Análisis

P. Pedro Rentería: “¡Una bolsita!, por favor…”

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De la serie: “A ti, joven campesino”
Nuestras niñas y niños. Nuestros adolescentes. Princesitas y príncipes, soñadores en noches encantadas. Pero además testigos de violencias familiares, de miradas y caricias torpes en sus cuerpecitos, de palabras humillantes, de abusos inconfesables… de muerte. Pequeños ángeles que, yo sé, socorren nuestras miserias adultas…”

A ver, princesita… toma la bolsita, pero a cambio regálame una sonrisa.

Y la niña sonríe. Graciosamente. Con su vestidito discreto, que no sabe de modas. Con su carita sucia. Con su frágil ademán colmado de dignidad. Con sus humildes dientecitos infantiles coloreados de nieve. Con su inocencia, esa inocencia que nos hace mejores a los que ya vestimos canas.

Y la sonrisa de la princesita -todo un tesoro- es aire fresco que mitiga quebrantos y nos permite seguir soñando una situación más noble y justa.

Gracias, padrecito -retribuye la niña sin desarmar su sonrisa.

Cada sábado, en el corazón de la Plazuela San Francisco de nuestra ciudad se repite la anterior escena. Desde hace unos años organizamos lo que llamamos: “Comedor San Cristóbal”. Unas buenas gentes -voluntarios- ofrecen un platito de comida, un refresquito, en ocasiones un pancito y un plátano, a más de un centenar de niños y adolescentes trabajadores en la calle, así como mamás, abuelitos y algún que otro transeúnte en busca de mejores días para su lejana familia.

El comedor está abierto para quien lo necesite. Sin condiciones. Con cariño.

Y es costumbre ese pedido de una “bolsita” para llevar a casa alguito del contenido del plato con destino a algún familiar, también necesitado. Hermosa manera, sin duda, de multiplicar solidaridad.

Desde esta tribuna no me cansaré de reclamar, no sólo a ti, jovencito del hogar-internado que la lees, sino a cualquiera sumido quizá en un mar de problemas o confusión, o viviendo una vida plácida y cómoda, que abramos bien los ojos y el corazón a toda realidad que nos rodea en la calle, en el patio de juegos, en la oficina, en la iglesia, en la cancha…

Reclamo atención para las niñas, niños y adolescentes “invisibles”. Así lo parecen. Los vemos cada día -acaso sin mirarlos- limpiando vidrios de vehículos en los cruces, vendiendo semillitas en la hermosa Plaza 25 de Mayo, ofreciendo graciosas volteretas circenses y “arriesgados” malabares a estresados conductores, lavando autos, lustrando zapatos, ofreciendo pipocas y todo aquello con lo que se pueda conseguir unos pesitos para sostener la frágil economía familiar.

Almorzamos en alguna pensión de nuestro entorno y no falta uno de estos pequeños, o ya adolescente, con su consabida venta y, en ocasiones, ofreciéndonos una ronca cancioncilla mil veces repetida en otros tantos concurridos escenarios.

Y no solo ellos. Mamitas con sus wawitas en el aguayo, también vendiendo comiditas, viejecitas y viejecitos pidiendo limosnas y cargando en sus espaldas años curtidos de historia, gentes botadas en asfaltos de miseria, alcohol y desengaños. Sí, gentes, muchas gentes…

Nuestras niñas y niños. Nuestros adolescentes. Princesitas y príncipes, soñadores en noches encantadas. Pero además testigos de violencias familiares, de miradas y caricias torpes en sus cuerpecitos, de palabras humillantes, de abusos inconfesables… de muerte. Pequeños ángeles que, yo sé, socorren nuestras miserias adultas.

Gracias, de verdad, gracias, a tantos que hacéis visibles a estos pequeños. Desde las instancias públicas, desde las ONG, desde los hogares de acogida, desde la Iglesia, desde Pascar-Cáritas de Sucre. Gracias por tantos proyectos que se despiertan en las mesas de despacho al afrontar esta nueva Gestión. Proyectos que pretenden humanizar sus vidas y, de paso, las nuestras. Ojalá se conviertan en realidad en la calle, que es nuestro desafiante ámbito de trabajo.

Gracias a quienes nos prestan el ambiente y nos facilitan muchos sábados el almuerzo para el Comedor San Cristóbal. Siempre esperamos a quienes quieran colaborarnos…

¡Una bolsita!, por favor…

Y la princesita sonríe. Graciosamente. Con su inocencia. Todo un tesoro.

 

[Imagen: eldiario.es]