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REFLEXIÓN DOMINICAL: ¿QUÉ NOS HA PASADO EN NAVIDAD?

Con la Nochebuena empezó a brillar en el mundo una nueva luz que es Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre y nacido de la Virgen María, por obra del Espíritu Santo, que culminó la revelación plena del amor de Dios a la humanidad dando la vida por todos y consiguiéndonos la redención con la sangre de su cruz. Este gran misterio es el que especialmente en la Iglesia celebramos a lo largo de estos días contemplando distintos aspectos del mismo desde la pluralidad y la riqueza de los textos bíblicos que se proclaman los domingos y festivos. Entre nosotros es frecuente preguntarnos cómo hemos pasado la Navidad y el Año Nuevo. Pero tal vez podríamos preguntarnos más bien qué nos ha pasado en Navidad al celebrar el nacimiento de Jesús.

A esta cuestión intentan responder las lecturas de este domingo y de mañana, día de la epifanía. Las de hoy son como himnos de la comunidad cristiana primitiva, que cantan la grandeza de la sabiduría de Dios (Eclo 24,1-4.12-16), personificada en la Palabra hecha carne (Jn 1,1-18) y dada a conocer al hombre como derroche de gracia en Cristo, el amado, que desde el Evangelio nos impulsa a la glorificación de Dios Padre (Ef 1,3-18).

Especialmente el autor de la carta a los Efesios responde a la pregunta planteada de modo que nos permite entender toda nuestra vida a la luz del misterio de Cristo y nos transmite en lenguaje solemne y exultante que el principal motivo de nuestro agradecimiento a Dios Padre es Cristo, pues en él, con él y por medio de él hemos sido elegidos antes de la creación del mundo, hemos sido destinados a ser hijos de Dios y hemos conocido por medio del evangelio de la salvación la sobreabundante gracia derramada con colmo sobre el ser humano. Igual que la Virgen María ha sido colmada de gracia por Dios, también a nosotros Dios nos agració en Cristo, de modo que si acogemos el misterio contenido en el Evangelio, también nosotros viviremos la plenitud de la gracia y de la alegría.

El objetivo de la carta a los Efesios es la revelación de ese misterio. Es muy importante que Cristo haya obtenido el perdón de los hombres y la reconciliación mediante su muerte en la cruz, pero también es trascendental que Dios nos haya revelado el sentido y valor de esa muerte y, de ese modo, nos haya permitido acceder a la gracia de su amor. Esto es lo que los creyentes celebramos también en Navidad, pues al nacer el Hijo de Dios todos nacemos como hijos de Dios y empezamos a vivir en auténtica fraternidad con los demás hermanos. Y esa nueva identidad que nos vincula a Dios se proyecta tanto a nuestro origen, “elegidos antes de la creación del mundo”, como a nuestro futuro, destinados a ser “alabanza de su gloria”. Esto es lo que realmente nos pasa en Navidad a los creyentes.

Y lo que celebramos en la Epifanía es lo que podría pasarnos en esta Navidad. Según la denominación popular el día 6 es el día de los Reyes Magos pero lo que realmente celebramos es la Epifanía del Señor, la manifestación de Jesucristo como luz ante las gentes de toda la tierra. El origen de todo es el relato maravilloso del evangelio de Mateo 2,1-12, que, en resumen, narra que Jesús nació en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes y unos “sabios” llegaron desde Oriente para adorarlo. Una estrella iba guiando a los sabios hasta que se paró encima de donde estaba el niño. El texto griego del evangelio se recrea en un superlativo con doble subrayado, casi intraducible por su literalidad hebraizante al reiterarnos que aquellos magos, al ver la estrella, “se alegraron con una alegría extraordinariamente grande”. Y entrando en la casa vieron al niño con María, su madre, y postrándose lo adoraron y le ofrecieron regalos, oro, incienso y mirra.

Los magos eran más bien lo que hoy llamaríamos “sabios” y desde el siglo II se cree que eran tres, a juzgar por los tres regalos que le ofrecen al niño; en el S. IV se les llamó “reyes” interpretando la narración evangélica a la luz del Salmo 72,10.11.15 y de Isaías 60,1-6. Pero lo importante es que aquellos sabios representaban a los pueblos gentiles de toda la tierra. Por eso el mensaje central del evangelio de este día de la Epifanía del Señor es que la luz de la estrella aparecida en Navidad es el niño Jesús, el Dios que salva a la humanidad entera, y cuya salvación se anuncia a todas las gentes. Los sabios supieron interpretar la señal de la estrella para llegar hasta Jerusalén, pero necesitaron iluminar también su sabiduría con la luz de la Sagrada Escritura, para llegar hasta Dios niño y rendirle con humildad el homenaje merecido.

El fenómeno de la estrella en Oriente (Mt 2,2), percibido por los sabios, más allá de las explicaciones científicas posibles, se remonta hasta la profecía de Balaán (Num 24,17), vidente extranjero, de Moab, que anuncia a una estrella que avanza de Jacob e Israel, y que se identifica con un rey portador de salvación. Aquello era una figura mesiánica antiquísima, que requería una búsqueda, un seguimiento y una interpretación desde la Palabra de Dios, que es realmente la que conduce hasta la morada de Dios en la tierra, hasta la casa (Oikía) donde habita el niño estrella, pobre y humilde, cuyo reino no tendrá fin. Textos del Antiguo Testamento (Miq 5,1.3; 2 Sam 5,2; 1 Cro 11,2), combinados según el género literario llamado midrásico, permiten identificar el lugar geográfico de Belén y el tipo de Mesías que allí nace, el verdadero Pastor guía del pueblo de Dios. Al adorar al niño, llenos de inmensa alegría, se convirtieron en testigos ejemplares de la fe en Jesús, Mesías e Hijo de Dios y de María. Así los sabios representan a todos los buscadores de la historia, a todos los que desde la razón o desde la religión, desde cualquier parte del mundo, buscan con sincero corazón al Mesías y se encuentran con él desde la palabra de Dios en el pesebre de Belén.

Aquellos sabios de Oriente, como los pastores de Belén, estaban atentos a las señales de Dios en medio del mundo, por eso percibieron su presencia. Como ellos, también hoy, podemos orientar nuestra mirada al niño. Al niño Jesús y, con él, a todos los niños que sufren. A los niños perseguidos, maltratados, explotados. A los niños enfermos, abandonados y excluidos. Se cuentan por millones los niños hambrientos y víctimas de la injusticia estructural del mundo presente, causante de la extrema pobreza de la tercera parte de la humanidad. La salvación de esta tierra no llega ni con la magia de los reyes del celofán ni con los intereses de tanto Herodes que anda suelto, sino con el misterio de Jesús niño y la acción amorosa y servicial de los hombres y mujeres que se ponen en marcha ante las señales del mundo o del cielo para ir a la casa donde está el niño, donde están los niños, y ofrecer los dones del reconocimiento de su dignidad y los necesarios para una vida digna.

No importa en qué parte del mundo se encuentren esos niños, pues toda la tierra se puede convertir en un auténtico Belén. Hoy podemos destacar la humildad, la solidaridad y la gratuidad de todas las personas que dan testimonio a favor de los últimos, especialmente la de los misioneros y misioneras cristianos y de los miles de voluntarios que percibiendo las señales de estos tiempos, también las señales de la crisis, y siguiendo la Palabra de Dios, se entregan a la causa de los niños pobres, marginados y hambrientos, actualizando con sus vidas la escena evangélica de los sabios de Oriente que adoraron al Niño Dios ofreciéndole lo que le correspondía. Muchas felicidades a todos los voluntarios y voluntarias de Oikía, nuestra casa de acogida a niños en situación de calle en Bolivia y también a todos los que quieren hacer del mundo un Belén vivo porque su alegría será siempre extraordinariamente grande.

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura