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Reflexión dominical: La palabra de la verdad ante este sistema inaguantable

A escala internacional podemos destacar esta semana varios hechos con un denominador común. La tragedia de Austria, con 71 personas fallecidas en el interior de un camión, el barco en el Mediterráneo que llevaba en su bodega 51 muertos de los 430 inmigrantes que iban rumbo a Italia, más el naufragio de la embarcación en aguas de Libia con al menos 30 inmigrantes muertos no suman sólo, como podría parecer, 152 muertos sino, como mínimo 2152 personas, pues en la tumba del Mediterráneo, ese mar tan bello, han muerto en lo que va de año más de dos mil inmigrantes. Estos hechos de los últimos días revelan el drama de nuestro mundo y, sobre todo, la falta de visión de los dirigentes del mundo actual, que siguen sin prestar la atención necesaria a la causa de muerte más importante en el mundo: la pobreza. La pobreza genera el hambre, la emigración de la propia tierra, la precariedad laboral y de vida en la mayor parte del mundo. Pero a su vez la pobreza se genera, se potencia y se multiplica por medio de un sistema global que abarca a todos creando un abismo creciente de desigualdad y de injusticia entre los sectores enriquecidos y empobrecidos del planeta. A escala más nacional, en Bolivia, el país con más gente empobrecida de Sudamérica, siguen resonando esta semana los sonsonetes de siempre, la inseguridad ciudadana, la violencia doméstica y callejera, los robos a mano armada, junto a los problemas estructurales de fondo, que se reflejan en los déficits de atención a la educación, a un sistema sanitario gratuito y universal y a un sistema de justicia eficiente y humanitario.

Nos viene bien recordar lo que recientemente el Papa Francisco ha dicho en Bolivia, en su discurso a los movimientos populares del mundo y tras describir algunas miserias de nuestra sociedad: “Me pregunto si somos capaces de reconocer que estas realidades destructoras responden a un sistema que se ha hecho global. ¿Reconocemos que este sistema ha impuesto la lógica de las ganancias a cualquier costo sin pensar en la exclusión social o la destrucción de la naturaleza? Si esto es así, insisto, digámoslo sin miedo: queremos un cambio, un cambio real, un cambio de estructuras. Este sistema ya no se aguanta, no lo aguantan los campesinos, no lo aguantan los trabajadores, no lo aguantan las comunidades, no lo aguantan los Pueblos… Y tampoco lo aguanta la Tierra, la hermana Madre Tierra como decía San Francisco”. El papa decía que se trata de hacer un «proceso de cambio». Queremos un cambio, un cambio real, un cambio de estructuras, un cambio redentor. Pero un cambio concebido no como algo que un día llegará porque se impuso tal o cual opción política. Lo que hay que cambiar es el corazón. La opción es por generar procesos y no por ocupar espacios. Ese cambio del corazón nace de la opción por los últimos y de la cercanía atenta a las necesidades de los pobres, a los que no tienen ni tierra, ni techo, ni trabajo, ni las condiciones básicas de una vida digna.

De la transformación del corazón habla también el Evangelio de Marcos de este domingo (Mc 7,1-8a. 14-15. 21-23), donde encontramos una crítica fuerte de Jesús al mundo fariseo, aferrado a las tradiciones humanas de contenido cultual y de estilo puritano que no corresponden con la verdadera fe en Dios. Jesús los califica de hipócritas y confirma que su corazón está lejos de Dios, pues practican un culto exterior y de apariencias sin considerar que el culto que Dios quiere es la transformación del corazón, pues en el corazón es donde anidan las verdaderas impurezas que destruyen al hombre: los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Este catálogo de vicios a erradicar apunta hacia las raíces de lo que Francisco denomina un cambio redentor, al pedir el cambio del corazón. Parece difícil que no nos toque alguno de esos vicios directamente. Pero si así fuere, que nadie desoiga la palabra de la verdad, la palabra del Evangelio, que quiere generar en nosotros un corazón nuevo, un cambio de estructuras sociales a nivel nacional e internacional y un “verdadero proceso de cambio” del sistema a partir del cambio personal del corazón.

En esta misma orientación se sitúa la carta de Santiago. Probablemente la mayor crítica radical del Nuevo Testamento a la doble vida, a la doble moral, a la mentira y a la injusticia clamorosa del mundo, así como a la ambigüedad y mediocridad moral de las personas se encuentra en esta carta. Santiago hace una llamada a vivir el espíritu cristiano dentro y fuera de la comunidad bajo el signo de la autenticidad, con coherencia de criterios y un contundente rechazo a la doble vida (Sant 1,8; 4,8). En el fragmento que hoy se lee en la Iglesia (Sant 1,17-27) la Palabra es protagonista. La palabra creadora y salvadora de Dios transforma al hombre convirtiéndolo en primicia de las criaturas. La escucha activa de esta palabra de Dios revela al hombre su identidad más profunda y constituye el camino de la auténtica felicidad. La exhortación de Santiago exige dos actitudes básicas también en nuestro tiempo: la disponibilidad para escuchar y acoger la palabra; sobre todo, la palabra de la salvación injertada en nosotros; y la audacia para ponerla en práctica. Esta palabra, que se identifica con la ley perfecta de la libertad (Sant 1,25), es el mensaje del evangelio por el que los bautizados hemos nacido a una vida nueva. En medio de la sobreabundancia de palabras de nuestra sociedad esta carta actualiza un nuevo valor: la escucha; y frente a la superficialidad pasajera de tanta palabrería la propuesta de tomarnos muy en serio la palabra salvífica. Poner en práctica esta palabra implica, por tanto, la ruptura con todo tipo de ambición, de ira o de maldad y requiere la integridad de una conducta que corresponda a la identidad de hijos de Dios (Sant 1,18).

Para poner en práctica la palabra del Evangelio ante el sistema que aniquila nuestro mundo y nuestra tierra, el papa Francisco, en el mencionado encuentro con los movimientos populares, sin pretender dar recetas fáciles, señaló tres tareas a realizar por parte de todos, involucrando a todos los movimientos, los dirigentes, los ciudadanos y los cristianos.

La primera tarea es poner la economía al servicio de los Pueblos y de los pobres. Digamos “no” a una economía de exclusión e inequidad que mata, excluye y destruye la Madre Tierra. La economía no debería ser un mecanismo de acumulación sino la adecuada administración de la casa común. Los recursos disponibles en el mundo son más que suficientes para el desarrollo integral de «todos los hombres y de todo el hombre». La distribución justa de los frutos de la tierra y del trabajo humano es un deber moral. Se trata de devolver a los pobres y a los pueblos lo que les pertenece. El destino universal de los bienes es una realidad anterior a la propiedad privada. La segunda tarea es unir nuestros Pueblos en el camino de la paz y la justicia. Ningún poder fáctico o constituido tiene derecho a privar a los países pobres del pleno ejercicio de su soberanía. El nuevo colonialismo adopta diversas fachadas. A veces es el poder anónimo del ídolo dinero. En otras ocasiones es colonialismo ideológico, que pretende imponer pautas alienantes de consumo y cierta uniformidad cultural. El colonialismo, nuevo y viejo, engendra violencia, miseria, migraciones forzadas y todos los males que vienen de la mano. Digamos “no” entonces a las viejas y nuevas formas de colonialismo. Digamos “sí” al encuentro entre pueblos y culturas. Y la tercera tarea es defender la Madre Tierra. No se puede permitir que ciertos intereses se impongan, sometan a los Estados y organismos internacionales y continúen destruyendo la creación. Sobre este tema el papa se ha expresado ampliamente en la Encíclica Laudato si’.

La carta de Santiago concluye hoy contraponiendo la religiosidad vacía a la religiosidad auténtica, pura y sin tacha (Sant 1,26-27). Continuando con el tema de la palabra, planteado anteriormente, estos versículos abordan un problema real y siempre actual: la palabrería o el descontrol de la lengua puede afectar a la religión hasta reducirla a unas prácticas de piedad, a una religiosidad puramente externa, a una cuestión teórica o a una desvinculación entre la fe y la vida. Es el peligro que encierra todo lenguaje formalista y desencarnado de la vida y de la historia, de lo cual no está exento el cristianismo desde sus comienzos. Por ello la respuesta de la carta es tajante: no se puede hablar de experiencia religiosa mientras exista algún tipo de engaño o autoengaño, o se pretenda legitimar, sólo con palabras, conductas que desdicen mucho del evangelio o van contra el prójimo o contra los más necesitados, especialmente las enumeradas en el Evangelio de hoy. Frente a una religiosidad inoperante y muerta, Santiago describe la religión auténtica según Dios Padre: atender a los marginados e indefensos, de los cuales eran prototipo desde el Antiguo Testamento los huérfanos y las viudas (véase Eclo 4,10). A los huérfanos y viudas hay que añadir también a los inmigrantes, tal como hacen las tradiciones legales del Pentateuco y las tradiciones proféticas cuando hablan de la tríada de la pobreza. El culto realmente agradable a Dios es el amor al hermano, haciéndose cada uno prójimo y cercano a los más necesitados. La distancia respecto al mundo no debe entenderse como una huída del mundo porque éste sea malo en sí mismo, sino en cuanto éste se encuentra regido por la ambición y la riqueza, por el “estiércol del diablo” del que habla el Papa Francisco, citando a Basilio de Cesarea, y por las apariencias, valores opuestos a la palabra de la verdad, en la que los cristianos han sido engendrados para una vida nueva.

En el mes de Septiembre, dedicado en Bolivia especialmente a la Palabra de Dios, dejemos que la luz del Evangelio nos haga vivir en una mayor autenticidad y coherencia de vida, poniendo en práctica la Palabra de la verdad, el Evangelio del amor y de la alegría, que genera auténticos procesos de cambio frente a un sistema que ciertamente ya no se aguanta.

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura