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Reflexión dominical: Matrimonio y Reinado de Dios

El tema del matrimonio católico y su indisolubilidad, con las controversias correspondientes acerca de la separación, del divorcio y de la nulidad, constituye un motivo de debate recurrente en la vida social. Es un asunto al cual el papa Francisco se ha referido en múltiples ocasiones y recientemente ha exhortado a la comunidad católica a una mayor agilidad en la resolución de las causas de nulidad matrimonial. Lamentablemente algunos medios de comunicación han aprovechado el tema para sembrar confusión entre la gente sin clarificar lo que significa cada uno de esos términos.

En la Iglesia católica se considera que las relaciones de un matrimonio canónico pueden conducir a situaciones tan graves que atenten contra la vida o la dignidad de alguna de las personas que lo forman. En ese caso, se puede permitir la separación de la convivencia de los cónyuges, sin que ninguno de los cónyuges tenga permiso para casarse con una tercera persona. Eso es la separación. Otra cosa distinta es la nulidad matrimonial, que es el reconocimiento, jurídicamente demostrado y sentenciado, de que no hubo matrimonio auténtico y válido donde parecía que sí lo había, pero por faltar alguna de las condiciones esenciales del matrimonio no hubo matrimonio válido. Cuando se da una nulidad cada uno de los dos cónyuges pueden volver a contraer matrimonio con otra persona, porque en realidad no estuvieron casados. Lo que no existe en la Iglesia católica es el divorcio, es decir, la separación de una pareja, válidamente casada, pues el sacramento es indisoluble.

Dicho esto, podemos profundizar desde la palabra de Dios de este domingo las razones de este vínculo tan profundo del matrimonio sacramental. El evangelio de Marcos sitúa en el contexto de la enseñanza de Jesús sobre el Reino de Dios las cuestiones del divorcio y del adulterio para confirmar la grandeza divina de la unión del hombre y de la mujer en la vida matrimonial. Después el evangelio pone a los niños como prototipo de los discípulos en el ámbito del Reino.

La concepción bíblica del matrimonio parte de los textos de este domingo (Gn 2,18-24 y Mc 10,2-16). En la Iglesia el matrimonio se considera como la “íntima comunidad de vida y de amor conyugal” (Gaudium et Spes, 48) y su fundamento bíblico es la afirmación de Jesús en Mc 10,6-8: “Al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne.” Este texto evangélico combina citas del Antiguo Testamento (Gn 1,27 y Gn 2,24) que forman parte de los dos diferentes relatos míticos de la creación. El primero, de la tradición sacerdotal, habla de un nivel biológico en un contexto de procreación, donde el ser humano, hombre y mujer, creado a imagen y semejanza de Dios, constituye el culmen de todo lo creado. Según la interpretación de Jesús Dios crea en la pareja humana formada por el hombre y la mujer, una diferencia biológica, no a uno primero y a la otra después, sino a los dos, como imagen y semejanza de Dios, con la dignidad propia de toda persona y la igualdad en la singularidad de cada uno de los seres humanos, porque ambos pertenecen a la misma especie humana y son criaturas de Dios. El segundo relato de la creación, cuya formación se remonta a la tradición yahvista del origen del Pentateuco, subraya el carácter divino de la creación en un contexto de institución matrimonial, donde hombre y mujer, con autonomía y libertad constituyen una realidad humana nueva en virtud de su amor conyugal.

Esta realidad de cada uno de los miembros de la pareja humana, hombre y mujer, es obra directa y singular de Dios, que los ha creado en condiciones de igualdad y dignidad, tal como resaltan los distintos aspectos literarios de la narración, especialmente la concentración en la creación de la pareja humana, exquisitamente cuidada desde el principio hasta el final. Esta igualdad se refleja sobre todo en la semejanza existente en la lengua hebrea entre los nombres otorgados al “hombre” y a la “mujer”, y por ser aquella una lengua que se escribe sólo con consonantes sería equiparable a la correspondencia que en castellano puede haber entre “HoMBRe” y “HeMBRa“. Asimismo la aparición del lenguaje en el ser humano, según la Biblia, acontece por primera vez sólo cuando esa pareja heterosexual se reconoce mutuamente en su igualdad y en su dignidad, en su diferencia y en su mutua complementariedad.

En el Evangelio de este domingo Jesús se remite a ese orden primigenio de la creación en el plan de Dios, y no a la ley de Moisés, permisiva con el divorcio en virtud de la obstinación y terquedad del pueblo de Israel. Jesús recupera así el ideal y los máximos éticos para la vida matrimonial. Además, ante la cuestión del divorcio Jesús responde con el valor de la indisolubilidad del matrimonio, sosteniendo la fidelidad al proyecto de Dios, defendiendo a la mujer desamparada ante la frecuente arbitrariedad del marido que la podía despedir por cualquier motivo y podía abandonarla y dejarla en condiciones muy precarias de vida. En estos versículos bíblicos (Gn 2,24; Mc 10,7-8) se indica la orientación básica del matrimonio cristiano y están presentes las notas esenciales del matrimonio: autonomía, integración de la sexualidad en la vida personal, la comunión en la entrega amorosa y recíproca del hombre y de la mujer y la fidelidad mutua entre ambos.

La entrega total de la vida a la otra persona en la pareja heterosexual es una de las expresiones más fuertes del amor de Dios en la vida humana. Por eso el matrimonio es un sacramento de Dios. Desde la perspectiva del Reinado de Dios presente en la persona de Jesús muerto y resucitado el hombre y la mujer están llamados a vivir el amor mutuo en una entrega radical, como la de Cristo por nosotros, que siendo pecadores e infieles, hemos conocido y experimentado la grandeza del amor consumado en el misterio de la cruz de Cristo. Este amor de Jesús, consumado en la Pasión hasta la muerte por el bien de sus hermanos es el fundamento del verdadero amor, también del amor matrimonial. Este amor se funda en la entrega de la vida y consiste en buscar siempre el bien de la persona amada, aunque esto comporte sufrimiento y sacrificio. Éste es el amor sacrificial de Cristo, dispuesto siempre a perdonar al otro, a excusar al otro, a aguantar al otro y esperarlo todo del otro. Es el amor de Dios en Cristo que se hace signo visible y eficaz de la gracia en la vida entregada de los esposos. Como la Alianza sellada por Cristo en su Pasión hasta la muerte por el bien de sus hermanos humanos es nueva, eterna e irreversible, tal como celebramos en cada Eucaristía, así el amor matrimonial es irreversible, indisoluble, nuevo y eterno.

Al final del evangelio de hoy Jesús habla de la entrada en el Reino de Dios y proclama que el Reino pertenece a los niños. Para entrar en el Reino hay que ser como niños. De ellos, dice Jesús, y además subraya que de los que son tales, es decir, como ellos, como los niños, es el Reino de Dios. Entre las características propias de los niños podemos fijarnos en su pequeñez, su fragilidad, su dependencia de los adultos, su inocencia y su alegría. Todos estos elementos hacen de los niños, en cuanto tales, personas confiadas en los adultos, acogedoras de todo lo que se les da y sencillos en la relación con los demás. Pero de todo ello Jesús destaca en este dicho su capacidad de acogida, es decir, la virtud de su receptividad confiada, de modo que para entrar en el Reino Dios lo primero que hace falta es acoger el Reino.

El anuncio del Reino de Dios es el mensaje fundamental de Jesús en los evangelios. En los primeros textos de Marcos sobre el Reino (Mc 1,14-15) aparecía éste como un don imparable de parte de Dios, como una realidad viva y dinámica, que nada ni nadie puede detener. Su definitiva proximidad era una propuesta abierta y universal para que la humanidad participe en la salvación que Dios le ofrece. Pero el evangelio no dice ni qué es el Reino, ni dónde está, ni en qué consiste. Sin embargo, sí afirma cómo se entra en su dinamismo. Para entrar en el Reino de Dios, además de cortar radicalmente con todo lo que escandaliza, hace falta sobre todo la actitud de la acogida. El Reino de Dios es una expresión metafórica, cargada de fuerza y de sentido para la vida humana. Es la metáfora escogida por Jesús para evocar, describir e imaginar la relación nueva que el Dios del amor quiere establecer y establece con los seres humanos. Es el amor de Dios que quiere reinar en cada persona para llevarlo a la salvación. Ese amor fue anunciado como algo cercano en las obras y palabras de Jesús, pero ha llegado ya y se ha realizado con potencia en la muerte y resurrección de Jesús. Por eso Jesús, crucificado y resucitado, es el Reino y el Reinado de Dios en persona. El Reino de Dios no lo inventamos nosotros ni lo construimos, sino que nos es dado como un don y una gracia, que como niños podemos acoger. El reinado de Dios ha sido consumado hasta la perfección por la obra maravillosa de su amor, no ya como metáfora sino como realidad histórica, visible y palpable en aquel a quien miramos, en Jesús, el que vivió su pasión hasta la muerte y como pionero de la salvación para conducirnos a Dios (Heb 2,9-11).

Es preciso acoger el Reino para entrar en él. Y acoger es algo más que recibir. Acoger es apreciar lo que se recibe, valorarlo como un tesoro, disfrutarlo como un regalo y entusiasmarse con su encanto. Eso es lo que hay que hacer con el Reino de Dios, que se nos ha dado en la persona de Jesús. Y ese Reinado de Dios puede vivirse plenamente en la experiencia del amor matrimonial o en la vida consagrada o sacerdotal. Para ello basta estar dispuesto a entregarse totalmente a los otros, al otro miembro de la pareja en la vida matrimonial o a los demás hermanos sin excluir a nadie en la vida sacerdotal, y a sacrificarse por ellos, por el bien de los hermanos, como hizo Jesús.

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura