La Paz

Nuncio Apóstolico en Bolivia Mons. Giambattista Diquattro: Evangelizar en el Espíritu

Evangelizar en el Espíritu
Dar testimonio a Jesucristo con Espíritu de profecía (Ap. 19,10) es cumplir con el mandato del Señor que “recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra”.(Hch, 1,8). El anuncio eficaz del Señor se hace en el Espíritu Santo. San Pedro subraya que este “mensaje que ahora os anuncian quienes os predican el Evangelio, en el Espíritu Santo enviado desde el cielo; mensaje que los ángeles ansían contemplar” (I P. 1,12). No es la transmisión de una doctrina, es la transmisión de existencia.
El mismo San Pedro habla de su experiencia como de un hablar con palabras de Dios (2 P. 4,11). Se trata de la misma experiencia del momento en el cual se puso por primera vez la Palabra en la Escritura: nunca profecía alguna ha venido por voluntad humana, sino que hombres movidos por el Espíritu Santo, han hablado de parte de Dios (2 P. 1,21). En el día de Pentecostés pasó exactamente esto: tres mil personas se sintieron traspasar el corazón y se convirtieron.
Entonces es necesario el contenido del Mensaje y la fuerza del anuncio y el Señor explica: ¿No es así mi palabra, como el fuego, y como un martillo golpea la peña? (Jr. 23,29). Así debe ser nuestra palabra de Dios que habla. Debe ser una palabra de vida y que da vida: está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios (Mt 4,4).
La Palabra que sale de la boca de Dios no se aleja de Dios, es agua que guarda su contacto con la fuente, que no está embotellada. Este contacto está asegurado por el mismo Espíritu de Dios, que es su “soplo” y hace viva, eficaz, dinámica la Palabra de Dios.
Relaciones en la Trinidad y evangelización
Dios crea con su Espíritu es decir con su soplo: por la palabra de Yahveh fueron hechos… los cielos por el soplo de su boca toda su mesnada (omnis virtus eorum)” (Sal 33,6). La estrecha relación entre el soplo de Dios y su Espíritu se encuentra en Isaías que profetiza herirá al hombre cruel con la vara de su boca, con el soplo de sus labios matará al malvado (11,4).
La teología llama esta relación personal y contemporáneamente circular “pericoresis” e la encontramos enunciada con relación a las dos Personas de la Trinidad en Juan (16,13-14): El me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho: Recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros. Y Dídimo considera que no hablará por sí mismo” esto es, sin mí y sin la voluntad mía y de mi Padre; porque El no existe por sí mismo, sino por el Padre y por mí. El existir y el hablar le viene del Padre y de mí.
Buscamos de entender con analogía estas palabras. Cuando yo hablo el soplo que está en mi toma de mi corazón y de mi mente la idea y la palabra que se ha formado y la hace salir a quien escucha. El soplo (Espíritu Santo) transmite la Palabra (Jesucristo) que se ha formado en el íntimo de Dios Padre. Mi palabra está animada por mi soplo, mi soplo no puede animar la palabra de otra persona. La Palabra de Dios que nace del íntimo de Dios puede ser animada solo por el Espíritu de Dios.
Entre mi soplo y el soplo de Dios existe una diferencia infinita. No existe solo una diferencia de nivel (estoicos). La revelación bíblica señala que el soplo de Dios es eterno, omnipotente. Entonces entendemos que la Palabra de Dios se puede anunciar solo en el Espíritu Santo.
En el Veni Creator cantamos “sermone ditans guttura”, que quiere decir “pones en nuestros labios los tesoros de tu palabra”. Este es el mensaje fundamental de San Lucas su revelación sobre el Espíritu Santo. El Espíritu Santo recibido en el Jordán da fuerza a la predicación del Señor.
Los siguientes textos bíblicos que nos ayudan en explicar esta relación: “¡Ah! ¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres tú: el Santo de Dios.” (Lc 4,34) “Herirá al hombre cruel con la vara de su boca, con el soplo de sus labios matará al malvado. (Is. 11,4).
La llegada del Espíritu Santo y la Iglesia
Así Lucas nos presenta el inicio de la Iglesia. Al Resucitado los que estaban reunidos le preguntaron: Señor, ¿es en este momento cuando vas a restablecer el Reino de Israel?” (Hch 1,6). Y El les contestó: “A vosotros no os toca conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su autoridad, sino que recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra (Hch 1,7-8).
Esta respuesta quiere decir que el Espíritu Santo que baja es el Reino de Dios que se instaura. En San Juan hay una relación estrecha entre la obra del Espíritu y la obra de la Iglesia cuando el Señor afirma: “Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí. Pero también vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio” (Jn 15, 26-27).
San Juan Crisostomo en la homilía 76 sobre el Evangelio de San Juan evidencia que el Señor no dijo Espíritu Santo, sino Espíritu de verdad, para demostrar que es digno de fe. Dice también que procede del Padre, es decir, que conoce con toda certeza todas las cosas, del mismo modo que hablando de sí mismo: “Porque conocí de dónde vengo y a dónde voy”.
Dídimo en su Tratado sobre el Espíritu Santo hace una magnifica descripción de los efectos de la llegada del Espíritu del Señor cuando dice, que el Espíritu Santo, cuando viene se llama Consolador, tomando el nombre de los efectos que produce. Porque no sólo libra de toda perturbación a aquellos que encuentra dignos de sí, sino que les infunde un gozo increíble; porque se apodera la alegría celestial del corazón de aquellos en quien se alberga. Este Espíritu consolador, es enviado por el Hijo, no por ministerio de los ángeles, ni de los profetas, ni de los apóstoles, sino que es enviado por la sabiduría y verdad de Dios, como conviene que sea enviado el Espíritu de Dios, que posee una naturaleza indivisa con la misma sabiduría y verdad.
San Pedro proclama esta relación entre Nuestro Señor, el Espíritu de verdad y la verdad de la Iglesia frente al sinedrio y afirma: A éste le ha exaltado Dios con su diestra como Jefe y Salvador, para conceder a Israel la conversión y el perdón de los pecados. Nosotros somos testigos de estas cosas, y también el Espíritu Santo que ha dado Dios a los que le obedecen. (Hch 5, 31-32).
El tiempo de los Apóstoles, es un periodo de fuertes turbulencias religiosas, proliferaban los cultos mistéricos, las agregaciones filosóficas, mesclas de religiosidad y supersticiones, religiones paganas diferenciadas. En toda esta confusión y babel religiosa nos podemos preguntar cuál ha sido la fortaleza de la Iglesia en superar las persecuciones, en propagarse, en mantener su unidad. La respuesta es sencilla estas dinámicas de propagación, de fortaleza, de coherencia son frutos específicos y característicos del Espíritu Santo.
La Iglesia hizo experiencia del Espíritu Santo en el bautismo, en el culto y en el martirio y así llego a entender que el Espíritu Santo que santifica, que unifica, que fortalece necesariamente debe ser el Espíritu Santo – Dios. Por lo tanto a la teología del Espíritu Santo se llega en la Iglesia respirando, experimentado su presencia.
La actividad de la predicación
La primera enseñanza de la Iglesia es que su principal actividad es el Kerigma, anuncio de Cristo muerto y resucitado: “vosotros le matasteis clavándole en la cruz por mano de los impíos; a éste, pues, Dios le resucitó” (Hch 2,23-24). El grito de la Iglesia que nace es “Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado” (Hch 2,36). Este grito, como el primer grito de un bebé, hace entender que la Iglesia es viva.
Entonces la Iglesia existe para el anuncio: El medio principal de esta implantación es la predicación del Evangelio de Jesucristo, para cuyo anuncio envió el Señor a sus discípulos a todo el mundo, para que los hombres regenerados se agreguen por el Bautismo a la Iglesia que como Cuerpo del Verbo Encarnado se nutre y vive de la palabra de Dios y del pan eucarístico (Ad Gentes, nº 6). El Beato Pablo VI en su Exhortación Apostólica “Evangelii nuntiandi” escribía que la vida íntima —la vida de oración, la escucha de la Palabra y de las enseñanzas de los Apóstoles, la caridad fraterna vivida, el pan compartido no tiene pleno sentido más que cuando se convierte en testimonio, provoca la admiración y la conversión, se hace predicación y anuncio de la Buena Nueva. (Evangelii nuntiandi, nº 15).
Por lo tanto se entiende la importancia fundamental de la predicación. La predicación es la actividad fundamental de los Apóstoles y a la predicación está subordinada la misma misión teológica. Sin embargo muchas veces hoy se considera equivocadamente que la predicación es una forma popular, una vulgarización de la teología, que sería una enseñanza más técnica y más elevada.
San Pablo, teólogo y predicador de la verdad, subordinaba todo a la predicación, hasta llegar a decir: no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el Evangelio. Y no con palabras sabias, para no desvirtuar la cruz de Cristo (1Co 1,17) y añadía “Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe. Y ¡ay de mí si no predicara el Evangelio! (1 Cor 9,16).
La predicación es ene efecto el instrumento para la conversión y la atracción a la fe. La palabra es el lugar del encuentro decisivo entre Dios y el ser humano. La liturgia es elemento fundamental en la vida de la Iglesia, y sin embargo llega después. El desviarse de muchos católicos hacia los grupos fundamentalistas está motivado también porque entran en contacto con el anuncio, con la predicación. Entonces como cristianos debemos recuperar el anuncio apostólico según el estilo apostólico: Cristo muerto y resucitado, Cristo Señor y después conversión.
Reflexionamos sobre un importante punto de la Exhortación Apostólica “Christifideles laici”, que invita a considerar una nueva manera de emprender la evangelización en la Iglesia: La Iglesia tiene que dar hoy un gran paso adelante en su evangelización; debe entrar en una nueva etapa histórica de su dinamismo misionero. En un mundo que, con la desaparición de las distancias, se hace cada vez más pequeño, las comunidades eclesiales deben relacionarse entre sí, intercambiarse energías y medios, comprometerse a una en la única y común misión de anunciar y de vivir el Evangelio… el fiel laico no puede jamás cerrarse sobre sí mismo…el Espíritu del Señor le confiere, como también a los demás, múltiples carismas; le invita a tomar parte en diferentes ministerios y encargos; le recuerda, como también recuerda a los otros en relación con él, que todo aquello que le distingue no significa una mayor dignidad, sino una especial y complementaria habilitación al servicio (…). (Christifideles laici, 34.35.24).
Estas palabras nos ayudan a entender un eco del discurso de San Pedro en Pentecostés: Sucederá en los últimos días, dice Dios: Derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros jóvenes verán visiones y vuestros ancianos soñarán sueños. Y yo sobre mis siervos y sobre mis siervas derramaré mi Espíritu. (Hch 2,17-18).
Método del anuncio
El contenido del anuncio de la Iglesia es el Evangelio el método del anuncio es el Espíritu Santo. San Pedro define los Apóstoles como quienes os predican el Evangelio, en el Espíritu Santo (¡ P 1,12) y el Beato Pablo VI afirma en la Evangelii nuntiandi (nº 75): No habrá nunca evangelización posible sin la acción del Espíritu Santo…Pedro, lleno del Espíritu Santo habla al pueblo acerca de Jesús Hijo de Dios. Pablo mismo está lleno del Espíritu Santo ante de entregarse a su ministerio apostólico, como lo está también Esteban cuando es elegido diácono y más adelante, cuando da testimonio con su sangre…
El es el alma de esta Iglesia. El es quien explica a los fieles el sentido profundo de las enseñanzas de Jesús y su misterio. El es quien, hoy igual que en los comienzos de la Iglesia, actúa en cada evangelizador que se deja poseer y conducir por El, y pone en los labios las palabras que por sí solo no podría hallar, predisponiendo también el alma del que escucha para hacerla abierta y acogedora de la Buena Nueva y del reino anunciado….
Puede decirse que el Espíritu Santo es el agente principal de la evangelización: El es quien impulsa a cada uno a anunciar el Evangelio y quien en lo hondo de las conciencias hace aceptar y comprender la Palabra de salvación.
Pero se puede decir igualmente que El es el término de la evangelización: solamente El suscita la nueva creación, la humanidad nueva a la que la evangelización debe conducir, mediante la unidad en la variedad que la misma evangelización querría provocar en la comunidad cristiana. A través de El, la evangelización penetra en los corazones, ya que El es quien hace discernir los signos de los tiempos —signos de Dios— que la evangelización descubre y valoriza en el interior de la historia.
El Señor había claramente preanunciado esta fundamental dinámica de la Iglesia: no seréis vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que hablará en vosotros (Mt 10,20). Y el monje Remigio de Auxerre en su comentario sobre el Evangelio de San Mateo comenta: Este es el sentido: Vosotros marcháis al combate; pero yo soy el que combato: vosotros decís las palabras; pero yo soy el que hablo. San Lucas en el paso paralelo hace añadir y explicar porque yo os daré una elocuencia y una sabiduría a la que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros adversarios. (Lc 21,15).
Estar con el Espíritu
Entonces en el momento del anuncio de la Palabra de Dios el Espíritu debe estar en nosotros. ¿Como es posible el habitar del Espíritu en nosotros ?
Los Hechos de los Apóstoles sugieren ante de todo con la oración: si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan! (Lc 11,13). Con referencia a este punto San Agustín escribe en el sermón 29 sobre la Palabra del Señor: Luego, avaro, ¿qué buscas?; y si buscas otra cosa, ¿qué es lo que podrá bastar al que no basta sino Dios?
Otro medio importante es la obediencia: sumisión y adhesión a la voluntad de Dios. Dice San Pedro: “Nosotros somos testigos de estas cosas, y también el Espíritu Santo que ha dado Dios a los que le obedecen” (Hch 5,32). El Espíritu Santo no puede actuar en quién está prisionero de su propia voluntad.
Un tercero medio es el amor. Es icónica la experiencia de Jonás: Y Yahveh dijo: « Tu tienes lástima de un ricino por el que nada te fatigaste, que no hiciste tú crecer, que en el término de una noche fue y en el término de una noche feneció. ¿Y no voy a tener lástima yo de Nínive, la gran ciudad, en la que hay más de ciento veinte mil personas que no distinguen su derecha de su izquierda, y una gran cantidad de animales? (Jon. 4,10-11) El Señor debe convertir al amor hacia los ninivitas el corazón de Jonás, sino él no puede actuar conforme al Espíritu del Señor. Entonces antes de empezar el anuncio nos debemos preguntar si nos esforzamos de amar estas personas como las amas el Señor. Y el amor es otorgado por medio del Espíritu Santo (Rom. 5,5).
Consideramos una fundamental dinámica de los Apóstoles al momento de formar la Iglesia y después de enfrentarse con el Sinedrio. Después de haber sido liberados, los Apóstoles se fueron a encontrar a los hermanos para comunicar lo que había pasado. Inmediatamente se pusieron a rezar y sabemos el contenido de la oración (“…Señor, ten en cuenta sus amenazas y concede a tus siervos que puedan predicar tu Palabra con toda valentía, extendiendo tu mano para realizar curaciones, señales y prodigios por el nombre de tu santo siervo Jesús.” (Hch 4-29-31).
Apuntes de la Conferencia de Mons. Giambattista Diquattro (Nunciatura Apostólica – La Paz, 6 de marzo de 2016)