Análisis

PLAZA BARTOLINA SISA

Mientras alistábamos nuestras pilchas para viajar a Cochabamba y Santa Cruz, que celebrarán pronto sus efemérides locales, mi pariente espiritual Macacha paró las orejas, aumentó el volumen de la radio y me dijo: “¡Alto, compadre!, porque el Evo está relatando la trágica muerte de Bartolina Sisa producida hace 229 años”.
Conocedor de ese sangriento episodio, atendí el pedido de mi comadre cochabambina, sobre todo porque me expresó: “¡Alto, compadre!”, piropazo que me obligó al agradecimiento y a ponerme de puntillas para no desmentirla groseramente.

Entonces escuché el relato presidencial de aquel trágico hecho dispuesto por las autoridades coloniales de entonces a causa del levantamiento indígena de Tupac Katari, de quien el presidente Evo se considera bisnieto tercero en línea directa.

Sin embargo, el relato presidencial me conmovió y me comprometió a estudiar la genealogía de dichos personajes para conocer el momento del entronque entre los Morales (apellido español) y los Katari, de raíz indiscutiblemente aimara.

Mi comadre Macacha no desaprovechó la oportunidad para derramar unas lágrimas al recordarse el holocausto de Bartolina Sisa, abrazándola reverentemente y diciéndole a manera de consuelo que si hace 229 años murió Bartolina Sisa, hoy, en 2011, hay centenares de mujeres indígenas llamadas Bartolinas en recuerdo de aquella y que son un fuerte apoyo de nuestro presidente Evo, ya que son valerosas y bien organizadas. En una de las orejas de Macacha expresé: ¡Loor a las Bartolinas de 2011!”, palabras que agradeció.
Todo iba como miel sobre hojuelas hasta que el orureño Evo Morales, actual inquilino de Palacio de Gobierno, situado en la plaza Murillo, agravió sin motivo a todos los paceños diciendo: “Si bien el nombre legal de la plaza paceña es plaza Murillo, su nombre legítimo es Bartolina Sisa”. A mi comadre Macacha le parecía una barbaridad agraviar al protomártir de la independencia de Bolivia para rendir homenaje a una valerosa indígena insurrecta, meritoria –es cierto– pero no más ni menos que ese genial mestizo paceño, primer presidente de la Junta Tuitiva de 1809.
Al verme indignado y caliente por vez primera, mi pariente espiritual se asustó y trató de disculpar al presidente orureño, que así –sin necesidad– agravió al genial mestizo cuyo monumento y nuestra plaza principal le honran con toda justicia.

Quiso darme de beber un matecito de toronjil al ver que mi corazón mostraba ritmos alterados, pero no le acepté porque quería continuar indignado para escribir esta crónica, seguro de que ni el gobernador paceño César Cocarico ni el alcalde Luis Revilla dirían una sola palabra de protesta por el agravio innecesario inferido a ese mestizo genial que murió ahorcado por las autoridades coloniales españolas.