerdote anciano amigo mío me aconsejó viajar cuanto antes para ver a mi padre con vida y acompañarlo al menos por unos días, nunca hice una mejor elección. El deseo grande de que mis padres me visitaran en Roma se desvaneció en un santiamén; ya lo había planeado casi todo para mostrar a mi padre viajando en una silla de ruedas la ciudad donde vivía.

Una mañana de abril recibí una llamada de mi mamá, que entre sollozos me avisó que papá se había ido y yo no estaba allí; nunca hubiera podido llorar a mi padre si mi madre y abuelita no hubiesen decidido venir a visitarme luego de algunas semanas; sólo cuando las vi cruzar las puertas del aeropuerto romano de Fiumicino vestidas de negro asimilé que yo estaba de luto, porque mi padre no llegaba con ellas.

Fue una decisión bendita la que tomaron mis dos mamás, el colegio inglés donde vivía, una institución que con más de quinientos años vive de sus tradiciones, nos permitía a los estudiantes del último año – los “leavers” como nos llamaban -, tener a nuestros parientes en casa durante la Semana Santa.

Para la Semana Santa de ese año, la oficina del Vaticano que organiza la liturgia había pedido que los estudiantes de nuestro colegio ayudasen a la misa del Domingo de Pascua de Resurrección – es decir la misa más importante del año – y se necesitarían dos diáconos para acompañar al Papa Juan Pablo II, en el Colegio éramos seis diáconos y así que según las costumbres inglesas escribimos nuestro nombre en un papel y los depositamos dentro un sombrero y uno de los diáconos del Colegio Inglés que ayudarían al Papa resultó siendo mi nombre; noticia que fue celebrada por mis madres con la felicidad de saber que desde el cielo hay alguien que te guiña un ojo.

Esa alegría no fue suficiente. El Sábado Santo por la mañana fuimos convocados a la Plaza San Pedro, justo en la puerta principal de la Basílica y allí estábamos puntuales todos los seminaristas y diáconos que debíamos ayudar en la ceremonia. En medio del ensayo uno de los “monseñorini” – como les llamábamos en el colegio a los sacerdotes del Vaticano – hizo un comentario muy educado sobre las barbas que vestían mi rostro; también yo fue muy educado cuando le respondí: – “me afeito si usted me consigue dos boletos de ingreso a la misa para mis mamás”; metió su mano en uno de los profundos bolsillos de su sotana de botones rojos – “son los dos últimos que me quedan”- me dijo mientras me los alcanzaba. Esa noche, puse a remojar mis barbas.

El Domingo de Pascua por la mañana, sin que me reconociera en el espejo, junto a mi madre y mi abuelita, muy temprano, llegamos a la Plaza San Pedro que estaba particularmente más bella y florida que nunca y donde el anciano Papa Juan Pablo II, que ya no se alzaba de su silla, celebraría la Misa de Pascua y luego enviaría su saludo de “felices pascuas” es más de 30 idiomas.

Dejé a mis mamás sentadas justo detrás de los cardenales, arzobispos y clero mayor que suele acompañar al Pontífice en esas ocasiones y fui a la Sacristía dentro de la Basílica de San Pedro para alcanzar a todos los jóvenes que debíamos servir la santa misa. La sensación de salir en solemne procesión desde dentro de la Basílica de San Pedro hacia la iluminada Plaza San Pedro es una imagen que aún no he podido olvidar, ni lograr comunicarla por la cantidad de sensaciones que se cruzan por la mente y el corazón. Cuando ya estábamos posicionados según los ensayos por un costado de la Plaza entró el Papa en su papamóvil para pasar cerca de la gente que lo esperaba en la plaza. Recibí la comunión de manos del Santo Padre y durante la ceremonia logré ver a mi madre que intentaba sacar fotos con la cámara fotográfica que mi padre le había regalado el día de su matrimonio. Supe también que la ceremonia desde el Vaticano fue transmitida en Bolivia y mis hermanos saltaron de alegría cuando vieron a mi mamá y a mi abuelita que aparecieron por televisión en el otro lado del mundo.

Dios fue muy bueno, y creo firmemente que mi padre desde el cielo nos ayudó a vivir un luto con la serena esperanza cristiana de saber que podíamos ser felices incluso luego de su partida.

Juan Pablo II ya era parte de mi vida, era el Papa de mi niñez y era la imagen con el que había crecido mi fe cada vez que en la misa se rezaba por el Santo Padre. Esos años se grabaron en mi mente el testimonio de ese gran hombre que mostraba en carne propia el sufrimiento y la valentía de seguir con convicción su vocación que había iniciado cuando muy joven decidió decir “sí” a Cristo. Más de una vez vi jóvenes y personas de cualquier edad llorar cuando veían el testimonio sufriente de Juan Pablo II. Ese hombre sufriente no dejaba indiferente a nadie, poco a poco estaba perdiendo su voz, pero crecía infinitamente su comunicación. Cada suspiro, cada molestia dolorosa vivida en público eran también un signo de su servicio evangelizador para un mundo que esconde a los enfermos, ignora el dolor y no quiere envejecer.

P. Ariel Beramendi.

30 de Abril de 2011.

(Continuará…)