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Reflexión dominical: El crecimiento del Reino de Dios

Al comienzo del Evangelio de Marcos, éste presenta claves fundamentales para la lectura de su obra: “Jesús fue predicando el Evangelio de Dios y diciendo: Se ha cumplido el plazo y se ha acercado el Reino de Dios; conviértanse y crean en el Evangelio” (Mc 1,14-15). El mensaje inicial de Jesús tiene un doble contenido. Un anuncio y un mandato. Primeramente su predicación consiste en el anuncio de una realidad inminente y gratuita, la cercanía del Reino de Dios, cuya llegada próxima es un hecho irreversible y definitivo. En segundo lugar, su predicación insta a todos sus seguidores, tanto a los oyentes contemporáneos suyos como a los lectores del evangelio a lo largo de la historia, a la auténtica conversión, especificando que ésta consiste en un cambio de mentalidad para orientar la vida y la conducta según el Evangelio.

El anuncio del Reino, como don imparable de parte de Dios, es una realidad viva y dinámica, que nada ni nadie puede detener. Su definitiva proximidad es una propuesta abierta y universal para que la humanidad participe en la salvación que Dios le ofrece. Pero el evangelio no dice qué es el Reino, ni dónde está, ni en qué consiste. En todo caso es algo que viene dado por Dios, pues se trata de una realidad que tiene en él su origen. Del contexto inmediato posterior se puede deducir que el Reino está vinculado a la actividad liberadora de Jesús, desarrollada sobre todo en Cafarnaún, en favor de los oprimidos y excluidos, de los enfermos y marginados y en abierta oposición a las instituciones religiosas de su tiempo. La autoridad de Jesús puesta al servicio del hombre anula el poder de los dirigentes de la sinagoga y antepone la atención al ser humano necesitado respecto al respeto del día del sábado. Ese dinamismo liberador del hombre respecto a cualquier estructura opresora fue iniciado con la actuación de Jesús y es la fuerza imparable del Reino de Dios, que, como una semilla diminuta, va creciendo y desarrollándose en la historia sin que nadie sepa cómo.

A esto se dedican las dos parábolas del evangelio de hoy. Son las parábolas de las semillas (Mc 4,26-34; Mt 13,24-32; Lc 13,18-19) las cuales revelan que el dinamismo imparable del Reino de Dios en esta tierra es un misterio paradójico. Cuando Jesús habla del Reino no dice en qué consiste sino a qué se parece. Se trata de algo muy pequeño, sencillo, apenas perceptible…, pero es una realidad preñada de vida, con potencia para crecer, cuyos frutos se perciben en el momento oportuno, pero no de manera inmediata. El Reino de Dios es un misterio de vida y de crecimiento, como una semilla que crece, sin que nadie sepa exactamente cómo, hasta hacerse como una espiga o como un árbol frondoso en cuyas ramas anidan los pájaros. El contraste entre el comienzo débil y el magnífico resultado final es lo que subrayan la parábola sinóptica del grano de mostaza y la marcana de la espiga.

La acción del Espíritu en el ser humano es también así. Es real, pero imperceptible, potente, pero sin triunfalismos, con futuro, pero no siempre inmediato. Nuestra vida es frágil, corta, diminuta, pero está llena de una vida densa con proyección de futuro y con destino fructífero. La vida del Espíritu a través de la Palabra en nosotros es la semilla del Reino. La vida histórica de una persona forma parte de ese comienzo del Reino en nosotros, pero no es todavía su final, pues éste trasciende esta vida terrena y llega hasta la vida eterna. La parábola suscita así la confianza plena en Dios, la esperanza en la transformación del corazón humano y en el cambio del mundo y la apertura del Reino a todas las gentes, representadas en los pájaros que vienen a anidar.
La lectura de la segunda carta a los Corintios (2 Cor 5,6-10) subraya la dimensión de la confianza en Dios que nace de la fe y que interpela sobre la responsabilidad personal en la vida cristiana. El reinado de Dios en la vida humana crece día a día, tal vez a un ritmo más lento del que podemos imaginar, pero lo cierto desde la palabra de Dios es que el Reino, el Evangelio y el Espíritu de Cristo en nosotros darán su fruto. Así mismo el texto de Ezequiel (Ez 17,22-24) subraya la idea de la paradoja evangélica con una imagen semejante, la de que los árboles humildes serán ensalzados y los secos florecerán.

El mismo Jesús se presenta como el mensajero que proclama que el Reino de Dios ya está llegando en la humildad de su persona y a través de su misión que culmina en la entrega de la vida en la cruz. Jesús es el evangelizador, él mismo y su actividad son el Evangelio (8,35; 10,29) y creer en el evangelio es lo mismo que creer en Jesús (1,15) y creer que él es el Mesías que en la debilidad de la muerte revela al Hijo de Dios (Mc 15,39). Creer que la cruz es el camino para seguir las huellas de Jesús y que en el amor que ella manifiesta se da la manifestación irreversible del Reino de Dios es confiar en Dios y dejar que su Reinado se haga realidad en nuestras vidas.

Con todo ello el mensaje de la palabra de Dios comunica la fuerza imparable del Reinado de Dios, que a partir de lo diminuto e insignificante se convertirá en un árbol frondoso o en una espiga madura para la siega, pues lo que Dios dice lo hace. De este modo la palabra infunde ánimo y esperanza, confianza y seguridad a toda la comunidad cristiana.

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura