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Reflexión dominical: Feliz Navidad

Los textos bíblicos de Nochebuena y Navidad narran el nacimiento de Jesucristo, haciéndolo coincidir con el solsticio de invierno, en el que se produce también el surgimiento de la luz. Jesús es la luz grande para la humanidad que habita tierra de sombras (Is 9,2). Él es la luz que brilla en la tiniebla como Palabra hecha carne (cf. Jn 1,5.14). Anoche decíamos que esta Pascua es preludio de la otra Pascua, la de la resurrección, en la que Cristo, el crucificado y resucitado, se presenta como vencedor de la muerte y de la tiniebla.

Podemos contemplar ahora la verdad última de los relatos narrados en los dos primeros capítulos de los evangelios de Mateo y Lucas. Éstos, compuestos hacia el año 80, tienen un interés mucho más teológico que histórico, están escritos en determinados géneros literarios, cuya naturaleza a estas alturas se conoce bien por parte de los investigadores y permite afirmar que se trata de relatos literarios, de género midrásico en su mayor parte, es decir, escritos con textos y categorías del Antiguo Testamento, que llegan a su cumplimiento en el Nuevo Testamento, hechos desde la fe y para la fe, con el fin de revelar la gran verdad del acontecimiento del nacimiento de Jesús y no tratan de mostrar tanto lo que a Jesús le pasó desde el principio cuanto de indicar quién es Él desde el principio, el Mesías, el Señor y Salvador del mundo.

El profeta Isaías (Is 52, 7-10) anuncia la buena noticia que pregona la victoria de Dios como Rey, que consuela y rescata a su pueblo. El anuncio del nacimiento de Jesús es la gran Buena Noticia para la humanidad que contempla en el Hijo de Dios (cf. Heb 1,1-6) la palabra definitiva de Dios dirigida a la humanidad, que trae la paz y la esperanza a todos los pueblos.

Dios se ha ido manifestando a lo largo de la historia y de diversas maneras (Heb 1,1-6), pero Jesús, el Hijo de Dios, es quien tiene la herencia de todo y la comparte con sus hermanos, todos los seres humanos. Pero él es Dios, presente y activo en la creación, reflejo de la gloria y huella del Padre, que sostiene el universo con su palabra. Jesús ha efectuado la obra redentora del pecado y participa de la gloria de Dios y siendo hombre es más que los ángeles, pues es Dios hecho Hombre.

En el Prólogo de su Evangelio (Jn 1,1-18) Juan nos describe en forma poética excelsa el misterio de la Palabra hecha carne. De este modo interpreta el significado profundo del nacimiento de Jesús con un lenguaje y unas categorías sapienciales: Jesús es la Palabra de Dios, la palabra eterna, creadora y vivificadora. La palabra es la luz verdadera que alumbra a todo hombre.

Pero el prólogo de Juan refleja también, por una parte, el drama de quienes no lo reciben y, por otra, la capacidad para vivir como hijos de Dios de parte de quienes lo acogen mediante la fe. Aceptar a Jesús como Palabra definitiva de Dios y como Hijo del mismo Dios, reconocer la divinidad en su humanidad es contemplar la gloria del Padre en el Hijo único, lleno de gracia y de verdad. Y de su plenitud recibimos los creyentes todo en la vida como una gracia. Por ello con María y como María en Navidad podemos experimentar todos los creyentes la gran alegría de sentirnos agraciados por estar unidos estrechamente unidos a Jesús, Hijo de Dios, Señor y Hermano nuestro.

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura