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Reflexión Dominical: La alegría por Dios en la paradoja de las bienaventuranzas

Desde el principio de su ministerio el Papa Francisco ha reiterado que quiere una Iglesia pobre y para los pobres. Uno de los fundamentos de esta opción es el Evangelio de las Bienaventuranzas que este domingo se proclama en la Iglesia. El Sermón de la montaña del evangelio de Mateo comienza con las bienaventuranzas donde Jesús proclama la dicha del Reino de Dios como una propuesta de alcance universal, que presenta a los pobres de la tierra y a los que se hacen pobres por amor a Dios y al prójimo, como los destinatarios primeros de la dicha propia del Reino. Mateo (Mt 5,3-12) presenta un bloque de ocho bienaventuranzas homogéneas con la misma estructura tripartita y con el denominador común del anuncio de la felicidad en toda la serie, según el esquema de composición de la forma literaria denominada macarismo: Felicitación, sujeto de la dicha, motivo de la dicha. Lucas (Lc 6,20-23) refleja la misma estructura en el bloque de tres macarismos homogéneos. El último macarismo, noveno en Mt y cuarto en Lc, se formula en segunda persona actualizando el anuncio de la dicha para los oyentes del discurso de Jesús.

Todas las bienaventuranzas empiezan con la palabra “dichosos” (en griego: makarioi), puesta en boca de Jesús. Este término expresa en la Biblia la singular alegría religiosa que viene al hombre por la participación en la salvación que trae consigo el Reinado de Dios. Los macarismos del NT contienen paradojas sagradas, especialmente en las bienaventuranzas mateanas del sermón de la montaña: en ellos se siguen afirmaciones fundamentales que manifiestan a los seres humanos en estados de severa dificultad, pobreza, aflicción, desamparo, hambre, sed, como destinatarios del Reino de Dios y de los bienes de consuelo, alegría y superación de las necesidades. También el favor de Dios tiene como destinatarios a todos aquellos que actúan ayudando con misericordia a favor de los necesitados, con limpieza de corazón, generando la paz en el mundo hasta asumir incluso la persecución por su fidelidad a la justicia de Dios. En las bienaventuranzas el término makarioi designa un conjunto de individuos humanos que disfrutan de la alegría eufórica y duradera en cualquier momento de la historia como un don de Dios. La palabra “dichosos”, como traducción de makarioi, que otros traducen como “felices” o “bienaventurados”, expresa una gran alegría interior en la persona que no depende de las circunstancias externas a ella, es profundamente espiritual y remite al tiempo presente, no sólo al más allá de esta historia. Esa alegría no la puede quitar nada ni nadie, porque tiene su origen en Dios y en su Reino, se puede vivir hasta en situaciones adversas o de sufrimiento y el motivo de la misma es siempre, explícita o implícitamente, Dios.

Las cuatro primeras bienaventuranzas de Mateo más la novena y todas las de Lucas están dedicadas a los desdichados: A los pobres, a los afligidos que gimen, a los indigentes o desheredados, a los hambrientos y a los perseguidos. La principal de todas ellas por ser el fundamento de las que las demás se derivan es la primera dedicada a los pobres. Pero en todas ellas el motivo de la alegría es siempre Dios. El pobre en el NT designa sobre todo a quien no posee nada y tiene que proporcionarse mendigando lo indispensable para vivir. Estos pobres desde el punto de vista socioeconómico, y sólo por ser tales, sin ningún otra especificación, son los destinatarios prioritarios del Reino de Dios. En el trasfondo subyace uno de los diversos términos del AT sobre los pobres, anawim, que designa a aquellas personas que, careciendo de medios de subsistencia, estando indefensas, han puesto su confianza plena en Dios.

En las bienaventuranzas de Mateo Jesús llama dichosos, en primer lugar, a los pobres y a quienes están o pasan por una situación de negatividad extrema: los que gimen, los indigentes y los que tienen hambre y sed, también de justicia. En Lucas se llama dichosos a los pobres sin más especificación, y se trata, por tanto, de los pobres e indigentes en su acepción material y socioeconómica. La razón de la dicha no es la situación en que se encuentran los destinatarios de cada bienaventuranza sino el giro que van a experimentar tanto su situación personal como esas condiciones sociales. Sólo por ser víctimas, por ser sufrientes, Dios está de su parte. La fuerza de las bienaventuranzas radica además en el hecho de que Dios hace llegar su Reino en el tiempo presente para los que ahora son pobres.

Mateo además radicaliza el mensaje de la bienaventuranza de los pobres haciéndola extensiva a los que libremente entran en esa situación de indigencia por causa del Reino, o por solidaridad con los que se encuentran en ella forzosamente o por su fidelidad a Dios. Así se puede entender la espiritualización realizada por Mateo al acompañar el término “pobre” de la primera bienaventuranza con un complemento nominal que determina de qué pobres se trata. Es la palabra “el espíritu” y en el texto griego va sin preposición. Sin embargo en castellano y en las lenguas modernas es preciso introducir una preposición allí donde en el texto griego no existe. Esto ha motivado multitud de interpretaciones diferentes. La interpretación que yo propongo interpreta la palabra “espíritu” denotando tanto la interioridad de la pobreza como la voluntariedad de la misma, que podría recogerse en la expresión castellana: “dichosos los pobres a conciencia”. La traducción propuesta en mi edición sinóptica y bilingüe de los evangelios (“dichosos los pobres con espíritu”, tal como hizo I. Ellacuría) pretende evitar otras ambigüedades y apuntar hacia la interpretación aquí propuesta de “los pobres a conciencia”. Con ello nos referimos a personas que, en virtud del espíritu que poseen y dinamiza sus vidas, movidos por Dios como Señor exclusivo de su existencia, viven voluntariamente en la pobreza que otros, involuntariamente, están obligados a sufrir. Y, además, quedan incluidos también en el destino de la dicha ofrecido por Jesús todos aquellos que, estando en situación no buscada de pobreza, se enfrentan a la misma con la fortaleza que Dios les infunde. Esta bienaventuranza es el mejor fundamento del mensaje de Jesús para la orientación de la “opción preferencial y evangélica por los pobres”, vigente desde hace décadas en la Misión Permanente de la Iglesia Latinoamericana y ratificada espléndidamente por los últimos Papas, particularmente por Benedicto XVI y Francisco.

Pero la alegría de las bienaventuranzas en cuanto estado de plenitud gozosa es paradójica y misteriosa. Paradoja significa todo aquello que está fuera de la opinión común y de la gloria común. No hay nada más paradójico que las bienaventuranzas. Pero Paradoja significa también un enunciado que, bajo apariencias más o menos desconcertantes, encierra una verdad cierta, aunque en principio difícil de advertir. Tiene también su componente de misterio, en cuanto algo grandioso que tiene algo de oculto y no terminamos de expresar con nuestras palabras. La redacción paradójica y misteriosa de las bienaventuranzas nos invita a buscar la felicidad, no por otros caminos sino en dirección contraria. Esta dicha es una paradójica necedad, como la de la cruz de Cristo (1 Cor 1,18.21.23.25). Las bienaventuranzas constituyen, además, un mensaje de felicidad con un código moral que invita a una determinada actitud, pero no radica en la virtud la felicidad anunciada por las bienaventuranzas sino en Dios y sólo en sus dones, fruto de su gratuidad. La virtud no tiene por qué hacer a nadie más dichoso pues caeríamos en aquella mentalidad arcaica que consideraba todo infortunio como castigo y toda buena suerte como bendición. El misterio que torturaba a Job tuvo su inesperada réplica en la Pasión y muerte de Jesús, el Inocente. Esta paradoja es el escándalo para los judíos (1 Cor 1,23) y para todos cuantos se obstinan en mantener esa rastrera equivalencia entre felicidad y virtud.

Otra característica de la alegría de las Bienaventuranzas es que no es sólo para el futuro, sino para el presente. En las bienaventuranzas cabe hablar de un futuro ya presente pues la esperanza de un consuelo venidero constituye ya un consuelo actual. Ellas no se limitan a prometer una recompensa futura. Son dichosos ahora los pobres, los que lloran, los hambrientos y perseguidos. Son dichosos ya ahora y lo son porque Dios está con ellos. Los evangelios hablan a veces de premios reservados a la vida venidera, pero lo distintivo de las bienaventuranzas es que se trata de una dicha ya actual, en presente, pues la profecía se ha cumplido en Cristo, que ha vivido todas las bienaventuranzas. El Hijo de Dios ha venido al mundo y su palabra es eficaz: Hace lo que dice y al decir “la paz sea con vosotros” no solo la desea sino que la otorga, como alguien que dijera “buenos días” y trajera consigo al sol, comenta brillantemente J.M. Cabodevilla.

Al comenzar este año con la lectura continua del Evangelio de San Mateo entremos en la vivencia gozosa del Reinado de Dios en nuestras vidas, orientemos nuestras preocupaciones en la atención a los pobres y desdichados del mundo y sigamos cambiando nuestra mentalidad, nuestros criterios y nuestro corazón con la gran alegría que lleva consigo el anuncio de la plenitud paradójica de las Bienaventuranzas evangélicas.

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura