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REFLEXIÓN DOMINICAL: EL SEÑOR JESÚS, JUSTO E INOCENTE

El mundo ha quedado sorprendido otra vez por la decisión del papa Francisco de celebrar la misa de la Cena del Señor del próximo Jueves santo en la Institución Penal para Menores de Casal del Marmo y no en la basílica de San Juan de Letrán, como era habitual anteriormente. Me parece una forma magnífica de vivir la Pasión de Cristo según San Lucas. Reconocer a los inocentes y ponerse de parte de ellos, compartir con ellos la vida y la cruz, es lo que hizo con Jesús el que llamamos “buen ladrón”  y por ello éste aparece ante nosotros como ejemplo a imitar tras la lectura de la Pasión del domingo de Ramos. Los menores, todos los menores, incluso los que delinquen, en la perspectiva de la justicia de Dios son inocentes. Un menor que delinque es siempre una víctima, aun cuando desarrolle malas conductas, dignas siempre de toda reprobación. Pero un menor siempre es más inocente que culpable. Ponerse de parte de los menores es ponerse de parte de las víctimas y es anteponer el Reinado de Dios a cualquier otra realidad humana. Y esto es lo que creo que hace el papa Francisco con este gesto profético y discipular encomiable en el día de Jueves Santo. Algo semejante hizo el pasado año el Cardenal Julio Terrazas en Santa Cruz de la Sierra, cuando visitó el día del Viernes Santo nuestra casa de niños de la calle, Oikía, y otros hogares de menores que sufren como víctimas las consecuencias de los múltiples males de esta sociedad injusta. Alentados por estos ejemplos, nos disponemos a vivir con intensidad la Semana Santa.

El Domingo de Ramos al comienzo de la semana Santa ofrece dos motivos fundamentales para la celebración de la comunidad cristiana: la manifestación mesiánica de Jesús en las inmediaciones de Jerusalén y el gran relato bíblico de la Pasión, ambos tomados este año del evangelio de Lucas. En el primer relato, lejos de las categorías de triunfalismo y de exaltación del poder del supuesto mesías esperado por Israel, el evangelio de Lucas presenta a Jesús como Señor y como Mesías, pero de manera sorprendente. La soberanía de Jesús es la de la humildad y la sencillez. Su grandeza es la de ser servidor de los otros y su autoridad la del que va a ser crucificado para revelarnos dónde y cómo podemos encontrarnos con Dios en esta tierra.

Tampoco en Lucas hay una “entrada triunfal en Jerusalén”, sino un acercamiento mesiánico de Jesús, más bien dramático, a la ciudad, que le conducirá a la cruz, tras un conflicto de muerte. (Lc 19,29-40). El señorío real de Jesús queda patente ante los discípulos, que realizan su mandato de proporcionar un pollino para la realización de un gesto mesiánico simbólico de carácter profético (cf. Zac 9,9). La dignidad mesiánica se muestra cuando Jesús es entronizado como un rey sobre el pollino. Éste es un animal digno y majestuoso, pero a la vez sencillo, humilde y pacífico. El pollino no es tratado aquí como un animal de carga, sino como el que sirve para realzar la figura de Jesús. Pero no se trata de un caballo, poderoso y violento, como corresponde a los reyes de la tierra. Asimismo la manifestación popular entusiasta no consiste en un desfile militar sino en una alegría espontánea de seguidores, que esperan al que viene en nombre del Señor, pero incorporando la aclamación de Jesús como rey. En esa multitud de discípulos puede quedar representada la humanidad de los humildes y sencillos que, lejos del poder establecido, anhelan la llegada del Señor y Salvador, de un rey verdaderamente justo en quien se cumple el mensaje de los profetas y cuya gloria real no pueden sofocar los poderosos de este mundo. La multitud da gloria a Dios por todo lo que han visto en él. En realidad la escena no transcurre en Jerusalén sino en el monte que está enfrente de Jerusalén, más exactamente frente al templo. Y en confrontación con el templo es como se plantea el mesianismo de Jesús, el cual prosigue su recorrido hasta Jerusalén. Pero hay una escena lucana (Lc 19,41-44) que sigue a la lectura litúrgica, que es relevante para mostrar la compasión y la misericordia de Jesús hacia la ciudad. En el descenso del monte de los Olivos hasta el torrente Cedrón, para subir a Jerusalén, desde un punto panorámico de extraordinaria belleza, Jesús, al contemplar la ciudad… lloró por ella, porque no reconoció el momento de su venida. Jesús empezó así su Pasión por Jerusalén, como el Mesías que ama a su pueblo, pero éste ni percibe ni valora lo que significa la visita de su Dios ni la forma en que ésta se ha realizado. Jerusalén no acepta a un Dios justo y misericordioso cuyo Rey es este Jesús que contemplamos en la narración de la Pasión, como víctima justa e inocente. Por eso lloró Jesús, no por sí mismo, ni por lo que se le venía encima, sino por su gente y su perdición. Después Jesús entró en el templo de Jerusalén y realizó la acción profética de la purificación del templo como expresión de la necesidad de un cambio total de orientación en la vida religiosa de su pueblo.

El relato de la Pasión en Lucas revela la tensión dramática de todos los Evangelios. Sus temas fundamentales son también la identidad de Jesús y el templo, cuyo velo, desgarrado en dos antes de la muerte de Jesús, muestra la ineficacia y caducidad de dicha institución religiosa para seguir representando el espacio de la presencia de Dios en esta tierra. Acerca de la identidad de Jesús queda patente que es Mesías e Hijo de Dios. Pero Lucas pone un énfasis especial al destacar al Señor como Justo por antonomasia. De ahí los múltiples lugares donde se resalta la inocencia de Jesús. Pilato lo prueba y lo comprueba hasta decidir su liberación. Las palabras del centurión pagano al pie de la cruz constituyen la revelación más solemne de todo el evangelio de Lucas: “Realmente este hombre era justo” (Lc 23,47). El paso decisivo para convertirse en discípulo de Jesús es hacer lo mismo que hizo el buen ladrón estando ya en la cruz: reconocer la propia culpa y proclamar la inocencia de Jesús poniéndose a favor de él como víctima injusta. Para tener parte en el Reino es preciso ponerse de parte de las víctimas, por el mero hecho de ser tales, como había hecho Jesús con la adúltera. Jesús está en la cruz y es el Rey justo, porque es el Señor de la misericordia. Al contemplar tal misterio la multitud se convierte a Dios. Sólo con esta concentración de la mirada hacia Jesús en la cruz y, con él, hacia todas las víctimas de la injusticia y los sufrientes de este mundo, se producirá  en nosotros la auténtica conversión y el verdadero cambio de mentalidad y de comprensión del Mesías que nos pedía el evangelio al principio de la Cuaresma.

Jesús ha sido entronizado y aclamado como rey, pero él viene en nombre del Señor. No nos equivoquemos de reino. Este rey es el hombre inocente y justo, Jesús en la cruz, que, en medio del espectáculo inhumano, violento e injusto, consuma su fidelidad al Padre, su entrega definitiva realizada ya por él en Getsemaní. Getsemaní es el momento de su Pasión interior, es la gran tensión dramática de Lucas. Jesús se abre en oración intensa al Espíritu de Dios y allí es donde asume la voluntad del Padre de que en él se realice el plan de salvación mediante el amor misericordioso que toma cuerpo en su cuerpo inocente, entregado por todos como expresión de la Nueva Alianza de Dios con la humanidad. A partir de Getsemaní Jesús va como un Señor hacia la Cruz. En Lucas el drama del proceso se ha transformado en una presentación ejemplar de Jesús como maestro de bondad, de inocencia y de justicia y es el Señor que da el gran ejemplo de la entrega de la vida para todo discípulo.

Otras dos notas pueden caracterizar la lectura de la Pasión de Lucas. La relación de Jesús con el Padre y con la diversidad de personajes del relato. La oración, como vivencia fundamental de Jesús desde su vinculación y relación íntima con el Padre, transforma en sacrificio eucarístico el sufrimiento de su cuerpo, convirtiendo en proceso de vida el proceso de muerte al que está sometido. Desde la oración confiada al Padre, la cruz será el nuevo templo y el nuevo altar de la relación con Dios. El crucificado consuma el amor de la misericordia en su oración y transforma el odio en perdón: De sus palabras “Padre, perdónalos pues no saben lo que hacen” (Lc 23,34) recibimos la capacidad para perdonar, incluso a los enemigos, y también la audacia para proclamar siempre la verdad. En las dirigidas al buen ladrón “De veras te digo: Hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23,43) percibimos la salvación que lleva consigo la defensa de las víctimas inocentes, el apoyo a la causa de los justos y el reconocimiento de la propia culpa. Jesús hace de la solidaridad con las víctimas y con los crucificados del mundo la más viva e inmediata expresión de la participación en su Reino. Y a punto de morir en la cruz, podemos percibir que Jesús ha transformado ya la muerte en vida y, más allá del carácter dramático, los discípulos percibimos la serenidad y la paz de Cristo por su misión bien cumplida, la de anunciar el Reino de Dios y su misericordia, que le permite decir finalmente “Padre, a tus manos, encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46).

En el relato lucano de la Pasión aparecen muchos más personajes que en otros evangelios, y todos se retratan tomando diferentes posturas ante el inocente cuya bondad desenmascara toda hipocresía. Ellos pueden servirnos de referencia para nuestra meditación en la Semana Santa. En nuestra relación con Jesús y en la vivencia del vía crucis de este mundo, ante la multitud de víctimas inocentes en esta tierra, sabiendo que la persona de Jesús con su palabra, su mirada o su presencia siempre nos interpela, podríamos preguntarnos a qué personaje o personajes de la Pasión nos parecemos más:
¿A Judas el traidor interesado? ¿A Pedro, el fanfarrón y después arrepentido?
¿Al que se beneficia de la bondad de Jesús, sin respuesta personal alguna, como el desorejado y curado?
¿A los dirigentes religiosos del entorno del templo, a los que les estorba este tipo de Mesías, justo e inocente, y servidor de todos?
¿A Pilato, el político populista, que traiciona la verdad? ¿A Herodes, el curioso y superficial?
¿A las mujeres piadosas y sentimentalistas, pero inconscientes de los dramas de sus hijos?
¿Al pecador, arrepentido, digno y solidario, como el buen ladrón?
¿Al condenado insolente que se burla como todos los demás?
¿Al que ayuda a llevar la cruz de los otros, como el Cireneo?
¿A la multitud impersonal, convertida en masa, la mayoría manipulada por los poderosos de turno?
¿A la persona que, como el centurión, abre los ojos para contemplar en profundidad lo que realmente está pasando en la cruz?
¿A las mujeres discípulas que siguen allí presentes, hasta el final, acompañando a Jesús incluso cuando ya está muerto?
¿O a Jesús, que vive el sufrimiento como entrega en el amor a la voluntad de Dios haciendo siempre el bien al prójimo samaritano?
Y finalmente ¿en qué debo cambiar yo para ser un verdadero discípulo de Jesús?
           
José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura.