Análisis

¡QUÉ HERMOSO SERÍA!

Cuando el arzobispo de El Alto, monseñor Jesús Juárez, dijo hace algunos días: “¡Qué hermoso sería que el presidente Evo fuera al encuentro de los marchistas indígenas de Beni y dialogara con ellos hasta solucionar el conflicto!”, pregunté a mi comadre Macacha con mi habitual inocencia si nuestro presidente habrá escuchado ese buen deseo del pastor alteño formulado en nombre del Episcopado boliviano.

La astuta cholita cochabambina me miró compasivamente y me dijo: “¡Ay, compadre! Hasta cuándo seguirá siendo usted tan ‘coxuater’? Claro que nuestro presidente ha escuchado el sabio y pacífico deseo del obispo alteño, pero aquel ha preferido hacerse al ‘k’assa’ y ha dicho: ‘No se oye, tata’, lo que equivale a la voz aimara ‘janiwa’, que es un no más rotundo que el ‘niet’ de los rusos en épocas del socialismo en la Unión Soviética”. Fue así que admiré una vez más la sagacidad de la cochabambina.

Algo desalentado a raíz de la sordera súbita de nuestro presidente, dije a mi comadre que la Iglesia, que es sabia, no podría aconsejar mal a nuestro mandatario en un asunto tan importante para Bolivia, como es la construcción de una carretera que unirá Cochabamba con Beni sin dejar de respetar los derechos de los indígenas benianos y que para lograr ese propósito, Evo debería dialogar con los marchistas de ese departamento.

Sin dejar de pelar unas papas para nuestro almuerzo, Macacha me respondió con su sabia letanía: “No se oye, tata” y continuó su labor de culinaria.

Fastidiado con la sordera de la cochabambina, levanté algo mi voz para manifestarle otro argumento. “¿Es que todo el país está conmovido por el fallecimiento de algunos niños que marchaban junto a sus padres en esta movilización de todo un pueblo en defensa de un territorio que consideran suyo? ¿No le conmueve, comadre, la muerte de esos niños, cuya desaparición me estremece porque soy padre y abuelo?”.
Se me quebró la voz, pero me contuve de lagrimear para no parecerme a esa cholita cochabambina que me demostraba conocer mejor que yo a nuestro presidente Evo. Macacha, sin dejar su labor de cocinera, me miró sobradoramente y fríamente me respondió, como diría Evo: “No se oye, tata”.

Apelando a mis últimas fuerzas manifesté a mi comadre: “¿No le parece, comadrita, que es una barbaridad que los colaboradores del presidente Evo hubieran rechazado toda mediación de Naciones Unidas, de Derechos Humanos y del Defensor del Pueblo, acusando a estas instituciones de estar al lado de los marchistas benianos? ¿Le parece tal actitud inteligente y honesta?”.

Mi comadre Macacha me amenazó con el amasador que tenía en la mano y dijo contundentemente: “No se oye, tata”.