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Padre e hijo son ordenados Diáconos el mismo día

Fue la primera vez que Mons. David L. Ricken, DD, JCL, Obispo de Green Bay Wisconsin ordenaba diáconos a un papá y a su hijo en la misma ceremonia. Incluso ninguno de los presentes recordaba que algo semejante se hubiera presentado en la diócesis.

El pasado 7 de mayo, Mons. Ricken ordenó a David J. Parker como diaconado permanente de la diócesis, y también ordenó diácono, pero transitorio hacia el sacerdocio, a David J. Parker, Jr., LC. La ceremonia se llevó a cabo en la parroquia de la Asunción de la Virgen María en Pulaski, Wisconsin. El P. David Parker, LC, recibirá la ordenación sacerdotal en Roma, el próximo mes de diciembre.

La iglesia se llenó con la presencia de los amigos de la familia amigos y de la misma familia Parker que no son pocos. David viene de una familia de 12 hijos; el P. David, LC es uno de los siete hermanos. La mamá, Denise Parker, es hoy esposa de un diácono y madre de otro. Después de la ceremonia dijo de una manera espontánea que “Dios ha sido muy bueno con la familia”.

P. David Parker, LC comparte su historia vocacional: Una vocación nacida de una vocación

En 1981, un joven entró como postulante a la vida religiosa. A los pocos años vio que su vocación no era el sacerdocio ni la vida religiosa, y una vez fuera del seminario, llegó a conocer a su futura esposa con quien se casó en 1983. Como dato curioso y en tono de broma, la comunidad religiosa le dijo a la esposa: “ahora que usted tomó a uno de los nuestros, tiene que devolver uno de los suyos a la Iglesia”. Ese “uno” nacería después, en abril de 1984. La familia decidió encomendarse a la protección del Inmaculado Corazón de María. El 8 de diciembre, ellos y su bebé de 8 meses se pondrían bajo el cuidado amoroso y materno de María, consagrándose devotamente a su Corazón Inmaculado.

Podría decir que ese fue el comienzo de mi vocación, un acto de consagración a María. Conforme iba creciendo, mi abuela me enseñó a amar a María; me llevaba a su santuario desde los 5 años, para besar la cabeza de María y pedirle que estuviera siempre cerca de mí. Y María siempre ha estado cerca de mí.

Pero María también estaba cerca de otro hombre de la familia, mi padre. A lo largo de su matrimonio, su devoción a la Sma. Virgen le llevó a comprender que Dios todavía tenía algo más para él, y esta inquietud la vivía compartiéndola muy de cerca con mi madre. Recuerdo que mi padre nos hablaba, a mis hermanos, hermanas y a mí, de su deseo de servir a Dios como diácono. Y sí veíamos que nuestro Señor le brindó las cualidades para esta misión, especialmente la gracia de poder ofrecer consejo; pero con 6 niños pequeños en la casa, simplemente no podía dedicarse a esa misión particular por el momento. Sin embargo, su deseo de servir a Dios influyó mucho en mí. Además, mi madre nos mostraba constantemente lo que significaba mirar siempre por el bien de los demás, buscaba atender las necesidades de la familia y también de otras personas, en cualquier momento. Mis padres fueron una pieza clave para mi vocación.

A los 12 años, conocí al P. Juan Gabriel Guerra, LC que había ido a la casa de uno de mis tíos para dar un retiro a 20 de mis primos. Mi tía “Kitty” Zeik, que es miembro del Regnum Christi, invitó al P. Juan para dar ese retiro en Wisconsin. Fue a partir de ese momento que empecé a asistir a varios retiros en Edgerton, WI, donde los Legionarios colaboran con la escuela internacional llamada Oaklawn Academy. Durante 6 años estuve involucrado en actividades de los legionarios. Ingresé al ECYD, una organización católica internacional para adolescentes con el carisma del Regnum Christi, y ahí comencé a crecer en mi amistad con Jesús; fui también con los Legionarios a St. Louis y Atlanta para los encuentros de juventud y familia, y también visité en tres ocasiones su “seminario menor”, de la Inmaculada Concepción, en Nueva Hampshire. Durante muchos años ayudaba al P. Matthew Van Smoorenburg, LC y a otros legionarios que me brindaban formación espiritual (incluso uno de ellos era hijo de mi tía Kitty, Mateo, que en ese momento era seminarista legionario), ellos me enseñaron a amar a Cristo en la Eucaristía, a confiar mi vida a María, y a valorar la vida espiritual.

Pero hubo una piedra en el camino. Conforme avanzaba en la secundaria, me dejé conquistar por la gloria del mundo que me atrajo más y más. Armar un currículum para la universidad fue algo que captó mis esfuerzos totalmente: buscaba las menciones honoríficas, los patrocinios para los estudios, me dediqué al fútbol, me ejercitaba en el levantamiento de pesas, practicaba deportes de velocidad, hice rugby, me metí a actividades extracurriculares, incluso me llegué a involucrar en elecciones estudiantil para ocupar cargos. Llenaba mi currículum pero vaciaba del verdadero sentido mis acciones – del mayor honor y gloria a Dios. Mi padre vio cómo tomaba el camino cuesta abajo. Un día, me quejé con mi papá de que nada me estaba saliendo bien, nada salía conforme a mis planes. Su respuesta fue contundente: “Hijo, ven a mi habitación”, y cerró la puerta. Fue algo semejante al día en que me sentó en su cama para decirme que Santa Claus… bueno, lo que ya sabemos los adultos; pero ahora, 12 años más tarde, me dijo: “Hijo, no seas ridículo. ¿Cuándo fue la última vez que confiaste en Dios, o acaso tus mejores esfuerzos no son suficientes para Él?”. Impactado, no le pude contestar, y esas palabras me marcarían como fuego el resto de mi vida. Nuestro Señor no había terminado con mi padre, sus sabias palabras serían una señal de cómo Dios lo guiaría a ayudar a los demás en sus trabajos y en sus hogares. Todavía estaba en su mente y en su corazón el deseo de ser diácono.

Después de esa plática con mi padre, mi vida cambió. Me invadió una inmensa alegría, y volví a Dios, retomé algunas buenas amistades que había dejado de frecuentar por mi egoísmo. Dios seguía llamando a mi puerta, y esta vez a través del P. Chad Wahl, LC quien de vez en cuando preguntaba por mí (yo había ignorado sus llamadas durante casi año y medio), el padre me pidió que le ayudara con un retiro en Edgerton. Fui con un poco de reserva, y al llegar, descubrí que yo era el único que iba a ayudarle con casi cincuenta niños. El P. Chad estaba allí, a mi lado, y me lanzó la pregunta que durante años yo había dejado de lado; me preguntó si todavía estaba pensando en el sacerdocio. La pregunta vino después de mi plática con mi papá, así que le dije que sí. Él me sugirió que hiciera una peregrinación a Roma. Mi familia no es de muchos recursos económicos, por lo que no me parecía una opción realista, pero Dios tiene sus caminos.

Mientras me preparaba para la posibilidad del viaje, me di cuenta de que habíamos perdido una muy buena oportunidad. El vuelo, en sí, no es barato, pero llegó a estar mucho más caro de lo normal. Le comenté a mi padre que ya no sería posible. En ese momento, se fue a su computadora, sacó su tarjeta de crédito, y compró los boletos de mi viaje. Me dijo: “Si Dios no paga por esto, pues simplemente no paga por esto”. Al igual que en muchos otros ejemplos, él confiaría siempre en el Espíritu Santo para discernir lo que tenía que hacer por el bien de su hijo. Una semana más tarde, para nuestra sorpresa, llegó la ayuda financiera por parte de los Caballeros de Colón y de los Caballeros Católicos (hoy conocidos como “Vida financiera católica”) quienes hicieron posible el viaje. Una vez más, aprendí a confiar en los caminos del Señor.

Hice el viaje a Roma para discernir mi vocación, aunque al principio esto era más un viaje de diversión. Fue el 1 de enero de 2003 que el Señor me dio la gracia de decirle que sí al mirar a los ojos de San Juan Pablo II. Con su poderosa mirada, este hombre que apenas y podía estar de pie, me dio el valor para entregarle todo a nuestro Señor, tal como él lo había hecho durante toda su vida. Un día más tarde me encontraba en el altar de San Francisco Javier, donde el P. John Bartunek, LC nos dio una reflexión sobre la vida de este santo misionero y nos invitó a encomendarnos a él. Al rezar allí, me acordé que fui bautizado en la Catedral de San Francisco Xavier en Green Bay, y el celo misionero de este Santo me hizo caer en la cuenta de que Dios no me estaba llamado a la vida diocesana, sino a la vida religiosa. El 3 de enero, encomendé mi vida nuevamente a María mientras me incorporaba oficialmente al Movimiento Regnum Christi. Volví a casa con la convicción de que el Señor me estaba llamando para ser Legionario de Cristo, atraído por la misión de vivir como misionero de nuestro Señor.

Dos años más tarde, fui a Monterrey, México, donde profesé por primera vez los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia. Justo antes de eso, mi papá tomó la decisión de entrar al programa de diaconado para la Diócesis de Green Bay, fui entonces con mis papás a la Basílica de nuestra Señora de Guadalupe en la Ciudad de México para encomendarlo todo. Ahí nuevamente vimos la mano de Dios. Mientras estábamos en la basílica, mi madre perdió la sensibilidad en sus piernas. Mi papá y yo tuvimos que acercarnos para evitar que se cayera. Durante toda la semana en México, los pies de mi mamá se hinchaban y no sabía por qué (ella llegó a pensar que era por la sal en la comida mexicana). Dos semanas más tarde, después de que mis padres volvieran a Wisconsin, mi madre me llamó a México para darme una noticia realmente impactante… después de 14 años, estaba embarazada de mi hermana pequeña, Ava. Con esto, mi padre no podía continuar su camino al diaconado por el momento.4

5 años más después, hablando con mi padre por teléfono, me dijo que dos sacerdotes de la diócesis le habían comentado que él podía ser un buen diácono. En esos cinco años, él fue uno de los miembros fundadores de “Esto-Vir” (¡sé hombre!), un grupo de hombres católicos en la diócesis de Green Bay. Fundó un Club ConQuest en Green Bay. También fue invitado para ser miembro de la Junta de la Educación Católica de su parroquia. Entonces confrontó nuevamente su vocación al diaconado, mientras que al mismo tiempo, siguiendo una moción del Espíritu Santo, platiqué con Mons. David Ricken. Mons. Ricken acababa de ayudar a Mons. Chaput en la Visita Apostólica a la Legión en USA. Mons. Ricken me llegó a decir que él también pensaba que mi papá tenía vocación al diaconado y que platicaría con mi papá sobre esto.

Fue en ese momento que mi padre, con el beneplácito de mi mamá, decidió retomar lo que alguna vez inició 5 años atrás; comenzó oficialmente su camino hacia el diaconado. Cuando papá me dijo que Mons. Ricken había hablado con él (y de hecho él no sabía que yo había hablado primero con el obispo sobre esto) y que su formación al diaconado llevaría unos 5 años, ¡simplemente no me lo podía creer! Después de contar con mis dedos – literalmente – me di cuenta de que el Señor nos había puesto a los dos en un camino para ordenarnos diáconos al mismo tiempo.

En estos últimos 5 años, mi papá y un servidor hemos estado muy cercanos, no sólo como padre e hijo, sino también compartiendo una vocación; ambos reconocimos que Dios nos llamaba para servir a nuestros hermanos y hermanas. Y ahora que nos ordenamos diáconos, me doy cuenta también de que Dios nos quiere más unidos. Mi vocación viene de una madre y un padre que siempre confiaron en el Espíritu Santo y que vivían con una gran caridad preocupándose de los demás. Se podría decir que la vocación de mi padre inició en un diálogo inocente con su hijo. Y ahora, nuestra vocación nos reúne el 7 de mayo de 2016, en Pulaski, WI, donde los dos nos configuramos con Cristo Servidor, bajo la dirección y la cercanía de nuestra Madre del Cielo. Nuestra consagración a la Inmaculada Concepción se completa aquí, en la parroquia dedicada a la Asunción de María. Vamos junto a María a prepararnos para estar presentes al día siguiente, fiesta de la Ascensión del Señor, sirviendo los dos en el altar.

El sacerdote levantará con sus manos a nuestro Señor en la ofrenda, mientras nosotros, los diáconos, atestiguaremos junto al sacerdote cómo Cristo sube al cielo, en el día de la Ascensión. Aquí vamos a escuchar las palabras del ángel: “Hombres de Galilea, ¿por qué están aquí mirando al cielo?”. Y seremos enviados a testimoniar a los demás lo que presenciaremos cada día en el altar; ¡el amor y la misericordia de nuestro Señor!