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REFLEXIÓN DOMINICAL: DISCÍPULOS DEL CRUCIFICADO RESUCITADO

La comunidad cristiana vive exultante especialmente en este tiempo de Pascua la mayor de las alegrías que el ser humano podía recibir: La buena noticia de que Jesucristo ha resucitado. En los diversos relatos evangélicos de las apariciones del Resucitado se muestra que no se trata de visiones subjetivas de quienes las experimentan sino de vivencias extraordinarias de testigos a quienes se presenta el mismo Jesús después de resucitar de la muerte. No se trata de un fantasma sino de una persona real, cuya identidad es la misma, pero ahora definitivamente transfigurada por la Resurrección.

El relato de la doble aparición del Resucitado a los discípulos y a Tomás en el cuarto evangelio (Jn 20,19-31) subraya la identidad del crucificado y resucitado, destaca la donación del Espíritu del Resucitado a los apóstoles y resalta que el medio adecuado para comunicar la fe en el Resucitado es el testimonio y la palabra. La victoria sobre la muerte y sobre el mal es el comienzo de la nueva creación. Es la intervención definitiva de Dios en la historia suscitando con Cristo una nueva humanidad. Este motivo de inmensa alegría abre un horizonte inaudito de esperanza para la vida humana, pero podría ser mera ilusión o fantasía si no fuera porque va íntimamente vinculado a una historia singular de esta tierra, a una persona que lleva en su cuerpo las marcas indelebles del sufrimiento por amar a los demás hasta el extremo de dar la vida. El realismo de la muerte violenta e injusta sufrida por Jesús como víctima de los poderes de este mundo ha dejado la huella imborrable de la limitación humana en aquel cuyo amor ha traspasado definitivamente el límite en virtud de su apertura al Espíritu transformador de Dios. La losa del sepulcro ha sido removida desde las entrañas de la tierra. La muerte ha sido vencida desde dentro.

Desde entonces, este Jesús, Señor de la muerte y la vida, sigue dando su aliento de vida, soplando su fuerza de amor e infundiendo su Espíritu divino a la humanidad entera. Juan cuenta la comunicación del Espíritu por parte de Jesús como un nuevo aliento, una nueva atmósfera, un nuevo brío: “Recibid Espíritu santo”. La resurrección de Cristo es el acontecimiento decisivo de transformación del ser humano en su proceso evolutivo filogenético, pues el Espíritu de Cristo dan un nuevo vigor al ser humano, que quiera recibirlo. En el segundo relato de la creación del libro del Génesis (Gn 2, 4-25) se cuenta que el hombre recibió el aliento de Dios y se convirtió en ser vivo. De modo semejante, en la nueva creación el ser humano recibe el aliento de Jesús y se convierte en Hombre Nuevo. Este cambio cualitativo en el hombre es un fenómeno del Espíritu que resucitó a Jesús de entre los muertos, y que ha convulsionado la tierra entera difundiendo por doquier la potencia de su amor. Este Espíritu se hace presente en la historia de modo singular como palabra generadora de vida nueva. La palabra es soplo, aliento, aire y espíritu articulado, cuya potencia es vital. Pero Jesús lo sigue haciendo desde dentro de la historia, en medio del sufrimiento y de la injusticia de la vida humana, a través de la palabra y del testimonio de los creyentes. Creer en el resucitado es seguir al crucificado y reconocer al Jesús de la cruz como Mesías, Señor e Hijo de Dios. Esta fe genera un nuevo estilo de vida que supera todos los miedos y se nutre continuamente de los dones del Espíritu: la paz verdadera y la alegría plena. La efusión del Espíritu según el cuarto evangelio acontece el mismo día de la resurrección y se presenta de un modo muy personal. Es el mismo Jesús resucitado, inconfundible por las señales propias de su crucifixión en las manos y el costado, el que exhala sobre los discípulos su aliento y su Espíritu, de modo que éstos sean receptores y, a la vez, testigos de la paz, de la alegría y del perdón en el mundo.

Estos tres dones capitales del Espíritu del Resucitado constituyen valores esenciales del hombre nuevo pues el perdón es la vivencia espiritual realmente regeneradora de la humanidad en todos sus ámbitos, ya que es la experiencia rehabilitadora del corazón humano. Y desde esta experiencia será posible la paz y la alegría verdaderas. La paz personal de la vida interior como acción eficaz del Espíritu en cada cual nace de la vivencia profunda y permanente del perdón de Dios.

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura