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Reflexión dominical: Jesús se hizo pobre para salvarnos

La lectura de Pablo (2Cor 8,7-15) nos ofrece la razón más profunda de la “opción preferencial y evangélica por los pobres”, vigente en la Iglesia Latinoamericana como línea fundamental de su acción misionera. Allí se nos muestra a Jesucristo que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros para enriquecernos con su pobreza (cfr. 2 Cor 8,9). No hay razón teológica más profunda que ésta para fundamentar la solidaridad y la comunión con las personas y poblaciones más pobres y necesitadas de nuestro mundo. El Evangelio presenta dos milagros entrelazados de Jesús, el retorno a la vida de la niña de Jairo y la curación de la hemorroísa (Mc 5,21-43), con los cuales Marcos destaca el encuentro personal con Jesús desde la fe que propicia la salvación a estas dos mujeres.

Concentrándonos en el texto de Pablo es de resaltar que lo que Jesús hizo fue hacerse pobre por la humanidad para enriquecer a los hombres con su pobreza. La gracia de Dios manifestada en Cristo consiste en el movimiento solidario de su amor que le ha llevado a asumir en el misterio de la encarnación la identidad del pobre, la condición del siervo y la naturaleza del hombre. Este movimiento solidario en el amor hasta hacerse pobre, siervo y hombre es el que comunica toda su riqueza divina a los seres humanos. Pablo ha buscado un verbo específico para darnos la identidad del Jesús histórico.

El verbo griego ptojeuo sólo aparece aquí en el Nuevo Testamento y es poco frecuente en la literatura antigua. Creo que el sentido de dicho verbo no es tanto empobrecerse cuanto hacerse pobre, con lo cual el énfasis no se pone tanto en la renuncia a bienes básicos para la supervivencia como en la voluntad personal de conseguir una identidad de pobre por amor solidario con los pobres de la tierra. A mi parecer el alcance de la formulación paulina al argumentar que “Cristo se hizo pobre por vosotros” debe abarcar la vida histórica de Jesús, durante la cual él asumió la identidad del pobre entre las múltiples opciones de que disponía para llevar a cabo el misterio de su encarnación en la historia humana y su correspondiente realización hasta el anonadamiento de la cruz como mediación paradójica de su glorificación divina manifestada en su resurrección.

Pablo busca este verbo para encontrar una expresión adecuada en su cristología descendente, la cual, sin desarrollar prácticamente ningún otro aspecto de la vida histórica de Jesús, ni de sus palabras, ni de sus milagros, ni de sus controversias y conflictos con las autoridades judías, sin embargo, revela, al decirnos que se hizo pobre, un aspecto muy concreto de su identidad humana. Pablo tampoco nos habla de Jesús en cuanto carpintero, ni del hijo putativo de José. Pablo no selecciona entre los datos de la humanidad de Jesús más que el hecho de su pobreza. Para ello ha encontrado un verbo singular y único que permite dar una clave de la identidad de Cristo insertándolo en la tradición de los pobres de Dios, que ponen toda su confianza en él.

De este modo Pablo da uno de los trazos esenciales de la personalidad de Cristo, que los evangelios sinópticos se encargarán de desarrollar, pues la pobreza radical forma parte de los elementos más significativos entre las exigencias del Reino inaugurado por el Mesías. En este sentido es importante tener presente que este argumento cristológico de Pablo tiene como objetivo la orientación hacia la igualdad en el ámbito económico, como principio orientador de la vida cristiana y de las relaciones humanas (2 Cor 8,14). El hecho de identificarse con el pobre es vivido como gracia en razón de la igualdad, y sirve al autor de la cara para fundamentar y estimular, desde Cristo, la donación de sí mismos a través de la participación económica en comunión con los pobres de Jerusalén. De este modo la formulación de Pablo en este texto de 2 Cor 8,9 expone de forma concreta un rasgo esencial de la encarnación de Cristo, su identidad como pobre en virtud de su identificación con los pobres. Con ello, lejos de diluir el predicado singular de la pobreza en aquel más genérico de la naturaleza humana, le da a ésta una identidad histórica que nos permite descubrir en la primera cristología del Nuevo Testamento, la paulina, un trazo excepcional de la figura de Jesús: su pobreza. Además de ello sabemos también, según la investigación histórica, avalada por J. P. Meier, que “Jesús era uno de los pobres que tenían que trabajar duramente para vivir”.

Creo que con toda razón y como una base teológica trascendental, Benedicto XVI introdujo este texto cristológico de 2 Cor 8,9 como fundamento de la opción preferencial por los pobres, vigente como orientación teológica pastoral de primer orden, dándole consistencia y claridad a la misma al ponerla en el contexto teológico que le correspondía: “la opción preferencial por los pobres está implícita en la fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza (cf. 2 Cor 8,9)”. Esta orientación hacia los pobres ha sido adoptada particularmente por el papa Francisco, el cual partiendo del nombre mismo, adoptado por él como sucesor de Pedro quiere mostrar la línea matriz de su pontificado que él ha evidenciado al expresar con sus múltiples signos y con sus sorprendentes discursos diciendo que quiere “una Iglesia pobre y para los pobres”. Francisco partió de este mismo texto paulino en su mensaje cuaresmal del 2014.

Respecto al Evangelio de hoy seguimos constatando que los milagros ocupan un lugar preeminente en el Evangelio de Marcos, sobre todo, en la primera parte de la obra, donde todos ellos contribuyen a introducir al lector en la percepción misteriosa y real de la cercanía del Reinado de Dios entre los hombres. Hoy se combinan dos signos prodigiosos de Jesús en un mismo relato, el retorno a la vida de la niña de Jairo y la curación de la hemorroísa (Mc 5,21-43). El segundo ha quedado inserto a la mitad de la narración del primero para desarrollar una auténtica y plena catequesis de la fe cristiana, partiendo de dos hechos históricos, realizados por Jesús. El resultado final de la narración presenta a Jesús como protagonista indiscutible del relato y a la mujer, tanto a la niña como a la adulta, víctima de los males naturales, sociales y religiosos. La intervención de Jesús es posible gracias a la audacia y a la fe de los adultos que lo buscan y lo encuentran, experimentando la salvación de Dios por medio de él.

El retorno a la vida de la hija de Jairo presenta a Jesús como salvador de la niña gracias a la mediación de la fe de su padre. La fe que salva es condición previa para la realización del milagro, que pone de relieve la fuerza de la mediación por parte de los creyentes para conseguir que el encuentro con Jesús produzca el efecto salvífico deseado, en este caso el retorno a la vida de una niña de doce años. En Jairo se retrata la gran misión de la Iglesia que continuamente intercede para propiciar el encuentro de la humanidad caída y necesitada con el Señor Jesús para que perciba la vida que procede de Dios.

El relato de la curación de la mujer con flujos de sangre resalta más bien el encuentro personal con Jesús por parte de los que sufren. Ese encuentro no puede ser casual ni mágico, sino personal y profundo, hasta el punto que cambia la vida entera de la mujer que se encuentra con Jesús. La mujer no sólo se curó, sino que fue reconocida y rehabilitada por Jesús para quedar restablecida de su enfermedad y además integrada en la vida social y religiosa de su tiempo.

Es muy importante detenernos un poco en el rostro femenino de los relatos evangélicos de hoy pues en los dos milagros la mujer es la beneficiaria del favor de Dios. En el relato de hemorroísa (Mc 5,24-34), Jesús y la mujer establecen un diálogo liberador que permite una íntima y personalísima comunicación entre ambos. En el trasfondo del sufrimiento de la mujer están tanto su enfermedad como las leyes de pureza ritual que afectaban a las mujeres según la interpretación del Levítico. Esas leyes de pureza manifiestan un sistema social, religioso y económico en el que particularmente las mujeres eran verdaderas víctimas en un estado casi permanente de impureza, y esto tenía como resultado la marginación y exclusión (Lev 5,1-6).

La actitud de Jesús con la hemorroísa supera y trasciende las leyes antiguas para hacer prevalecer la nueva alianza en el amor liberador con el cuerpo de las mujeres. Este encuentro especial entre Jesús y la mujer trastoca el orden vigente de marginación social y religiosa. Cuando la hemorroísa se aproxima Jesús, lo hace por detrás, pues sabe que está transgrediendo los códigos sociales -ninguna mujer toca en público a un hombre extraño, y además, sin su consentimiento- y por si fuera poco, se dispone a violar los códigos religiosos. Sin embargo, ella desea ser curada. Pero este deseo, aun naciendo de una fe casi mágica e insuficiente, la lleva a Jesús.

Postrándose ante Jesús lo reconoce como Señor de la Vida, como el Dios que ha establecido con ella una nueva alianza. Jesús quiere el diálogo con ella, la busca entre la multitud, pues nadie le pasa desapercibido. Jesús no reconoce ninguna marginación pues eso no va con él. En el encuentro con el otro, en el diálogo con el otro, en la nueva realidad creada está la salvación. Los dos expresan lo mejor de sí mismos: ella, su verdad más honda, su dolor y su miseria, y Él, su identidad última como salvador y liberador. Las palabras finales de Jesús: “Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu mal” (Mc 5,34) proclaman lo sucedido. La fe en Jesús, vivida en clave personal y de encuentro con el Señor ha hecho posible la salvación. Al dejarse tocar Jesús los códigos sociales y religiosos, que marginaban, quedan superados. El contacto de los cuerpos no es ocasión de pecado y de impureza, sino de salvación y de encuentro liberador. El tabú de la impureza, por ser mujer, queda superado. En los cuerpos de las mujeres marginadas, explotadas y casi muertas ya en vida, Jesús sale al encuentro de todos los excluidos para devolverles la vida y la salvación.

Esta consideración sobre los milagros con las mujeres puede ser un factor iluminador de la realidad de marginación social de la mujer que se percibe en nuestro mundo, pero singularmente en Latinoamérica.

El conjunto de los dos relatos evangélicos de hoy revela finalmente una progresión en el descubrimiento de la fe. De la fe auténtica pero interesada, presente en Jairo, se pasa a la fe cuasi mágica pero audaz de la hemorroísa, que, como tantas veces en ocurre en la religiosidad popular, parece que trata de arrancar un poco de la fuerza de Jesús, mediante el contacto con él. Pero ninguna de las dos manifestaciones de la fe es suficiente para revelar lo que ésta significa en relación con Jesús.

La curación de la hemorroísa revela la cercanía del Reino de Dios al introducir a la mujer, doliente y víctima social, con su fe deficiente, en el ámbito de la salvación, pues la verdadera fe implica un encuentro personal, dialogante y sincero con Jesús, y lo que salva no es su poder ni su magia sino su persona. La fe, entendida como relación personal, viva y abierta con Jesús, es la que comunica vida y salvación.

De modo semejante, la fe de Jairo sufre una transformación. Lo que era una fe interesada pasa a ser una fe plena al encontrarse con Jesucristo, el que resucita a los muertos. Por eso la fe que salva es creer en el resucitado que resucita y da la vida a los muertos. Podríamos preguntarnos cuál de estas cuatro posibilidades de la fe predomina en mí.

En el Evangelio y en la Eucaristía toda persona se encuentra con el cuerpo de Cristo pobre y salvador, que mediante la fe permite que todos sintamos su salvación y seamos testigos de su resurrección.

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura