Análisis

P. Pedro Rentería: “El museo de los horrores (perdón, ¡errores!)”

Chico pensativo
De la serie: “A ti, joven campesino”

Mis lectores saben cómo esta columna abunda en ese tema recurrente que trata del diálogo y la escucha -tan difícil en ocasiones- con los adolescentes y jóvenes de quienes nos sentimos responsables los educadores: padres, docentes, catequistas, sacerdotes, animadores de tiempo libre, etc.

Quizá son ellos, los educadores, los primeros destinatarios de estas, a veces deshilachadas, reflexiones. Aunque confieso que mi mayor interés va dirigido a ti, chica o chico del área rural o de la bulliciosa ciudad. A ti que vives en el hogar-internado o con tu familia. O en un cuartito alquilado. O deambulando por esas calles de Dios buscando algo o alguien que llene tus sueños…

La escucha, el arte de asumir la realidad del otro, de mostrar la empatía que compromete, no es destreza fácil. Lo sabemos. En esta cultura de prisas y celulares, de mil compromisos vanos, eso de fijar la atención en las palabras, gestos, miradas y silencios de quien nos habla, supone un saber hacerlo, una preparación y un querer “mojarse” en la dura realidad del adolescente. En tu realidad.

Padre, y ¿qué cosas le contamos, le cuentan mis compañeros? -así me preguntó en cierta ocasión una joven, después de relatarme cierto problema suyo. Supongo que su interrogante forma parte de la curiosidad sana que a todos nos afecta.

Lo recapacité unos segundos buscando la respuesta que ilustrase mis pensamientos.

Ah, pues… lo que escucho podría formar parte del museo de los horrores… bueno, exagerando bastante, ¿verdad? -ni ella ni yo pudimos evitar sonreírnos.

Sí, mira -dije-, cada tarde que tu gente pasa por aquí y me habla, van desfilando: desencuentros en casa con papás y más familiares, dificultades y desánimos en vuestra responsabilidad de ahora que es el estudio, mil apuros económicos con el afán de encontrar un trabajito que alivie la cartera vacía, sentimiento profundo de soledad, de vacío interior… de corazón herido por aventuras afectivas dañinas. Fracturas bien profundas por papás que abandonaron, por mamás impacientes que esperan hijos perfectos. Cicatrices invisibles por abusos inconfesables…

La verdad es que me costaba seguir con esa retahíla de torpezas tan humanas. Solo añadí:

Y por supuesto, la falta de abrazos, de sonrisas, de actitud positiva ante la vida, de un saludable “quitar importancia” a muchas cosas que con sentido común y diálogo se superan fácilmente.

A punto de marcharse no quise dejar en el tintero, como se dice, el valor que doy en mi escucha a la presencia de Papá-Dios en nuestra vida. La vida de Fe, bien fundada en la doctrina católica, en la celebración de las caricias de Dios que son los Sacramentos, en la práctica de la caridad, del amor a los semejantes, nos da otro tono, otra luz para enfrentar tanto despropósito que nos hace sufrir.

Sin duda -comenté-, vivir bien agarrados a Dios, intentando conocer su Palabra, disfrutando de la Buena Noticia del Señor Jesús, intuyendo cómo aplicarla a lo que vivimos cada día, haciéndola oración, conversación con el cielo, nos consigue, te aseguro, una gran fuerza… la fuerza de la confianza, del dejarnos arrullar en las manos de Dios. Así que prueba esto en tu vida. Saboréalo.

Gracias, padrecito -me dijo la joven al despedirse. Aproveché esos últimos segundos para añadir:

Si te parece, mejor que “horrores”, digamos “errores”. ¡Es más humano! -y se marchó afirmando amablemente con su semblante.

Quizá, changuito que lees estas líneas, el escuchar no trae soluciones rápidas y definitivas a los problemas planteados. La plática eficaz no supone, como en las redes sociales, el encontrar ¡ya! respuesta a los interrogantes puestos en la mesa. La escucha es, en sí misma, una estupenda terapia que alivia, descansa, refresca la aridez de muchos desiertos personales.

¿Imaginas un mundo que prime el diálogo inteligente y la escucha paciente? En la crispante política, en el ordenamiento de nuestras ciudades, en el afianzamiento de la salud pública, en la consecución de trabajo digno para todos, en la atención a los excluidos y postergados de nuestros entornos, en el cuidado del medio ambiente, en la promoción de la cultura.

Un último detalle: la escucha necesita tener a mano algunos pañuelitos de papel… Siempre vienen bien. No faltan lágrimas que sanan. En las chicas y también, por qué no, en los chicos.

Nota.- A punto de enviar estas líneas a la Redacción del Correo del Sur, leo en el ejemplar de hoy, jueves, 1 de Agosto, la triste noticia de un adolescente con 17 años que, presumiblemente, se ha suicidado ahorcándose.

(Publicado en Correo del Sur de Sucre -Opinión-)

[Imagen: comosaberlo.com]