Análisis

P. Pedro Rentería: “Dos celulares muy enojados llevan preso a un buen libro…”

De la serie: “A ti, joven campesino”.

Bueno, hoy me surgió el título de esta columna un poquito largo. Y fue debido a la imagen que recibí de ti, changuito del hogar-internado, por medio de una conocida red social. Es un simpático cómic en que dos celulares, con caras de pocos amigos, y portando cadenas y carabina, conducen a algún lugar -no sé si a una cárcel o al cubo de la basura- a un resignado y triste libro cuya suerte está echada.

Supongo que la enviaste con toda intención. Quizá por las veces en que os he insistido que seáis dueños de vuestros teléfonos celulares y no esclavos de su uso compulsivo. Son muchos los colegas educadores que se quejan del excesivo tiempo que dedicáis a ese aparatito rectangular en vuestras manos, estéis donde estéis, y que reclama toda vuestra atención.

Paseamos por la calle, entramos en una tienda, accedemos al patio de cualquier escuela o colegio y comprobamos no sin sorpresa -todavía- esa especie de ensimismamiento en que niños y adolescentes os hundís en la ventanita del celular, o en su música, como en un sueño profundo. Y nos parece que hasta el diálogo en las familias o en los grupos de amigos está sufriendo un serio revés. Sería triste que el celular fuese duro competidor de las relaciones humanas que suponen escucha atenta, interés por el otro y sincera comunicación de lo propio.

A ver padrecito, -preguntaste hace poco- ¿y qué me dice de los adultos? ¿No le parece que también muchos exageran todo el día con el celu, consultando Dios sabe qué…?

Tienes toda la razón. También nosotros, también yo, caemos en esa “tentación”, usando un término religioso. Aunque siempre tendremos la disculpa de que nuestras labores profesionales o pastorales diarias reclaman entrar de lleno en la brillante pantalla del aparatito.

Pero centrando el tema, mi insistencia tenía que ver, precisamente, con el hecho de que no dejéis de lado a ese buen amigo que es el libro. Y que no se merece cambiarle en todo momento por el celular, testigo de la nueva cultura digital en que, aquí y allá, estamos inmersos.

Te cuento otra anécdota. No hace mucho que, tomando un refresco con los chicos adolescentes, seminaristas del San Cristóbal de Sucre, en un conocido centro comercial de la ciudad, vimos, unas cuantas mesas más allá de donde estábamos situados, a otro adolescente leyendo un libro. No se me olvida el comentario de Ronal:

Fíjense… aquel muchacho leyendo… ¡es un chico raro!

No pudimos evitar la sonrisa. Pero es cierto que tras esa escena se esconde una realidad un tanto penosa. Las estadísticas nacionales siguen indicando la poca afición a la lectura de buenos libros que nos aqueja… Ojalá hubiera muchos chicos y chicas raros como aquél. Y adultos también. Es de esperar que nuestro sistema educativo siga prodigando actividades, concursos, exposiciones, ferias, que animen a la lectura a jóvenes y mayores.

Quiero que entiendas que no estamos en contra de las nuevas corrientes de la cultura digital a la que hemos llegado gracias a la capacidad tecnológica y de innovación del ser humano. Sólo insisto en que tanto tú como yo aprendamos cada día el buen uso de esa tecnología, el que menos nos despersonalice.

¿Conoces la maravilla de bucear en un libro, en un buen libro, y encontrarte en sus profundidades con todo un mundo de aventuras y personajes que están deseando contarnos mil maravillosas experiencias? Estoy seguro de que el libro con sus palabras e ilustraciones nunca perderá la magia de la fantasía y el encanto de la poesía. Es su belleza. Sea en papel o en formato digital, el libro nos lanzará siempre más allá de los límites de nuestro cotidiano vivir. Y allí descubriremos sentidos y significados que nos ayudarán a reinterpretar mejor la rutina diaria.

No me olvido del libro por excelencia. El editado en más ocasiones. Es la Palabra con mayúscula. Es el encuentro con la sabiduría que viene del cielo, sabiduría que nos formó un día del barro de la tierra y que su autor, Papá-Dios, nos regala para llegar a ser también nosotros sabios. Es la Biblia, la Palabra de Vida.

¡Ah!, que no se me pase una cuestión importante al terminar esta columna. La semana pasada cayó en mis manos una información fea: la pornografía, que tan fácilmente se consume en los celulares, está produciendo verdadera adicción… ¡incluso a niños desde los once años! Adicción comparable a la que produce la cocaína.

Deseo, querido chaval, que nunca caigas en esa red tenebrosa que está destruyendo tantas vidas.

En fin, ojalá que nuestro amigo el libro pueda ser liberado pronto por sus enojosos captores. Sería un buen final para este artículo.