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REFLEXIÓN DOMINICAL: LA DICHA DE ENCONTRAR A JESÚS

La celebración de este domingo coincide con la fiesta de la presentación de Señor Jesús en el templo y por esta razón las lecturas bíblicas se refieren a este motivo, narrado por Lucas (Lc 2,22-40) e iluminado desde la profecía de Malaquías (Mal 3,1-4) y la interpretación sacerdotal de la carta a los Hebreos (Heb 2,14-18). De este modo el “mensajero de la alianza” que entra en el templo, según frase de Malaquías, es el Mesías, el Señor, el que restablece la comunicación entre Dios y la humanidad pecadora. Jesús, según el texto de Hebreos, es el sumo sacerdote, hermano de todos los hombres, solidario con ellos y digno de todo crédito de parte de Dios, que a través de su sacrificio personal en la cruz salva a sus hermanos y sustituye el templo de Dios, convirtiéndose él mismo en el templo vivo, a través del cual tienen acceso a Dios todos los seres humanos, pues es mediador de una Nueva Alianza.

El texto de Lucas remonta esta manifestación de Cristo a los textos sobre el origen de Jesús. Las prescripciones legales de la tradición judía sobre la circuncisión de Jesús (Lv 12,3) y sobre la purificación después del parto (Lv 12,6) constituyen el motivo de la subida de Jesús a Jerusalén en los primeros momentos de su vida. De este modo se cumple la profecía de Zac 3,1, que anunciaba la venida del mensajero de Dios al Templo del Señor.

En el templo de Jerusalén dos figuras no sacerdotales, la de Simeón y Ana, hombre y mujer, se presentan como testigos de toda la humanidad redimida que se abraza a su Señor, reconociendo, celebrando y proclamando que el encuentro con Jesús, el Mesías Salvador, es la causa de la gran alegría del ser humano, pues en él se cumplen todas las promesas divinas, se contempla la salvación y se revela la luz de Dios a todos los pueblos y naciones de la tierra. Éste es el contenido del maravilloso himno conocido como el “nunc dimittis” de Simeón. La tradición litúrgica de la Iglesia expresa ese mismo motivo mediante las candelas encendidas, que prefiguran la liturgia de la noche Pascual y permiten celebrar este día popularmente como el de la Candelaria. Así se muestra además el tenor mariano de este día y la misión singular que la Virgen María ocupa en los textos de Lucas.

A ella particularmente, como primera discípula de Jesús, va destinado el segundo oráculo de Simeón que es de estilo profético y constituye un primer anuncio de la pasión al revelar el camino y el destino paradójico del mesianismo de Jesús, pues el será al mismo tiempo piedra de choque (cf. Is 8,14) y de resurrección para la multitud. Jesús será signo discutido a lo largo de su vida pública hasta la entrega de la vida en la cruz. La participación discipular de María en el destino de su hijo queda reflejada en la imagen de que una espada traspasará su vida, con lo cual se revela que ella es la candelaria de la luz mesiánica que su hijo en la cruz será para el mundo. La otra mujer de la escena, la profetisa Ana, viuda, representante de los pobres que esperan siempre la liberación, glorifica a Dios al contemplar a Jesús el Mesías, como también hará el centurión al contemplar la muerte de Jesús en la cruz. También ella se convierte en mensajera del evangelio, pues habla de Jesús a todos los que aguardan la liberación.

De la mano de la Virgen María y como Simeón, que tuvo la dicha de tener en sus brazos a Jesús, hoy es un día hermoso para presentar nuevamente ante el mundo a Jesús como luz de todos los pueblos y como el nuevo templo de Dios, al cual pueden tener acceso todos los seres humanos gracias a la mediación solidaria y fraternal del único sacerdote de la Nueva Alianza. Como Ana hablemos de Jesús abiertamente a los demás, pues quien se encuentre con él, encuentra la alegría de la vida.

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura

Para los que no quieran prescindir de una profundización en los textos bíblicos del cuarto domingo del tiempo ordinario y quieran mantener la perspectiva de la lectura continua del Evangelio de Mateo que leemos a lo largo del año, conscientes de que el mensaje de las Bienaventuranzas, verdadera antología programática de todo el evangelio, es fundamental incorporo una presentación “relativamente breve” de las mismas, para que pueda ser utilizada hoy o en cualquier momento de este año.

El mensaje bíblico eclesial en este domingo (Sof 2,3; 3,12-13; 1 Cor 1, 26-31; Mt 5, 1-12) es que Dios elige a los pobres, a lo que no cuenta en este mundo para anular a lo que cuenta. En San Mateo las bienaventuranzas constituyen la solemne obertura del sermón de la montaña. Jesús llama dichosos, en primer lugar, a los pobres y a quienes están o pasan por una situación de negatividad extrema: los que gimen, los indigentes y los que tienen hambre y sed, también de justicia. Mateo además radicaliza el mensaje de la bienaventuranza de los pobres haciéndola extensiva a los que libremente entran en esa situación por causa del Reino y por su fidelidad a Dios: son los pobres con espíritu y los pobres a conciencia.

No se trata de una ironía sino de una felicitación, pues la razón de la dicha no es la situación en que se encuentran sino el giro que van a experimentar esas condiciones sociales. Sólo por ser víctimas, por ser sufrientes, independientemente de sus creencias religiosas y de su origen, Dios está de su parte y promete un futuro que se cumplirá. Dios anulará tal estado de negatividad y de injusticia. En la segunda parte de las bienaventuranzas Jesús declara dichosos a personas cuya disposición interior y cuyas acciones pertenecen a un nuevo estilo de relaciones humanas y con Dios: los que practican la misericordia y la solidaridad, los que viven la transparencia interior, la autenticidad y la fidelidad, los que comprometen su vida por la paz y la justicia.

Los pobres son los que carecen de medios para una subsistencia humana y digna. Y en este estado de indigencia malviven millones de personas de este mundo a causa de la injusticia social, del mal reparto de la riqueza y del subdesarrollo permitido de pueblos enteros y sectores numerosos de población. Pues el Reino de Dios – dice Jesús- es un don que les pertenece a ellos. Más aún la propuesta de Jesús es que sus discípulos se hagan también pobres, no porque la pobreza sea un bien, ni porque ésta traiga consigo la dicha, sino porque mientras exista un pobre en nuestra tierra, hacerse pobres a conciencia trae igualmente la dicha.

El Sermón de la montaña del evangelio de Mateo comienza con las bienaventuranzas (Mt 5, 1-12). En ellas Jesús proclama la dicha del Reino de Dios como una propuesta de alcance universal, accesible a todas las gentes procedentes de los cuatro puntos cardinales, pero presenta a los pobres de la tierra como los destinatarios primeros e inequívocos de la dicha propia del Reino. La prioridad del evangelio de Jesús son, sin duda alguna, los pobres. Este punto capital de las bienaventuranzas se puede apreciar también en la versión del evangelio de Lucas (Lc 6,20-21).

Mateo presenta un bloque de ocho bienaventuranzas construidas de la misma manera, en tres partes, con el denominador común del anuncio de la felicidad en toda la serie, según el esquema de composición: Felicitación + Sujeto de la dicha + Motivo de la dicha. La novena bienaventuranza difiere en su estructura y composición de las anteriores, pues se formula en segunda persona del plural actualizando el anuncio de la dicha para los discípulos oyentes del discurso de Jesús. Además las ocho primeras bienaventuranzas forman una especie de cuadro, cuyo marco está delimitado por la primera y la última de la serie, es decir, las relativas a los pobres y a los perseguidos (Mt 5,3.10), pues las dos muestran como motivo de la dicha la pertenencia del Reino de Dios a tales personas. Entre ambas quedan las otras seis bienaventuranzas que se dividen en dos bloques. El primero (Mt 5,4-6) se caracteriza por la contraposición entre los estados negativos de las personas referidas y la acción divina prometida que restablecerá a los que sujetos que sufren tales circunstancias de dolor profundo por la opresión, por sometimiento y por la injusticia. El segundo bloque (Mt 5,7-9) muestra más bien una correlación entre la actividad o disposición positiva de los sujetos hacia el prójimo y la correspondiente relación con Dios.

La primera bienaventuranza orientada a los pobres es el punto de referencia de todas las restantes. La palabra “dichosos” es preferible a la de “felices” y a la de “bienaventurados”, porque “dichoso” expresa una profunda alegría interior en la persona, que no depende de las circunstancias externas a la persona, y esa alegría no la puede quitar nada ni nadie, porque tiene su origen en Dios y su Reino. Se trata de una alegría que se puede vivir hasta en situaciones adversas o de sufrimiento. En cambio la palabra “felices” suele designar a las personas contentas porque tienen satisfechas total o parcialmente las necesidades básicas humanas. Por su parte la palabra “bienaventurados” connota un cierto desplazamiento de la felicidad plena al más allá de esta vida y acentúa sólo el componente espiritual y religioso de ese estado. “Dichosos” se aplica, sin embargo, al tiempo presente y al más allá, es para esta tierra y para la vida eterna, y se puede vivir incluso en medio de los sufrimientos de esta historia.

El término pobre en el Nuevo Testamento se refiere etimológicamente al encorvado, al que se oculta con temor, al que se agacha. Es el mendigo, el vagabundo y el transeúnte que carece de lo necesario para vivir y depende de los demás para sobrevivir. No es la persona que tiene necesidad de trabajo, sino la que está en un estado de indigencia caracterizado por la imposibilidad de satisfacer las necesidades básicas humanas de comida, vestido y alojamiento. Si tuviéramos que definir al pobre en el Nuevo Testamento diríamos que es la persona que se encuentra en un estado de privación de medios de subsistencia y que vive una dependencia respecto a los que poseen escandalosa y codiciosamente esos medios. Estos pobres constituían entonces y ahora el nivel más bajo de la escala social. Precisamente a estos pobres es a quienes Jesús dirige en primer lugar su mensaje de liberación, su buena noticia de la salvación. De hecho el término pobre es utilizado mucho más frecuentemente en el Nuevo Testamento que en la literatura profana de aquella época. Los materialmente pobres desde el punto de vista socioeconómico, y sólo por ser tales, sin ningún otra especificación, son los destinatarios principales del Reino de Dios.

Jesús llama dichosos a los pobres y a quienes están o pasan por una situación de negatividad extrema: los que gimen, los indigentes y los que tienen hambre y sed, también de justicia. Se trata de una felicitación, pues la razón de la dicha no es la situación en que se encuentran los pobres, sino el giro que van a experimentar esas condiciones sociales. Sólo por ser víctimas, por ser sufrientes, incluso independientemente de sus creencias religiosas y de su origen, Dios está de su parte y anuncia para el presente que el Reino les pertenece y les promete un futuro de liberación que se cumplirá. Dios anulará tal estado de negatividad y de injusticia y para ello cuenta con sus discípulos y todos aquellos que en la historia trabajen por los pobres contra la pobreza. Por eso Mateo radicaliza el mensaje de la bienaventuranza de los pobres haciéndola extensiva a los que libremente entran en esa situación de pobreza por causa del Reino o por solidaridad con los que se encuentran involuntariamente en ese estado de miseria. Eso es lo que significa “los pobres en el espíritu”, que yo traduzco, más bien, como “los pobres con espíritu”, tal como interpretaba también el P. Ignacio Ellacuría, jesuita, perseguido y asesinado en El Salvador en 1989. Los discípulos de Jesús se han de hacer también pobres, no porque la pobreza sea un bien, ni porque ésta traiga consigo la dicha, sino porque mientras exista un pobre en nuestra tierra, hacerse pobres a conciencia trae también la dicha. El Reino es, por tanto, un don para los pobres de solemnidad y para los pobres con espíritu. Éstos se refieren a los indigentes con fuerza interior para afrontar la injusticia social luchando con esperanza por su liberación y a los discípulos que se hacen pobres “a conciencia” por fidelidad al plan de justicia de Dios.

El “Reino de los cielos” es una expresión empleada por San Mateo en la cual “los cielos” no se contraponen a la tierra ni designan sólo un reino del más allá, sino que equivale a “Reino de Dios” y tiene el sentido dinámico y personal de que Dios va a reinar ya en esta tierra, llevando a cabo el ideal mesiánico del rey justo del Antiguo Testamento (Sal 72). El Reinado de Dios, de la justicia y de la paz, está llegando con aquél que defiende a los humildes, que socorre y libera a los pobres y quebranta al explotador. Éste es el Reino cuya cercanía anuncia Jesús y por cuya causa vivió y fue crucificado. La conversión consiste en transformar nuestra mentalidad para entrar en el dinamismo espiritual de la defensa de los pobres y de la liberación y el desarrollo de los países y sectores más oprimidos.

La prioridad de los indigentes en el Evangelio queda de manifiesto igualmente en la tercera bienaventuranza de Mateo, que tradicionalmente se interpreta como de “los mansos” y que se quiere utilizar ese término habría que decir, más bien, los “amansados”, los que no tienen nada, ni voz, ni derechos, ni tierra, ni casa. Por eso prefiero traducir: «Dichosos los indigentes, porque ellos heredarán la tierra» (Mt 5,5). Ésta presenta igualmente dificultades en la interpretación del sujeto, ya que el término griego original puede tener diversos significados. Podría abarcar un significado que va desde los mansos hasta los sometidos a la voluntad de Dios, o desde los humildes que renuncian al poder hasta los oprimidos por otros, o también se puede referir a los no violentos. Pero dado el trasfondo del Antiguo Testamento del texto de Mt 5,5 (véase Sal 37,11), alusivo al pobre que se encuentra en una situación de indigencia, de dependencia humillante respecto a otros y de confianza en Dios, el término griego adquiere en este texto el carácter de involuntariedad. Por todo ello se trata de individuos en estado forzoso de no violencia por causa de su condición social de indigentes. Y a ellos es a quienes Jesús les anuncia la dicha de ser herederos de la tierra. Para hacer posible ese futuro y el cumplimiento de la promesa Dios cuenta con todos los que quieran trabajar por la justicia y a favor de los pobres, los pobres a conciencia.

La bienaventuranza dedicada a los que sufren o a los que lloran tiene como razón de la dicha el hecho de que Dios los consolará. Siguiendo los textos de Is 61,2, que están a la base, hemos de entender que se trata de los “afligidos” o “desconsolados”. Mateo ha matizado la formulación de Lucas, y en lugar de mencionar a “los que lloran” lo ha profundizado aún más. Se trataría más exactamente de los que sufren tanto y están en una aflicción tan profunda que apenas pueden llorar, y cuando intentan expresarse sólo salen gemidos de su interior. El gemido del que sufre es la manifestación dolorosa como de un último aliento del que se muere antes de tiempo. Por eso en mi traducción de los evangelios sinópticos he puesto “dichosos los que gimen”.

La cuarta bienaventuranza también abre a la esperanza de las promesas de Dios, porque quedarán saciados todos aquellos que tienen hambre y sed de la justicia de Dios, esa justicia manifestada en las bienaventuranzas precedentes, la justicia de un Dios que por amor resarcirá a los pobres, a los indigentes y a los que gimen con el Reino del consuelo y de la vida digna sobre la tierra que tendrá su plenitud en el cielo. Para llevar a cabo esa transformación del sufrimiento en alegría y de la indigencia en dignidad Dios cuenta con todas las personas que suspiran, anhelan y trabajan por ese cambio radical del mundo y de su realidad personal y social, es decir, por los que buscan el Reino de Dios y su justicia.

La segunda parte de las bienaventuranzas profundizan lo dicho en las cuatro primeras y muestran aspectos de Dios que recompensan las disposiciones positivas de los seres humanos en las relaciones con los demás. El Dios de la misericordia es la dicha de los misericordiosos. Contemplar a Dios es la promesa a los limpios de corazón. Ser proclamados “hijos de Dios” es la alegría de los que trabajan por la paz. A las actitudes y acciones positivas descritas en estas bienaventuranzas corresponde la gracia divina que perdona y con su misericordia salva. Permanecer firmes en ese comportamiento justo, según la voluntad de Dios, puede llevar incluso hasta la persecución. Pero ser perseguidos por eso, como Jesús hasta la cruz, significa pertenecer al Reino de Dios, de modo que ése el motivo de inmensa alegría presente ya en el aquí y ahora de la historia. La novena bienaventuranza es la permanente actualización de todas las demás bienaventuranzas en la vida de la Iglesia y afecta a todos los discípulos y discípulas que en la misión permanente latinoamericana quieren seguir haciendo suya “la opción preferencial y evangélica por los pobres”.

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura