Análisis

Monseñor Roberto Flock: “Padre, ¿de qué congregación eres?”

Cuarto Domingo de Pascua 2019 – Domingo del Buen Pastor

Jornada de Oración por las Vocaciones

“El que me ve a mi…”

Queridos hermanos,

Cuando llegué a Bolivia y Santa Cruz como misionero en julio del 1988, la gente solía preguntarme: “Padre, ¿de qué congregación eres?” Y yo decía “Ninguna”. Y me miraban con extrañeza. Tenía que explicar que soy un sacerdote normal, es decir, diocesano. El clero diocesano era muy desconocido en aquel entonces en Santa Cruz; en cambio, se conocían los misioneros de las famosas congregaciones mundiales: Franciscanos, Dominicos, Jesuitas, Salesianos, Redentoristas, Oblatos. En esta Diócesis tenemos Franciscanos, Misioneros Identes, Misioneros del Verbo Divino, y sacerdotes del Instituto Verbo Encarnado.

A lo largo de estos dos mil años de historia de la Iglesia y su misión, el Espíritu Santo ha hecho surgir una multiplicidad de congregaciones de vida consagrada, para responder a necesidades especiales y muchas veces urgentes, y con formas de espiritualidad y vida comunitaria que les sostienen, consagrándose mediante votos del pobreza, castidad y obediencia. El nuevo Testamento habla de Vírgenes Consagradas, pero no de congregaciones religiosas. Los Apóstoles ordenaron diáconos y presbíteros para atender las comunidades que se iba formando. Las primeras congregaciones organizadas eran los Benedictinos. San Benito, que murió en el año 547, dejó 14 monasterios masculinos y uno femenino, fundado con su hermana Escolástica. San Francisco y Santo Domingo aparecieron a finales del siglo doce, los Jesuitas después de la Reforma Protestante. La gran mayoría de las congregaciones son de los últimos dos siglos. El Instituto del Verbo Encarnado recién en 1984 en Argentina.

En cambio, los Diocesanos consideramos como fundador al mismo Jesucristo, al elegir a los doce apóstoles, quienes fundaron las primeras Iglesias locales, que luego fueron llamado Diócesis, utilizando terminología antigua romana. Un sacerdote diocesano pertenece a la Diócesis donde se ordena y promete obediencia al Obispo, como pastor responsable de todo el rebaño. Como la Iglesia es de por sí, misionera, los sacerdotes diocesanos pueden ser misioneros fuera de su Diócesis, como es mi caso, pero la gran mayoría realizan su ministerio en su lugar de origen.

Al describir las diversas congregaciones hablamos de su Carisma y de su Apostolado. Por ejemplo, las Hermanas Franciscanas de Hallein, definen su Carisma como una vivencia radical del Evangelio, inspirado en el ejemplo de San Francisco; su Apostolado se desarrolla en servicios de educación y de salud. Podemos decir que las congregaciones suelen ser “especialistas”, aunque algunas congregaciones tienen múltiples apostolados.

Los diocesanos, son como el médico general, y se encargan de toda la vida de una Iglesia local; pueden ejercer cualquier ministerio que el Obispo les encomienda, pero lo más típico es de acompañar a las parroquias como pastor de la comunidad. Al describir su Carisma, lo llamamos “Alter Christus”, otro Cristo, y nos inspiramos sobre todo en la figura de Cristo Buen Pastor.

Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy Vida eterna”. Estas palabras, del Evangelio hoy, deben inspirar a todo sacerdote, y especialmente al diocesano, como también estas: “Yo soy el buen Pastor. El buen Pastor da su vida por las ovejas. El asalariado, en cambio, que no es el pastor y al que no pertenecen las ovejas, cuando ve venir al lobo las abandona y huye … Yo soy el buen Pastor … y doy mi vida por las ovejas.” (Juan 10).

Durante la última cena, Jesús, decía a sus discípulos: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí.” Cuando Felipe le pidió que les muestre al Padre, Jesús explicó: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.” Es una de las cosas más atrevidas y a la vez consoladoras que Jesús ha dicho. Atrevida, porque con esto Jesús se refiere explícitamente a su identidad divina. Consoladora, porque significa que todas las palabras, gestos y milagros de Jesús nos muestran a Dios Padre. Por ejemplo, cuando Jesús curó a un paralítico en día sábado y le dice “tus pecados te son perdonados”, está comunicado el amor, perdón y poder de Dios Padre. Cuando Jesús dijo: “Dichosos los pobres porque suyo es el Reino de Dios”, no es una simple idea; es la opción preferencial por los pobres de Dios Padre Todopoderoso. Cuando Jesús lloró por Lázaro y por Jerusalén, eran lágrimas del celestiales que expresan los sentimientos del alma de Dios por sus queridos.

De manera similar, si el Sacerdote es “Otro Cristo” y “Signo del Buen Pastor”, podemos decir, con toda franqueza y humildad: “El que me ha visto a mí, ha visto a Cristo, Buen Pastor”. Qué lindo si fuese realmente así. Por cierto, supone un seguimiento perfecto como discípulos de Cristo, además del carácter sacerdotal que recibimos en con el Sacramento del Orden Sagrado. El misterio, es que Dios ha llamado a hombres débiles y necesitados de su gracia y amor para ser sus ministros sagrados. Nos pide que luchemos con su ayuda para superar las tentaciones y liberarnos del mal. Y algo nos permite transparentar a Jesús.

San Pablo nos enseña que la Iglesia misma es “Cuerpo de Cristo”, que Jesús es la cabeza y todos somos miembros de este mismo cuerpo. Si es así, al ver a la Iglesia presente en el mundo entero, podemos decir, con toda franqueza y humildad: “Quién ve a la Iglesia, está viendo a Cristo”. Esto supone que todos vayamos superando el mal en fidelidad a nuestro Salvador. También explica lo que Pablo y Bernabé dijeron en aquel entonces: “Yo te he establecido para ser la luz de las naciones, para llevar la salvación hasta los confines de la tierra.” De hecho, nos corresponde a todos nosotros, bautizados como discípulos misioneros de Jesús.