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REFLEXIÓN DOMINICAL: JESÚS, EL GRAN REGALO DE DIOS AL MUNDO

Durante estos días de Navidad podemos contemplar el fenómeno espléndido de luz en las coordenadas geográficas del mundo mediterráneo, donde se sitúan Israel y Palestina, Italia, España y Grecia, y en todas las regiones del planeta de latitudes afines. Con el solsticio de invierno la luz diurna empieza a crecer y los días a ser más largos. Nuestra estrella propicia que este planeta inicie su ciclo anual de la vida y posibilita la singularidad de cada día del año respecto a todos los demás. El enorme caudal de experiencias sensitivas y espirituales que la diversidad de los días proporciona a las personas no puede pasar desapercibido al echar una mirada sobre las grandes civilizaciones que en estos paralelos geográficos han surgido. Las culturas de oriente medio y del mediterráneo, la asiria, babilónica, persa, israelita, árabe, griega y romana, la azteca y otras muchas son reflejo de la hermosa urdimbre que nace de la simbiosis existente entre la sensibilidad humana y la naturaleza radiante, entre la creatividad humana y la eclosión permanente y variopinta de la belleza natural.

Lo que ocurre es que en este tiempo se inicia el alargamiento de cada día como un lento espectáculo de luz que se va adueñando de la tierra. Y es que lo que está amaneciendo con el nuevo ciclo vital es un año, un tiempo nuevo. Es el nacimiento de la luz. En el mundo cristiano eso mismo es lo que significa la Nochebuena, de la cual nace un día ya más largo, el de la Navidad. La cultura cristiana ha hecho coincidir estos fenómenos luminosos con la celebración del nacimiento del Mesías Jesús. Los textos bíblicos de Nochebuena y Navidad presentan el surgimiento de esta luz en el niño Jesús. Jesús es la luz grande para la humanidad que habita tierra de sombras (Is 9,2). Él es la luz que brilla en la tiniebla como Palabra hecha carne (cf. Jn 1,5.14). Esta Pascua es preludio de la otra Pascua, la de la resurrección, en la que Cristo, el crucificado y resucitado, se presenta como vencedor de la muerte y de la tiniebla. La luz vencedora en la pascua de Resurrección es la luz que nace en el solsticio mesiánico del invierno.

Podemos contemplar ahora la verdad última de los relatos narrados en los dos primeros capítulos de los evangelios de Mateo y Lucas. Éstos, compuestos hacia el año 80, tienen un interés mucho más teológico que histórico, están escritos en determinados géneros literarios, cuya naturaleza a estas alturas se conoce bien por parte de los investigadores y permite afirmar que se trata de relatos literarios, de género midrásico en su mayor parte, es decir escritos con textos y categorías del Antiguo Testamento, que llegan a su cumplimiento en el Nuevo Testamento, hechos desde la fe y para la fe, con el fin de revelar la gran verdad del acontecimiento del nacimiento de Jesús y no tratan de mostrar tanto lo que a Jesús le pasó desde el principio cuanto de indicar quién es Él desde el principio, el Mesías, el Señor y Salvador del mundo. 

Por tanto el motivo real de la gran celebración de la Navidad y de nuestra alegría cristiana es el nacimiento de un niño, que se llama Jesús, que nació de María, la Virgen, y que es el Mesías e Hijo de Dios. Este Jesús no es sólo un deseo, ni una invención, sino una persona viva, que anunció con sus palabras y obras el inmenso amor de Dios a una humanidad sumida, entonces y ahora, en el mal, en el egoísmo, en la envidia, en la avaricia, en la injusticia, en el desprecio de unos a otros, y su amor entrañable le llevó a proclamar, con su muerte en la cruz, el triunfo del amor, del perdón, de la misericordia, del servicio a los demás, de la resistencia frente al mal y frente al pecado. Con su muerte y resurrección se hizo patente que Él es el Hijo de Dios, la palabra viva y permanente que Dios ha revelado a la humanidad. Éste Jesús no es una vana ilusión, ni una proyección de deseos, sino el camino concreto y accesible a todo ser humano para que, encontrándose con él, toda persona pueda salir adelante en medio de los sufrimientos de la vida. La Navidad es la fiesta que hace memoria de la natividad de aquel niño y actualiza la esperanza a la que puede renacer toda persona. Es una realidad palpable. Es Dios hecho hombre en un niño, el niño Dios, el niño Jesús. La Navidad es el gran regalo de Dios a los hombres y mujeres de buena voluntad, que son capaces de acoger a este niño y vivir según el Evangelio.

Podríamos aprovechar la Navidad, pues, para comprender su sentido real desde los Evangelios. Y podríamos leer con ojos nuevos los dos primeros capítulos de los evangelios de Mateo y de Lucas para encontrarnos con Dios en el auténtico Belén del Evangelio. Los relatos allí narrados tienen un interés teológico y espiritual y tratan de mostrar quién es Jesús desde el principio: El Mesías, el Señor, el Salvador. Quienes se dejen interpelar por su palabra y orienten su vida según el plan de Dios, como José y María, la sagrada familia, constituyen realmente la auténtica familia de Jesús. Feliz Navidad a todos.

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura