Análisis

P. Carlos Padilla: Segundos que valen toda una vida

Hay muchas cosas que me parece que duran demasiado. Se me hacen largas, pesadas, difíciles. Hay momentos en los que quiero que acaben ya, y me impaciento cuando no ocurre. Otras cosas, más agradables y bonitas, pienso que pasan demasiado rápido. Quisiera que fueran eternas y no lo son.

La vida suele ser así. Lo bello, lo bueno, lo divertido, lo apasionante, suele durar poco, o al menos eso nos parece, porque quisiéramos que durara toda la vida. No se puede cambiar. Nuestro tiempo es finito, el alma infinita.

Quisiera aprender a disfrutar las cosas intensamente, con toda el alma, con todo el cuerpo, para que el sabor de las cosas importantes durara eternamente. Quisiera acostumbrarme a sacar partido de aquellas situaciones tediosas que me cuestan, en lugar de lamentarme.

Ahí se encuentra la sabiduría de vida. Consiste en aprender a vivir con hondura. Cuando aprenda a vivir de esta forma, todo será más fácil, lo tengo claro.

En la película de Alicia en el País de las maravillas, Alicia le pregunta al conejo blanco: “¿Cuánto tiempo es para siempre?”. Y el conejo blanco responde: “A veces, sólo un segundo”. Alicia pregunta de nuevo: “¿Y cuánto tiempo es un segundo?”. A lo que el conejo blanco contesta: “Cuando amas, una eternidad”.

Hay preguntas con difícil respuesta. ¿Cuánto tiempo es para siempre? No lo sé. No hay tiempo en ese siempre.

Sí que sé que hay cosas que me gustaría que fueran eternas, que duraran siempre. Otras, por el contrario, no me importaría que duraran un segundo. Pero no un segundo eterno. Y también veo que a veces la belleza que vivo en un segundo me gustaría que fuera eterna.

O, por así decirlo, hay segundos que valen toda una vida. Un momento de luz. Un paisaje inolvidable. Una conversación. Una música. Un acto de amor. Una mirada. Un gesto. Un silencio. Una palabra. Un abrazo.

Un segundo puede durar una eternidad. Es la paradoja del tiempo. Lo medimos todo en tiempo. Lo recogemos en muchos relojes, en libros de historia, en datos guardados en memorias que quieren durar toda la vida. Las historias, los momentos, los encuentros. Como si quisiéramos controlar la vida.

Cada cosa tiene su tiempo. Cada vida. Cada esperanza. Cada rostro. Hemos sido creados en el tiempo y soñamos con vivir sin tiempo.

No sé por qué pero me gustan los relojes con manillas que señalan a su ritmo el paso cadencioso de los segundos. Es como si me gustara ver el deslizarse lento de la vida.

Tal vez quiero tenerlo todo controlado. Saber cuándo tengo que estar en otro lado o cuándo ocurre realmente lo que deseo. O cuánto dura lo bueno. O cuándo acaba lo malo. No lo sé. Pero a veces, cuando no tengo el reloj cerca, o me pongo nervioso, o me siento libre.

Me gustaría sentirme más libre del tiempo. No estar tan atado. Pero sé que son importantes los momentos, y los tiempos.

Me gustan los instantes llenos de luz. Esos segundos eternos. Y las esperas llenas de tiempo y de paciencia. Me gusta que llegue la hora cuando espero algo. Y que pase cuando ya no espero. Y que vuelva lo que tanto deseo. Otra vez, en otro día.

Tal vez me gusta demasiado aprovechar el tiempo y no perderlo. Pero, ¡qué bien me viene aprender como Jesús a perder el tiempo! Son segundos en una carrera frenética hacia la eternidad. Días que pasan, meses, años. Me gustaría saber lo que va a ocurrir, cuándo y dónde. La hora exacta, el tiempo preciso.

Dios me enseña a descubrir que no todos los tiempos son iguales. Me dice que hay tiempos en los que no sucede nada. Y tiempos sagrados en los que Él llena de luz mi vida y le da un sentido. Y sucede de golpe algo de su mano.

Existen esos momentos eternos en los que Dios deja ver sus dedos jugando con mis horas. Y yo los veo. Son esos momentos en los que todo se tiñe de su presencia. Momentos en los que la vida tiene sentido y vivir merece tanto la pena. Momentos en los que el amor es más fuerte que la muerte y que el temor a perder todo lo que tengo.

Puedo tomar decisiones importantes en un segundo. Y dejar pasar oportunidades en un momento perdido. Mi vida puede cambiar en un segundo. O puede seguir sin cambiar por mucho tiempo, muchos segundos.

Pero, ¿son realmente siempre eternos esos segundos que veo pasar en mi reloj con agujas? A veces no son eternos. A veces pasan y mueren. Pero yo me quedo con el anhelo eterno de mi alma que sueña con ver a Dios cada segundo.