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Reflexión Dominical: La Justicia Nueva del Reinado de Dios

Jesús es la plenitud del mensaje del Antiguo Testamento

San Mateo presenta a Jesús en el Sermón de la Montaña como el gran Maestro que no ha venido a abolir los mandatos del Antiguo Testamento sino a darles la plenitud. Jesús ha venido a consumar, a llevar a plenitud la Ley y los Profetas. Estamos oyendo la nueva sabiduría de Jesús. Jesús desarrolla temas muy concretos de la vida: el homicidio, el adulterio, el divorcio y el juramento. Después seguirán la venganza y el amor a los enemigos. Pero todo en el marco concreto de la justicia: Mt 5,20; 6,1.33. Recordemos que la justicia es un tema específico de San Mateo y particularmente del Sermón de la Montaña. La justicia de Dios es la perspectiva del Sermón de la montaña, con la propuesta de una alternativa de vida social y religiosa cuyo fundamento es la paternidad de Dios.

Ante Dios Padre no se puede ocultar nada

La gran novedad de Jesús es el Padre Dios. La crítica de Jesús a los escribas y a los fariseos no es su interpretación particular de la ley antigua sino su disociación entre enseñar y actuar (Mt 23,1-3). Ante Dios Padre no se puede ocultar nada y la religiosidad aparente de los fariseos queda al descubierto. Nos lo repite el libro del Eclesiástico: “Los ojos de Dios ven las acciones, él conoce todas las obras del hombre”(Eclo 15,20). Y también la primera carta a los Corintios: “El Espíritu todo lo penetra” (1 Cor 2,10).

El Reinado de Dios Padre y su nuevo orden de justicia

Con una autoridad nueva Jesús radicaliza la ley convirtiéndola no en mandatos positivos sino en cláusulas de libertad. Jesús no se queda en la formulación de los mandatos sino en el espíritu que los fundamenta. Jesús aborda algunas cuestiones particulares a modo de ejemplo: Cumplir es practicar hasta las últimas consecuencias: Es consumar. Es llevar a cabo totalmente. Y Jesús insiste en vivir aquello que se predica. Los discípulos de Jesús quedan emplazados a vivir una justicia superior a la de los fariseos. Jesús es el cumplimiento de la Ley (Mt 5,17-20). Las palabras de Jesús constituyen un paralelo de la ley (cf. Mt 23,23). Los temas particulares que toca el Evangelio para su radicalización desde el criterio último del amor son el homicidio, el adulterio, el divorcio y el juramento. No son antítesis sino propuestas radicales. No basta cumplir con la legalidad para ser justos desde el reino de Dios. El reino de Dios comporta un nuevo orden moral derivado de la nueva y más profunda realidad del ser humano, el cual ha sido constituido desde la paternidad misericordiosa de Dios en hermano de todos los hombres.

Del “No matarás” al amor a los enemigos

Respecto al mandato de “No matarás” de Ex 20,13 y Dt 5,17 Jesús profundiza en el espíritu del mandato, radicalizándolo y elevándolo a una exigencia mucho mayor: el objetivo último de la relación entre las personas es la fraternidad y la reconciliación, cuya última consecuencia es el amor a los enemigos. Por tanto en el espíritu del mandato hemos de incluir no sólo la prohibición de dar muerte física, como es evidente, sino también la de descalificar, insultar, despreciar o anular al otro de cualquier modo. El culmen de la fraternidad proclamada desde el evangelio es la experiencia del perdón. No se puede estar en comunión con Dios estando en ruptura con los hermanos. No se puede ofrecer a Dios una ofrenda agradable a sus ojos permaneciendo en el desprecio o en la desconsideración de los demás. Los grados en ese menosprecio son múltiples y muy variados. Pero en todos esos grados estamos aniquilando al otro.

Del “no cometerás adulterio” al amor de la entrega total

En la relación natural de la pareja humana, hombre y mujer, se tocan dos problemas: el adulterio (Ex 20,14 y Dt 5,18) y el divorcio (Dt 24,1ss). Pero Jesús de nuevo radicaliza la cuestión. El adulterio empieza en el corazón del hombre. En la relación de pareja, y especialmente en la relación sexual, reducir a otra persona y no vivir con ella una relación madura y libre de entrega amorosa es convertirla en un objeto y eso, ya con sólo desearlo, es pecado. En esa relación no reina el amor de Dios. La vida cristiana, por tanto, exige una radicalidad que es la base de la indisolubilidad y de la fidelidad en el matrimonio. Y si en algunas circunstancias extremas Moisés permitió el repudio fue por la obstinación y dureza de corazón de la gente pero, a la luz de Mt 19, 1-9 eso no fue así desde el plan del Creador y a partir de Jesús hay una exigencia mucho mayor: lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre.

Del “No jurarás” a la verdad de la palabra

Respecto al juramento, los mandatos prohibitivos de Lv 19,12; Nm 30,3; Dt 23,22, responden a la costumbre de acreditar y avalar la verdad de una afirmación acompañándola de una verdad superior indiscutible. La exigencia evangélica, sin embargo, defiende la fuerza moral de la palabra humana, que ha de sostener un mundo de relaciones humanas basado en la verdad, en la autenticidad y en la transparencia, alejado de toda hipocresía, engaño y mentira, y basado en la confianza, en la sinceridad y en la autenticidad propia de los limpios de corazón, sin dobleces, ni segundas intenciones, sin sospechas, sin traiciones ni componendas sino con la firmeza de la palabra dada, comprometida y coherente.

Los grandes valores de la credibilidad de nuestra Iglesia

Por tanto creo que la coherencia y la fidelidad a la palabra dada así como la defensa de los grandes valores del Reino en favor de la vida y de la dignidad humana, en favor del amor a fondo perdido y con capacidad espiritual y permanente para perdonar al otro, sobre todo en la institución matrimonial donde los problemas posibles se deben prevenir, afrontar y resolver desde el gran criterio evangélico del amor de la entrega total, deben ser también los grandes valores y los signos de credibilidad de nuestra Iglesia. Tras la escucha de la sabiduría de Jesús nuestra Iglesia ha de encontrar en el anuncio del Reino de Dios y su justicia el sentido de toda su tarea evangelizadora para que nuestros pueblos y culturas perciban las claves profundas de su transformación progresiva.

La Exhortación del Papa “Querida Amazonia”

Permítanme una última palabra hoy para congratularnos por la recién publicada Exhortación Apostólica postsinodal del Papa Francisco, “Querida Amazonia”, en la cual el Papa ha escuchado todas las propuestas realizadas en el Sínodo de Octubre de 2019 y ha dado el marco doctrinal y pastoral para que la Iglesia misionera en la Amazonia ponga en marcha los medios y recursos necesarios en la atención a los desafíos del momento presente en aquella hermosísima región, verdadero pulmón del planeta tierra. El Papa remite desde el principio al Documento Final del Sínodo para conocer a fondo el análisis y las propuestas del mismo, formula como sueños los deseos a realizar en el ámbito, social, cultural y ecológico y desarrolla ampliamente el sueño pastoral de una Iglesia verdaderamente misionera.

Las claves de la misión pastoral de la Iglesia desde la Amazonia

Son claves en este sueño pastoral la permanente opción preferencial por los pobres, la atención al clamor de los pobres y de la hermana madre tierra, la inculturación del Evangelio de Jesucristo, muerto y resucitado, en la pluralidad enriquecedora de las culturas de la región, la apuesta decidida por el gran protagonismo de los laicos en la misión evangelizadora, el apoyo a las comunidades eclesiales de base, la valoración extraordinaria de las mujeres en la construcción de una Iglesia ministerial rica en servicios de atención a la diversidad de necesidades reales de las gentes, y la reiteración de la tradición de la Iglesia acerca del sacerdocio ministerial y ordenado de los sacerdotes.

Jesucristo Sacerdote y María su Madre, en la estructura íntima de la Iglesia

De estos últimos puntos creo que es prácticamente una síntesis el número 101 del documento, por lo cual lo reproduzco aquí íntegramente: “Jesucristo se presenta como Esposo de la comunidad que celebra la Eucaristía, a través de la figura de un varón que la preside como signo del único Sacerdote. Este diálogo entre el Esposo y la esposa que se eleva en la adoración y santifica a la comunidad, no debería encerrarnos en planteamientos parciales sobre el poder en la Iglesia. Porque el Señor quiso manifestar su poder y su amor a través de dos rostros humanos: el de su Hijo divino hecho hombre y el de una creatura que es mujer, María. Las mujeres hacen su aporte a la Iglesia según su modo propio y prolongando la fuerza y la ternura de María, la Madre. De este modo no nos limitamos a un planteamiento funcional, sino que entramos en la estructura íntima de la Iglesia. Así comprendemos radicalmente por qué sin las mujeres ella se derrumba, como se habrían caído a pedazos tantas comunidades de la Amazonia si no hubieran estado allí las mujeres, sosteniéndolas, conteniéndolas y cuidándolas. Esto muestra cuál es su poder característico.” (QA 101).

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura