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REFLEXIÓN DOMINICAL: FELIZ AÑO 2013

“Aunque la higuera no echa yemas y las cepas no dan fruto, aunque el olivo se niega  a su tarea y los campos no dan cosechas…”, aunque el año 2012 haya dejado un lastre penoso en el orden económico, social y político, a escala nacional e internacional, con cortes y recortes, con corrupción e injusticia, aunque este año sea el 13, yo festejaré al Señor, gozando con Dios, mi Salvador. Siempre me ha llamado la atención el texto de Elie Wiesel sobre la verdadera alegría, cuando él estaba en el campo de concentración: “No hay mérito en danzar cuando todo marcha bien. Cuando las cosas marchan mal… Si nos falta la alegría, ¡hemos de crearla, hemos de extraerla de la nada! Que sea la ofrenda que hacemos a Dios: ¡Que sea Su fiesta, si no la nuestra”. Os deseo que esta sea nuestra alegría en el tránsito de un año a otro.

Con diferentes gestos, casi rituales, en la noche de fin de año muchos participamos casi ineludiblemente en algún tipo de fiesta para inaugurar el nuevo año. Comer, beber y compartir, brindar con uvas, con lentejas o con vino son gestos que pertenecen, sin duda, a los diferentes rituales básicos de la fiesta humana en todas las culturas. Si trascendemos los gestos primordiales podemos encontrarnos con el sentido del rito. Si nos emocionamos sólo con degustar comida y saborear el vino, con oír las campanas y con besar a otras personas, entonces es que los sentidos transmiten algo más y son como un rumor de ángeles, que nos anuncia la presencia de algo grandioso y estremecedor, permitiéndonos vislumbrar la alegría última y hacer fiesta por ella. Si en el monótono resonar de las horas marcando el paso inexorable del tiempo somos capaces de captar más bien por qué y por quién tañen las campanas, experimentaremos realmente la trascendencia del tiempo y su valor para el ser humano. Pero lejos de divinizar el tiempo y de concederle la potestad de marcar nuestro destino y nuestra suerte, hemos de valorarlo en su justa medida, conscientes de que su importancia radica en ofrecernos la posibilidad de crecer como personas con dignidad y en libertad, desarrollando nuestras capacidades espirituales y nuestras potencialidades personales en la construcción de un mundo más justo y en paz, sabiendo que el Señor del tiempo no es el hombre sino Dios.

La fiesta del año nuevo en el marco de la Navidad cristiana celebra, además, el nacimiento de Jesús como el comienzo de un nuevo tiempo y definitivo en la historia humana que viene marcado por la presencia en esta tierra de un Dios cuya Palabra se ha hecho Hombre (Jn 1,1-18). En Jesucristo el proyecto de Dios alcanzó su culminación en la historia. Desde Él, nuestro tiempo se mide de otro modo, y cada año, cada día, cada momento es tiempo de gracia. Con Jesús el tiempo Cronos pasó a ser Kairós. El tiempo cuantificable en horas, días y años, ha pasado a ser el tiempo cualitativamente distinto marcado por la gracia del Dios eterno y la ocasión propicia para vivir la más profunda identidad del ser humano. La sabiduría bíblica del Eclesiastés o Qohelet nos revela, además, que Dios “ha puesto la eternidad en el corazón del hombre” (Ecl 3,11), es decir, ha puesto el tiempo sin límites en esta vida terrestre, como un motor que hace que el ser humano siga siempre adelante en medio de los contratiempos de la vida. Jesús lo ha hecho posible al comunicarnos su mismo Espíritu eterno de amor, de cariño, de ternura y de perdón. Él nos hace nuevos a nosotros y por eso el tiempo puede ser siempre un año cualitativamente nuevo.

Pero en el primer día del año, la Iglesia celebra sobre todo la solemnidad de Santa María, Madre de Dios. Es una fiesta entrañable que permite profundizar el misterio de la Navidad desde la contemplación de la Virgen María. “Cuando se cumplió la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer” (Gál 4,4). Pablo resalta con una expresión solemne la importancia del momento al que alude. Es el tiempo que viene y el que se ha cumplido de parte de Dios. Y es que Dios ha enviado a su Hijo. No se trata de un hombre adoptado por Dios como hijo, sino del que ya existía. Y además de enviar al Hijo nos envía su Espíritu, el Espíritu del Hijo, para que los humanos seamos también hijos adoptados por Dios, y por ser tales, vivamos con la certeza de que somos herederos de las promesas y del favor de Dios y no sometidos a la ley, de que somos libres y no esclavos de ninguna ley.

El envío del Hijo no tiene aspecto glorioso sino humilde, y su humildad se refleja en dos rasgos esenciales, nacido de mujer y nacido bajo la ley. “Nacido de mujer” muestra la enorme fragilidad de este hijo, que según el Evangelio está recostado en un pesebre cuando lo adoran los pastores (Lc  2,15-21). Es el abajamiento del Hijo de Dios que se hizo pobre hasta ocupar un pesebre. Y además, como culmen de su abajamiento, está sometido a una ley externa. Paradójicamente este Hijo consigue resultados sumamente valiosos, pues rescata a los nacidos bajo la ley y convierte en Hijos de Dios a los nacidos de mujer. El rescate de la ley al sufrir por nosotros la pena de muerte injusta le llevó hasta la cruz, pero Jesús llevó a cabo esta liberación de modo que la muerte suya propició una vida nueva. Ese modo consistió en aceptar la muerte como entrega de la vida por amor (cf. Gál 2,20). Y desde entonces el amor es generador de una nueva vida. Para conseguir esto el Hijo de Dios nace de una mujer y no sólo rescata a los humanos sino que obtiene para todos la categoría de la filiación divina por adopción. La razón de todo es que Jesús fue concebido por obra del Espíritu Santo en el seno de la Virgen María (Mt 1,18; Lc 1,27.35) y por eso es Hijo de Dios e Hijo de una Mujer, María. Al darnos la adopción como hijos, cambia también nuestro corazón humano en todos nosotros, pues Dios interviene con su Espíritu comunicando nueva vida y haciéndonos partícipes de la vida nueva del Hijo Resucitado. Este Espíritu nos capacita para establecer una relación filial con Dios como la del Hijo, por el cual podemos llamar a Dios “Padre”. Ésta es la nueva identidad de los humanos que ya podemos vivir este gran misterio.

La Iglesia hace coincidir la celebración de estos misterios con el comienzo del año probablemente para destacar que cada año nuevo es una señal de la plenitud del tiempo que supuso el nacimiento de este Jesús, el Mesías de la Pascua e Hijo de Dios y de María, y de la repercusión que para la humanidad tiene tal misterio al transmitir a los seres humanos su mismo Espíritu de Hijo de Dios, de modo con el año nuevo vivamos una vida nueva y nos comportemos verdaderamente como hijos e hijas en el Hijo Jesús y experimentemos la grandeza del Padre al que ya tenemos un acceso irrevocable por aquel Hijo unigénito, el gran regalo de la Madre de Dios y del Padre por medio del Espíritu.

Feliz año 2013

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura