Análisis

Rincón Vocacional: “Juan Pablo II y yo, desempolvando el baúl de mis recuerdos pontificios” [1]

MI PRIMER ENCUENTRO CON EL PAPA JUAN PABLO II. 

Tenía sólo 14 años cuando tuve mi primer contacto con el Papa Juan Pablo II, en ese entonces estudiaba en el colegio La Salle y junto a varios otros estudiantes niños y adolescentes de los colegios católicos de la ciudad iniciamos a saltar las clases porque periódicamente nos quedábamos en los amplios patios del colegio y otras veces íbamos en grupo al estadio de fútbol Cochabamba – mi ciudad – para realizar ensayos.

Esa fue una época estudiantil de pruebas y ejercicios en la escuela, por las mañanas, por las tardes, entre alumnos de mi colegio y otros estudiantes; aún no terminaba de entender a qué se debía todo ese movimiento. Fueron los hermanos de la comunidad encargados del Colegio los que se encargaron de explicarnos que el representante de Cristo sobre la tierra vendría a visitarnos, y todo eso era importante para Bolivia y los católicos. Sinceramente a 14 años no creo haber entendido muy bien porqué el Papa venía hasta nuestra mismísima ciudad.

Los ejercicios consistían en correr de un lugar a otro, levantando las manos y moviendo los brazos de izquierda a derecha. Cuando llegaron los ensayos finales en el estadio inició a clarificarse más en mi mente lo que hasta ese momento había sido una pequeña pieza de un rompecabezas más complicado. Durante los ensayos finales todos los pequeños movimientos que hacíamos entre los compañeros de curso completaban un mosaico más grande; junto a los estudiantes de mi colegio ocupábamos un rincón de la gigante cancha de fútbol. En la curva norte de estado se encontraban las estudiantes de los colegios marianos de la ciudad: Alemán Santa María, Santa María Micaela y un largo etc. Esas muchachas, escoltadas por monjas de todo color, a ritmo de gritos cambiaban sus ponchillos colorados formando imágenes que los muchachos desde la cancha de fútbol aplaudíamos fuerte, más para robar alguna mirada antes que por admiración de las figuras inmensas que formaban en toda la gradería.

Ahora que hurgo los recuerdos abandonados de mi adolescencia no logro descifrar con exactitud cómo viví esos días, sólo sé que el Papa Juan Pablo II llegaba a visitarnos y había elegido mi ciudad de Cochabamba para encontrarse con los jóvenes; comprendí la importancia del visitante cuando supe que tendríamos que caminar 14 kilómetros para participar de la misa que iba a celebrar en el aeropuerto o para asistir al encuentro de los jóvenes con el Papa; esa mañana mi padre me hizo madrugar para dejar a mi madre en el trabajo – aún no había amanecido – y tuvimos que hacer un viaje absurdo en su itinerario para acercarnos lo más que pudimos a la ciudad a un colegio cristiano que no sabía que existía y que por una horas fue el punto de encuentro para todas las escuelas cristianas.

Tengo muchos vacíos en mis vivencias de esos días, sólo recuerdo que – como todos – estaba vestido de blanco con un ponchillo de lana blanca que llegaba hasta mis pies; luego que mi padre me había confiado a los profesores mi siguiente imagen es la espera que tuvimos que hacer sentados en el césped de la cancha de fútbol mientras el estadio se poblaba poco a poco de gente de toda Bolivia.

Al llegar la noche una puerta lateral del estadio se abrió y por allí entro un auto blanco con el Papa Juan Pablo II en pie que saludaba con los brazos en alto. Mi instinto me lo hace recordar como los afiches que habían invadido la ciudad en esa época; un hombre rubio, vestido de blanco que con las manos en alto saludaba a izquierda y a derecha, con una sonrisa un poquitín torcida que reflejaba la alegría y satisfacción de estar allí. El auto pasó veloz a pocos metros del lugar donde me encontraba, y el Papa continuó dando una vuelta de popularidad al rededor de la cancha de fútbol. El estadio temblaba de emoción, mientras las estudiantes de la curva norte con sus ponchillos multicolores formaban dos pies que vestidos de sandalias caminaban por las graderías del estadio cochabambino; y los innumerables parlantes lanzaban las notas musicales del canto popular entonces: “Bienvenido, bienvenido aquel que viene en nombre del Señor!”

El Papa dio un discurso, y no me pregunten de que iba porque no lo recuerdo, le interrumpíamos sin son ni ton con nuestro gritos de “viva el Papa” y los aplausos sin medida; pero cuando ya adivinamos que la liturgia terminaba pronunció una frase que caló nuestra irreverencia de aplaudir a tiempo y a destiempo: – <> y estalló la emoción y el delirio de no dejar partir al Papa que había venido a visitarnos. Cuando el Papa Juan Pablo II daba su última vuelta de popularidad en el estadio miré de reojo a mi compañero de curso que lloraba cuando el Papa se iba, mis ojos empezaron a sudar salado y tampoco pude contener mi llanto como tantos otros jovenzuelos de los años 80.

Ese fue mi primer contacto con el Papa Juan Pablo II. Como recuerdo de esa ocasión un día encontré en mis cachivaches varias estampitas y unas flores blancas de papel con pistilos de alambre, que entre los estudiantes nos apoderamos desvistiendo una gran cruz de metal que se había preparado para la ocasión cubriéndola de flores blancas de papel. Esas flores de papel eran el recuerdo de esa presencia y de esa visita. Días después al ver en la televisión los servicios informativos entendí mejor que nosotros los estudiantes de ponchillos blancos éramos los encargados de hacer círculos y otras figuras al rededor de la cruz en medio de la gigante mesa verde a los pies de Juan Pablo II.

Cuando esto sucedía, no tenía la menor idea de que una década después lo habría vuelto a ver en Roma en medio de mis estudios para ser sacerdote, no imaginaba que un buen día mi obispo René Fernández que se iba y Tito Solari que llegaba me enviarían a Roma donde llegué con una maleta de cartón y una guitarra que nunca más volví a tocar.

Llegué a un seminario en Roma donde era prohibido escuchar música y en toda la casa donde vivíamos cerca de 200 seminaristas no existía una televisión; fuera de esa casa de formación era el verano del año 1999. Junto a los recién llegados, luego de los cursos de introducción general a lengua italiana fuimos a una audiencia general de los días miércoles donde el Papa recibí miles de peregrinos que asisten a la Plaza San Pedro, en el Vaticano. Volví a ver al Papa y fue una emoción que tuve que asimilar con calma para entender que era la misma persona que había venido a visitarme a Cochabamba. Con el jubileo del año 2000 estando en Roma era casi imposible no toparse con el Papa en la Plaza San Pedro e inclusive en algunas calles cortadas al tráfico vehicular “- porque Su Santidad debe pasar por aquí”. La ocasiones eran varias, sea en el jubileo de las familias, de los abuelos, de los niños, de la vida religiosa… hubo un espacio para todos durante el jubileo del tercer milenio al que el Papa quiso llegar para cruzar los umbrales de la esperanza.

Era mi deseo volverme a acercarme a él. Por más de una vez intenté hacer lo que un viejo seminarista me había indicado, escribir una carta al Vaticano para participar en la misa de la capilla privada del Papa, debo decir que una religiosa tuvo la delicadeza de llamarme al menos dos veces para responder a las cartas que había copiado, pegado e impreso desde uno de las computadoras personales que se traficaba en el seminario donde vivía. “No es imposible, y no pierda la esperanza” me dijo la religiosa.

En el verano del año 2000, un año después que había llegado a Roma, tuvo lugar la jornada mundial de la juventud que marcó un antes y un después de ese encuentro juvenil. No pude participar a esa cita porque todos los seminaristas debíamos dejar nuestra residencia todos los veranos porque otros huéspedes tendrían que llegar hasta la comunidad; así que como todos hice cajones y maletas y después de depositarlas marché para Irlanda con el pretexto de aprender inglés; llevaba en mi morral – entre otras cosas – el ambicioso deseo frustrado de no haber podido encontrar personalmente al Papa.

De Irlanda, y sin saber hablar inglés, partí como mochilero por un fin de semana hasta Londres; tenía – a mi entender – pocas horas para conocer la ciudad y así que preferí no comer y tomar un bus turístico rojo y de dos pisos; junto a la torre del Big Ben y el Parlament House, una de las paradas fue el famoso museo de cera Madame Tussauds, allí entre estrellas de Holywood y otras personalidades importantes pude cumplir mi deseo de sacarme mi primera foto con el Papa Juan Pablo II, también el tenía su estatua y así que no perdí esa oportunidad. Guardé esa foto para mostrarla a mi familia y amigos de mi pueblo cuando tuviese la primera oportunidad de regresar a casa.

P. Ariel Beramendi

30 de Abril de 2011.

(Continuará…)