Análisis

P. Henry Vargas: No puedo comulgar… ¿me salvaré?

El Señor contempla emocionado el menor progreso de una buena voluntad que avanza por el camino de la conversión cargando su cruz. El Señor se goza al ver que un tenue rayo de su luz divina es dejado entrar en el alma.

El cristiano que NO PUEDE confesarse por las circunstancias que sean y en consecuencia no puede comulgar, está invitado, en medio de su dolor, a permitir de alguna manera que esa luz divina, aunque sea tenue, ilumine toda su interioridad.

La persona que no se puede confesar, mal haría en ampliar la distancia o el abismo que ha establecido y lo aleja de Dios; todo lo contrario haría bien en esforzarse por reducir dicha distancia.

Dios no quiebra la caña cascada ni apaga el pabilo vacilante o humeante (Is 42,3). Mateo describe en su evangelio que en Jesús se da el cumplimiento de esta profecía (Mt 12,20). Es decir, el Siervo de quien Isaías dice que no quebrará la caña cascada ni apagará el pabilo humeante es Jesús.

No quiebra la caña cascada, no termina de romperla y la abandona, sino que la recompone con tanto más cuidado cuanto mayor sea su debilidad.

El apóstol Pedro fue una de las cañas cascadas cuando negó al Señor. ¿Cómo podía ese hombre luego llegar a ser la piedra sobre la cual Jesús construyera su Iglesia? La respuesta está en el ministerio del Señor que cuidadosamente restauró a Pedro y le dijo: “Apacienta mis ovejas”. Otras cañas cascadas o pabilos humeantes fueron María Magdalena, el buen ladrón, la mujer adúltera, zaqueo, Mateo, etc..

La imagen del pabilo humeante sirve para ilustrar a la persona cuyo testimonio se ha vuelto ineficaz pero que Jesús buscará restaurarlo para que continúe brillando.

La caña cascada y la mecha humeante, representan toda clase de miserias, penas y dolores a que está sujeta la humanidad.

Dios no terminará de romper la caña ya cascada; al contrario, se inclina sobre ella, la endereza con sumo cuidado y le da la fortaleza y la vida que le faltan. Tampoco apagará el pabilo que parece que se extingue, sino que empleará todos los medios para que vuelva a iluminar. Ésta es la actitud de Jesús ante los hombres.

La misericordia de Jesús por los hombres no decayó ni un instante, a pesar de las ingratitudes, las contradicciones y los odios que encontró. Su amor por los hombres es profundo porque se preocupa del alma para conducirla, con eficaces ayudas, a la vida eterna. Y ese amor de Cristo es universal, inmenso, y quiere extenderse a todos.

Es lo mismo que se expresa con la imagen del buen pastor. Él se va a buscar la oveja perdida y si esta se deja encontrar y ayudar confiando en su Pastor, Él la salvara.

Él es el Buen Pastor de todas las almas, a todas las conoce y las llama por su nombre. No deja a ninguna perdida en el monte. Ha dado su vida por cada persona.

Su actitud cuando alguna se aleja es darle las ayudas para que vuelva, y todos los días sale a ver si la divisa en la lejanía.

Y si bien es cierto que la comunión eucarística es lo mejor, es lo más sublime, lo más grande, lo más inefable y lo más importante, tanto que -para quien está en gracia- es la perfecta unión del cristiano con Dios, también es cierto que no es la única manera de estar en comunión con Dios, de estar unidos a Él y de amarle.

Es por esto que los fieles que NO PUEDEN confesarse y en consecuencia comulgar están invitados a poner de su parte para que no desaparezca en su totalidad la comunión que pueda existir con Dios. ¿Cómo? Mediante la vida de oración –oración de arrepentimiento, el Santo Rosario, la misa haciendo la comunión espiritual, viacrucis, etcétera-; hacer las obras de misericordia con espíritu o sentido penitencial porque la caridad también cubrirá una multitud de pecados (1 Pe 4,8); el ofrecimiento a Dios de su vida, de sus sacrificios y sufrimientos; la lectura de la palabra de Dios y de textos que fortalezcan la fe; servicios en la Iglesia y relación con el párroco y con la parroquia, etcétera.

Este tipo de fieles está invitado a favorecer la cercanía con Dios y a luchar por que cada día sea más plena y perfecta. Que Dios nos vea que estamos en ésta tónica o lo que es lo mismo “dichosos los siervos, que el señor al venir encuentre despiertos” (Lc 12,37a); lo importante es querer estar en vía de salvación. Dios quiere salvar lo salvable. Jesús no da a nadie por perdido. Nos ayuda aunque hayamos pecado.

A veces solemos decir de un enfermo que su dolencia “no tiene remedio”, y se da por perdido todo lo que humanamente se puede hacer por él o damos por ineficaz cualquier tratamiento. En la vida espiritual no es así: Jesús es el Médico que nunca da como irremediablemente perdidos a quienes han enfermado del alma. A ninguno juzga irrecuperable.

El hombre más endurecido en el pecado, el que ha caído más veces y en faltas más grandes nunca es abandonado por el Maestro; es aún más amado, la oveja que Jesús sale a buscar. También para él tiene la medicina que cura.

En cada hombre Él sabe ver la capacidad de conversión que existe siempre en el alma. Su paciencia y su amor no dan a ninguno por perdido. ¿Lo vamos a dar nosotros? Y si, por desgracia, alguna vez nos encontráramos en esa triste situación, ¿vamos a desconfiar de quien ha dicho de Sí mismo que ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido? (Lc 19,10).

“Jesús no vino a condenar sino a salvar” (Jn 3,17), Jesús pues se acerca; y si uno de sus discípulos está lejos de Dios, no favorecer más ese alejamiento.

Ahora bien, una cosa es no poder confesarse y de consecuencia no poder comulgar y otra, muy diferente, es no querer confesarse (pudiendo) y no comulgar (pudiendo).

Seguramente Dios mirará con más benevolencia a los primeros quienes tendrían más opción de salvación pues, aun en medio de su pecado, luchan por acercarse a Dios; a diferencia de los que no se creen necesitados de Dios. Bien lo decía Jesús: “En verdad os digo, los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera” (Mt 21,31).

¿Qué dice Jesús a quienes están rotos por el pecado, a quienes ya no dan luz porque se les apagó la llama divina en su alma? Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, que yo os aliviaré. Tiene piedad de la gran miseria a la que les ha conducido el pecado; les lleva al arrepentimiento sin juzgarles con severidad.

Estar en pecado no implica necesariamente condenación absoluta al final de nuestro día terrenal; como tampoco por el hecho de decir “¿pero de qué me confieso?” o decir “¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres: rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano…”(Lc 18,11-12) implica necesariamente salvación al final de nuestro día terreno, pues Dios escruta nuestro corazón y sabe lo que hay en él. Dios tiene la última palabra.

Qué gran bien para nuestra alma sentirnos hoy delante del Señor como una caña cascada que necesita de muchos cuidados o como el pabilo que tiene una débil llama y que precisa del aceite del amor divino para que luzca como el Señor quiere.

No perdamos nunca la esperanza si nos vemos débiles, con defectos, con miserias. El Señor no nos deja ni se quiere alejar de nosotros; basta que pongamos los medios y que no rechacemos la mano que Él nos tiende. Cuando el hombre da un paso hacia Dios, Dios da dos hacia el hombre.