Destacadas

Reflexión dominical: La comunión Eucarística con Cristo

En el capítulo sexto del Evangelio de Juan se explica ampliamente el sentido del milagro del reparto del pan partido y compartido por Jesús y los discípulos con la multitud. Aquel acontecimiento era señal de la Eucaristía y signo del anuncio y realización anticipada de la hora de la gloria de Dios en nuestro mundo. La fuerza espiritual y transformadora de aquel milagro lo convierte en un relato portentoso de una gran actualidad para nuestro mundo, pues en esa “señal”, como en toda Eucaristía, está la lección magistral de la sabiduría divina, accesible a toda inteligencia humana; es un signo de la sabiduría que, frente a la insensatez, necedad y tozudez de los expertos políticos y económicos del mundo, revela en los gestos antológicos de Jesús (tomar el pan como un don, dar gracias, partirlo y entregarlo) con el pan disponible, la gran verdad que da vida al mundo y que hace de aquel reparto de pan la señal por excelencia de la manifestación de la gloria de Dios en el hombre.

El discurso del pan de vida que prosigue en el evangelio de Juan ayuda a comprender la fuerza de aquella señal (Jn 6,23-59). El pan es la señal de la hora de la entrega de la vida que alcanza en la Eucaristía su máxima expresión. Jesús mismo es el verdadero pan partido en la cruz, cuyo sacrificio como víctima de la injusticia humana en la entrega de su vida por amor, da al mundo la vida definitiva y eterna. La segunda parte de ese discurso que este domingo escuchamos es eminentemente eucarística: Jn 6,51-59. La señal remite no sólo a la metáfora del pan bajado del cielo sino a la presencia real y sacramental de la vida de Dios en la carne y en la sangre de Cristo, pues “el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día” (Jn 6,54).

Toda la vida cristiana tiene su fuente y su cumbre en la Eucaristía y es la profunda comunión con la carne y la sangre de Cristo. Comer y beber significan asimilarse a él, aceptar y hacer propio el amor expresado en su vida histórica (su carne) y en su muerte violenta como entrega de la vida por amor y como víctima de la injusticia humana (su sangre). Comer esta carne implica recibir el don del Espíritu que permite vivir plenamente la Vida y, al mismo tiempo, entrar en el dinamismo de la entrega de la vida como un pan que se parte y se reparte, especialmente entre los pobres y marginados de nuestro mundo.

Por eso quien participa de la comunión con Cristo en la Eucaristía ha de empeñarse en construir la paz en nuestro mundo marcado por tantas violencias y guerras, y de modo particular hoy, por el hambre de los más pobres, por la desigualdad económica y por los múltiples rostros de los descartados. Todos estos problemas, que a su vez engendran otros fenómenos degradantes, son los que despiertan viva preocupación. Sabemos que estas situaciones no se pueden afrontar de una manera superficial. Precisamente, gracias al Misterio de la transformación de la muerte en vida que celebramos en la Eucaristía, debemos denunciar las circunstancias que van contra la dignidad del hombre, por el cual Cristo ha derramado su sangre, afirmando así el valor tan alto de cada persona.

Es el papa Benedicto XVI quien subrayaba esta relación entre Eucaristía y los problemas del mundo, y también lo hace cuando dice: “No podemos permanecer pasivos ante ciertos procesos de globalización que con frecuencia hacen crecer desmesuradamente en todo el mundo la diferencia entre ricos y pobres. Denunciamos a quien derrocha las riquezas de la tierra, provocando desigualdades que claman al cielo (cf. St 5,4). Es imposible permanecer callados ante las imágenes sobrecogedoras de inmigrantes rechazados o ante los grandes campos de prófugos o de refugiados, acogidos en precarias condiciones para librarse de una suerte peor, pero necesitados de todo” (SC 90). Estos seres humanos, ¿no son nuestros hermanos y hermanas? “El Señor Jesús, Pan de vida eterna, nos apremia y nos hace estar atentos a las situaciones de pobreza en que se halla todavía gran parte de la humanidad: son situaciones cuya causa implica a menudo una clara e inquietante responsabilidad por parte de los hombres. Se puede afirmar, sobre la base de datos estadísticos disponibles, que menos de la mitad de las ingentes sumas destinadas globalmente a armamento sería más que suficiente para sacar de manera estable de la indigencia al inmenso ejército de los pobres. Esto interpela a la conciencia humana. Nuestro común compromiso por la verdad puede y tiene que dar nueva esperanza a estas poblaciones que viven bajo el umbral de la pobreza, mucho más a causa de situaciones que dependen de las relaciones internacionales políticas, comerciales y culturales, que por circunstancias incontroladas” (Idem).

También el papa Francisco nos ha recordado en Bolivia recientemente que “la Iglesia celebra la Eucaristía, celebra la memoria del Señor, el sacrificio del Señor. Porque la iglesia es comunidad memoriosa… Actualiza el misterio del Pan de Vida. Jesús quiere que participemos de su vida y a través nuestro se vaya multiplicando en nuestra sociedad. Somos el Pueblo de la memoria actualizada y siempre entregada. Una vida memoriosa necesita de los demás, del intercambio, del encuentro, de una solidaridad real que sea capaz de entrar en la lógica del tomar, dar gracias y entregar, en la lógica del amor”.

La Eucaristía es alimento de la verdad que nos impulsa a denunciar las situaciones indignas del hombre, en las que a causa de la injusticia y la explotación se muere por falta de comida, y nos da nueva fuerza y ánimo para trabajar sin descanso en la construcción de la civilización del amor.

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura