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Reflexión dominical: El Corpus Christi contra la lógica del descarte

En el día del Corpus la comunidad eclesial concentra su atención en la contemplación del misterio entrañable de la tradición cristiana que arranca de la noche misma en que Jesús fue entregado en la víspera de su muerte: la Eucaristía como cena del Señor. En este día la Iglesia se remonta a lo más prístino de su historia para poner de relieve y manifestar públicamente en las calles de nuestros pueblos y ciudades que la Eucaristía es el misterio de nuestra fe y la cumbre y la fuente de toda su actividad. En ella la Iglesia celebra la presencia viva del Señor Jesús, muerto y resucitado, en el pan partido. Precisamente con este lema, “Pan partido para la vida del mundo”, se celebró en Bolivia (en Tarija) el pasado mes de Septiembre de 2015 el último Congreso Eucarístico Nacional. Con estas palabras de Benedicto XVI se nos quería hacer conscientes de que la identidad de Cristo en la Eucaristía es el núcleo de nuestra vocación cristiana. El papa Francisco en la misa de inauguración de dicho congreso también ratificó esta vocación cristiana al decirnos en su homilía sobre el segundo relato marcano del reparto de pan entre la multitud «No es necesario excluir a nadie, no es necesario que nadie se vaya, basta de descartes, denles ustedes de comer [….] Una actitud en tres palabras, toma un poco de pan y unos peces, los bendice, los parte y entrega para que los discípulos lo compartan con los demás. Y este es el camino del milagro. Ciertamente no es magia o idolatría. Jesús, por medio de estas tres acciones logra transformar una lógica del descarte, en una lógica de comunión, en una lógica de comunidad».

Los gestos y las palabras sobre el pan y la copa están contenidos en los relatos bíblicos de la cena pascual (1 Cor 11,23-26 y Lc 22,15-20; Mc 14,22-25 y Mt 26,26-29), de los cuales quisiera resaltar dos aspectos comunes: el gesto de partir el pan y las palabras de Jesús sobre el pan. La convergencia de todas las versiones neotestamentarias permite reconocer como gesto unánime de Jesús que él “partió el pan” que había tomado y lo acompañó con las palabras: “Esto es mi cuerpo”. La relevancia del gesto de “partir” (en griego klao) es trascendental. Cuando Jesús partió el pan lo vinculó estrechamente a su trayectoria de amor y de servicio que culminó con su muerte injusta y violenta en la cruz. Sobre este pan troceado es sobre el que Jesús declara esas palabras: “Esto es mi cuerpo”. Ese pan, ya partido, prefigura lo que será su muerte como expresión de la vida que se entrega por amor. El pan partido es palabra que revela el amor hasta la muerte de Jesús. Es sacramento que transparenta y hace visible aquel amor. Es cuerpo que suscita en los quienes lo comparten el dinamismo existencial de la entrega de la vida por el prójimo. Jesús hace de aquel momento el signo fundamental de su existencia. Su fuerza simbólica fue percibida desde el principio por sus discípulos y se convirtió en el memorial del amor sacrificial de Cristo, en anuncio de su resurrección de la muerte, en expresión de la comunión fraterna y solidaria entre los creyentes y en signo por excelencia del Reino de Dios.

El pan partido está asociado al cuerpo roto del crucificado. Por eso todo cuerpo roto de este mundo se concita en el pan eucarístico. Cuando hoy la comunidad cristiana expresa su veneración del pan partido debe renovar también su consagración a los cuerpos rotos por la enfermedad o por la violencia, por la injusticia y por la desigualdad. Por eso vayan desde aquí nuestro apoyo, solidaridad y ánimo a nuestro amigo Joaquín Sánchez, el cura de la plataforma contra los desahucios, y a los veintiocho encausados más, que el próximo martes se enfrentan en España a un juicio llevado adelante por un banco, por haber defendido la causa de los descartados y desahuciados. También ellos, los desahuciados y los encausados, son Corpus Christi, que transforma la lógica del descarte en lógica de comunión solidaria.

En España se celebra en domingo el día del Corpus, pero para los que ya lo celebramos el jueves pasado, las lecturas bíblicas del domingo corresponden a las del noveno del tiempo ordinario (1 Re 8, 41-43; Ga 1,1-2.6-10; Lc 7, 1-10), las cuales contienen sobre todo un mensaje de universalidad de la salvación, el que Jesucristo con su persona y con su Evangelio comunica como Señor de la vida para todo el que cree, independientemente de su origen o pertenencia étnica o nacional.

En el primer libro de los Reyes el templo, construido por Salomón, no es sólo un santuario religioso para los israelitas sino para todos los pueblos, también para los extranjeros. San Pablo pone en el centro de su predicación el Evangelio de Cristo, muerto y resucitado y se enoja con los cristianos de Galacia por irse fácilmente detrás de otros “superapóstoles” judaizantes, que han pretendido deslegitimar la evangelización paulina, también universalista, que ha roto la barrera del judaísmo y se ha abierto a la misión entre los extranjeros no judíos, a los cuales no hay que imponer ninguna de las cargas leguleyas de la religión judía, pues para vivir en libertad Cristo nos ha liberado. Pablo arremete contra esos judaizantes y contra los gálatas que se dejan engañar por cualquier doctrina que no tenga su centro en el Evangelio, es decir en el anuncio de Cristo crucificado y resucitado, como dinamismo transformador de la existencia humana.

El evangelio de Lucas, universalista por antonomasia, relata un milagro de mediación, que pone de manifiesto la fe del centurión romano de Cafarnaún con su súplica confiada en el Señor Jesús. A través de esta fe se hace posible la curación y la salvación del niño por el que se intercedía. Jesús ha visto en este hombre más que en ningún israelita y por eso ha sido posible un milagro. La oración del Centurión es la misma que nosotros hacemos antes de recibir la comunión en la misa y pone de manifiesto confianza en la fuerza profética y salvífica de la palabra de Jesús. A esa misma confianza en Cristo estamos todos llamados todos los creyentes, que hemos de centrar nuestra atención siempre en el Evangelio para experimentar nosotros mismos la alegría de la salvación y ser mediadores de la vida de Cristo ante las necesidades de nuestros hermanos, superando toda barrera ideológica, étnica o nacionalista.

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura