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REFLEXIÓN DOMINICAL: EL ESPÍRITU DE LA VERDAD

En Pentecostés la Iglesia celebra la venida del Espíritu Santo sobre los testigos del acontecimiento trascendental de la historia de la humanidad, que ha tenido lugar en la persona y en el misterio de Jesús de Nazaret. Su muerte en la cruz y las causas históricas que la propiciaron así como la primicia de su resurrección de entre los muertos y el valor salvífico de la misma para todo ser humano constituyen el núcleo esencial del Evangelio y el germen de la nueva humanidad. Los testigos de tan grandes acontecimientos recibieron de Jesús su Espíritu, su ímpetu, su aliento y su fuerza para transmitir por toda la tierra la gran noticia del evangelio, proclamando la más profunda verdad del ser humano, a saber, que todos somos hijos de Dios y, por tanto, que estamos llamados a vivir en auténtica fraternidad.

La Biblia relata el misterio de la venida del Espíritu en dos versiones diferentes. El texto lucano de los Hechos de los Apóstoles (Hch 2,1-13) lo presenta en el día de Pentecostés como una manifestación portentosa de Dios, con los elementos simbólicos del viento, del ruido y del fuego, signos de la potencia divina, que impulsa al testimonio de fe en la diversidad de lenguas. Esa misma diversidad de dones que emanan de un mismo Espíritu de amor es destacada por Pablo (1 Cor 12,1-31) poniendo de relieve el valor de la pluralidad de los miembros y funciones de la comunidad cristiana edificada por el amor. La efusión del Espíritu según el cuarto evangelio (Jn 20,19-23) se presenta de un modo más personal. Es el mismo Jesús resucitado, inconfundible por las señales propias del crucificado, el que exhala sobre los discípulos su aliento y su Espíritu, de modo que éstos sean receptores y, a la vez, testigos de la paz, de la alegría y del perdón en el mundo.

En el evangelio de Juan de este año en el día de Pentecostés (Jn 15 26-27; 16,12-15) el Espíritu se define como el “Espíritu de la verdad” que nos llevará hasta la verdad plena (Jn 16,13). En domingos anteriores reflexionábamos sobre la verdad en el Evangelio y decíamos que en Juan convergen dos concepciones diferentes de la verdad, una de origen griego, en la que prevalece el sentido etimológico de aletheia como realidad oculta que se desvela y se revela, y otra procedente de la palabra hebrea emet (de la misma raíz que amén), en la que confluyen la firmeza, la fidelidad, la confianza y la lealtad. En la búsqueda de la verdad hasta llegar a su conocimiento se requiere humildad, valor y agudeza espiritual. Eso es lo que nos proporciona el Espíritu Santo, que es el Espíritu de la verdad. Caminar según el Espíritu nos lleva a vivir en la búsqueda humilde y permanente de la verdad y a comprometernos seriamente con el desenmascaramiento de las mentiras de la realidad humana del momento presente.

El Espíritu que viene sobre nosotros, como vino sobre los primeros creyentes, irrumpe en el mundo y lo podemos sentir como viento fuerte, como ruido impetuoso, como fuego abrasador, que nos saca de la inercia anodina de la pasividad, del indiferentismo, de la abulia colectiva, del miedo paralizante, de la desidia y de la resignación ante el mal imperante. Ante la impotencia que parece provocar en nosotros el mal en sus múltiples manifestaciones, el del narcotráfico y su mafia que aniquila a tantos jóvenes, el de la corrupción que destruye la dignidad y la credibilidad de las personas e instituciones, el del interés meramente económico monopolizado por las minorías pudientes del planeta, ahora ocultas bajo el nombre fantasmagórico de “mercado”, como si fuera el dios más absoluto, el de la violencia estructural tanto del sistema social como de la inseguridad ciudadana, el de la carencia de trabajo para tantas personas, es posible esperar al Espíritu de la vida que viene también hoy a comunicar sus dones y ponerlos a nuestro alcance y al alcance de todos. 

Esos dones del Espíritu Santo son siete, según la tradición profética (cf. Is 11, 1-2): sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Todos ellos pertenecen en plenitud al Mesías. Y por ello Jesús, el Mesías crucificado y Señor de la historia, puede comunicarlos a sus hermanos y lo hace en este día de Pentecostés. Esos dones deben producir  en nosotros los frutos que le son propios: caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad (cf. Gá 5,22-23).  La presencia de la Virgen María, madre de Jesús (Hch 1,14) y madre nuestra, al principio de los Hechos de los Apóstoles, la hace partícipe del nacimiento de la Iglesia, que es la continuadora de la misión del Espíritu del Resucitado a lo largo de la historia humana. Ella es como la garantía del Espíritu transformador de los corazones y el aval de la gracia sobreabundante en la vida humana y en la Iglesia.

Por eso el Espíritu de Pentecostés, que es el Espíritu del Resucitado comunicado a la humanidad es el Espíritu “Paráclito” (Jn 14,16.26), el invocado como verdadero consuelo del ser humano, abogado permanente de los pecadores y mediador silencioso del perdón que transforma el corazón humano. Y en esa experiencia profunda anida la más profunda alegría del Espíritu.

En España felicitamos particularmente a los sacerdotes y religiosas que, fieles al Evangelio y movidos por el Espíritu de Dios, se han pronunciado en Murcia a favor de los desahuciados por el sistema económico despiadado y por sus agentes, se han manifestado en contra de los desahucios injustos, aunque sean legales, y dan testimonio de la verdad rebelándose contra la dictadura internacional de los mercados, que sigue generando miedo, paro, pobreza, y mucho dolor en las familias.

En la Misión permanente de la Iglesia Latinoamericana necesitamos también un Pentecostés permanente, para que el Espíritu impulse al testimonio de la vida en el amor a todos  los creyentes, de modo que seamos testigos comprometidos de la verdad, de la libertad y de la justicia, que son los valores que conducen a la verdadera paz; que el Espíritu infunda inteligencia y sabiduría para gobernar a los responsables políticos y sociales de nuestros países, y a todos nos de la capacidad para vivir en la verdad y en el perdón, que son fuentes de alegría y de consuelo en la vida humana.

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura