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REFLEXIÓN DOMINICAL: LA COMUNIÓN EUCARÍSTICA CON CRISTO

Tras el reparto del pan partido y compartido por Jesús y los discípulos con la multitud, en el Evangelio de Juan se explica ampliamente el sentido de ese acontecimiento como señal del anuncio y realización anticipada de la hora de la gloria de Dios en nuestro mundo. La fuerza espiritual y transformadora de aquel milagro lo convierte en un relato portentoso de una gran actualidad para nuestro mundo, pues en esa “señal” está la lección magistral de la sabiduría divina, que se enfrenta a la insensatez imperante en la organización de nuestra sociedad internacional; ese milagro es un signo de la sabiduría bíblica que, frente a la insensatez, necedad y tozudez de los expertos políticos y económicos del mundo, de los “sabiondos” controladores del sistema económico global, revela en los gestos antológicos realizados por Jesús con el pan disponible, la gran verdad que da vida al mundo y que hace de aquel reparto de pan la señal por excelencia de la manifestación de la gloria de Dios en el hombre: Todo pan y todo bien es un don del Padre, para partirlo y repartirlo eucarísticamente con los más necesitados.

El discurso del pan de vida que prosigue en el evangelio de Juan ayuda a comprender la fuerza de aquella señal (Jn 6,23-59). El pan es la señal de la hora de la entrega de la vida. Jesús mismo será el verdadero pan partido en la cruz, cuyo sacrificio como víctima de la injusticia humana en la entrega de su vida por amor, da al mundo la vida definitiva y eterna. La segunda parte de ese discurso que este domingo escuchamos es eminentemente eucarística: Jn 6,51-59. La señal remite no sólo a la metáfora del pan bajado del cielo sino a la presencia real y sacramental de la vida de Dios en la carne y en la sangre de Cristo, pues “el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día” (Jn 6,54).

Toda la vida cristiana tiene su fuente y su cumbre en la Eucaristía y es la profunda comunión con la carne y la sangre de Cristo. Comer y beber significan asimilarse a él, aceptar y hacer propio el amor expresado en su vida histórica (su carne) y en su muerte violenta como entrega de la vida por amor y como víctima de la injusticia humana (su sangre). Comer esta carne implica recibir el don del Espíritu que permite vivir plenamente la Vida y, al mismo tiempo, entrar en el dinamismo de la entrega de la vida como un pan que se parte y se reparte, especialmente entre los pobres y marginados de nuestro mundo.

Por eso quien participa de la comunión con Cristo en la Eucaristía “ha de empeñarse en construir la paz en nuestro mundo marcado por tantas violencias y guerras, y de modo particular hoy, por el terrorismo, la corrupción económica y la explotación sexual. Todos estos problemas, que a su vez engendran otros fenómenos degradantes, son los que despiertan viva preocupación […] Gracias al Misterio de la transformación de la muerte en vida que celebramos en la Eucaristía, debemos denunciar las circunstancias que van contra la dignidad del hombre, por el cual Cristo ha derramado su sangre, afirmando así el valor tan alto de cada persona”.

Es el papa Benedicto XVI quien subraya esta relación entre Eucaristía y los problemas del mundo, y también cuando dice: “No podemos permanecer pasivos ante ciertos procesos de globalización que con frecuencia hacen crecer desmesuradamente en todo el mundo la diferencia entre ricos y pobres. Denunciamos a quien derrocha las riquezas de la tierra, provocando desigualdades que claman al cielo (cf. St 5,4). Es imposible permanecer callados ante las imágenes sobrecogedoras de inmigrantes rechazados o ante los grandes campos de prófugos o de refugiados, acogidos en precarias condiciones para librarse de una suerte peor, pero necesitados de todo” (SC 90). Estos seres humanos, ¿no son nuestros hermanos y hermanas? “El Señor Jesús, Pan de vida eterna, nos apremia y nos hace estar atentos a las situaciones de pobreza en que se halla todavía gran parte de la humanidad: son situaciones cuya causa implica a menudo una clara e inquietante responsabilidad por parte de los hombres. Se puede afirmar, sobre la base de datos estadísticos disponibles, que menos de la mitad de las ingentes sumas destinadas globalmente a armamento sería más que suficiente para sacar de manera estable de la indigencia al inmenso ejército de los pobres. Esto interpela a la conciencia humana. Nuestro común compromiso por la verdad puede y tiene que dar nueva esperanza a estas poblaciones que viven bajo el umbral de la pobreza, mucho más a causa de situaciones que dependen de las relaciones internacionales políticas, comerciales y culturales, que por circunstancias incontroladas” (Idem).

La comunión eucarística con Cristo, por tanto, es alimento de la verdad que nos impulsa a denunciar las situaciones indignas del hombre, en las que a causa de la injusticia y la explotación se muere por falta de comida, y nos da nueva fuerza y ánimo para trabajar sin descanso en la construcción de la civilización del amor con la esperanza de la vida eterna, pues “quien come de este pan vivirá para siempre”.

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura