Análisis

Mons. Sergio Gualberti: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”

El Evangelio de hoy nos presenta a Jesús que quiere conocer la opinión de la gente y de sus discípulos acerca de su identidad. Inicia el dialogo con una pregunta: “¿Qué dice la gente sobre el Hijo del Hombre?¿quién dicen que es?“. Los discípulos contestan:

– Para algunos, Jesús es Juan el Bautista que ha revivido; todavía era muy vivo, en la memoria del pueblo, el trauma de su muerte.

– Para otros, es Elías, el Profeta llevado en el carro de fuego y cuyo regreso era esperado antes del Mesías.

– Otros piensan en Jeremías, a quien se le atribuía una misión liberadora en favor del pueblo.

Jesús no comenta estas respuestas que denotan que la gente sólo lo reconoce como un profeta, pero no ha llegado a su verdadera identidad. Pero Jesús quiere conocer también lo que piensan sus discípulos que han vivido con él y compartido sus enseñanzas y su actuación, y lo hace con una pregunta más directa: “Y ustedes, ¿Quién dicen que soy yo?”. Ahora Simón, en nombre de todos los discípulos, contesta: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.

La respuesta es certera: Jesús es más que un profeta, es el Mesías, el Hijo de Dios esperado por largos siglos por el pueblo de Israel. En Jesús se manifiesta, en modo único, la presencia y el poder del Dios vivo: el Dios que ha creado al ser humano a su imagen y semejanza, haciéndolo partícipe de su propia vida, el Dios que ha estrechado la alianza con el pueblo elegido, que lo ha liberado de la esclavitud de Egipto y que lo ha acompañado a lo largo de los siglos en medio de tantas vicisitudes. Es el Dios vivo y que hace vivir que ha enviado a Jesús para liberarnos de la esclavitud del pecado y de la muerte, y para que todos los seres humanos se salven y tengan en él vida y vida en abundancia.

Jesús se complace con Simón por esta respuesta: “Feliz de ti, Simón, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo”. Jesús lo llama feliz, dichoso porque ha conocido los misterios del Reino de Dios, no por sus propios méritos, ni por los medios humanos, “ni la carne ni la sangre”, sino porque el Padre se lo ha revelado. También nosotros estamos llamados a ser bienaventurados, ser felices, superar una manera puramente humana de mirar la realidad, participar de la mirada del Padre sobre la vida y el mundo, y profesar abiertamente nuestra fe en Jesús, el Hijo de Dios, el Señor de la vida y la historia.

Simón, por la gracia de Dios, ha logrado tener esa mirada de fe y descubrir quién es en verdad Jesús, condiciones indispensables para ser su discípulo y apóstol. Por eso Jesús, delante de todos, se dirige a él con autoridad: “Yo te digo: Tú eres Pedro…”. Entre Jesús y Simón se da un reconocimiento recíproco: “Tu eres Cristo” y “Tu eres Pedro”. Elnombre en la Biblia indica la identidad de una persona que marca toda su vida y misión. Cambiar nombre es tomar una nueva identidad, iniciar una nueva vida y nueva ocupación, como la que le espera a Pedro. También a nosotros, Jesús nos ha llamado por nombre en el bautismo, y nosotros, al igual que Pedro, tenemos que reconocer su nombre, su verdadera identidad de Hijo de Dios y profesar nuestra fe en él. Sólo así podemos descubrir nuestro verdadero nombre, nuestra identidad y misión en la vida, ser dichosos: “Feliz tú”.

Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia…” Jesús, piedra angular de la Iglesia, confía ahora su misma misión a Pedro, que es un hombre débil y pecador como todo ser humano, y le hace ser piedra, roca. Jesús construye la Iglesia sobre la confesión de fe de Pedro, profesión sincera y pública, y lo establece fundamento sólido de esa construcción, que Él llama “mi Iglesia”.

La Iglesia, el pueblo de Dios es de Jesús, Pedro es su colaborador y servidor. A la Iglesia el Señor le asegura estabilidad y fortaleza frente a las fuerzas del mal: “Y el poder de la muerte no prevalecerá contra ella…”. En esta promesa de la victoria definitiva de Jesús sobre el mal está puesta la confianza y la fortaleza de la Iglesia. A lo largo de dos mil años de historia de la Iglesia, esta certeza ha dado el valor a miles y miles de mártires de profesar su fe hasta entregar su vida, sin desfallecer ante incomprensiones, hostilidades y persecuciones, como tantos cristianos lo testimonian también en estos días en Nigeria e Iraq ante la violencia brutal y feroz de grupos terroristas que se denominan islámicos.

Jesús también hace otra promesa a Pedro. “Yo te daré las llaves del reino de los cielos”.El servicio de las llaves designa la autoridad espiritual de Pedro para abrir las puertas del Reino de Dios a la Iglesia: Pedro es la roca, el centinela, el maestro, el guía seguro que precede, anima y conduce al pueblo de Dios en su peregrinación hacia la meta definitiva, la felicidad en la casa del Padre.

Este servicio conlleva una potestad concreta: “Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos”. Jesús concede a Pedro la autoridad de interpretar auténticamentela verdad del Evangelio y el servicio de la unidad en la fe y en la caridad, para todo el pueblo de Dios. Además le confía el poder de perdonar los pecados, desatar los vínculos de la injusticia y proclamar la Buena Nueva de la liberación a todos los oprimidos, manifestando el rostro misericordioso del Padre.

En esto consiste el primado de Pedro entre los doce apóstoles y en toda la Iglesia, servicio que sigue hasta el día de hoy a través del Papa, su sucesor. Hemos tenido la dicha de conocer testigos maravillosos de Pedro en las figuras de los grandes Papas San Juan XXIII y San Juan Pablo II.

Sus vidas han sido entregadas heroicamente a la Iglesia y a la manifestación del Reino de Dios, testimonio que nos ha dado el Papa emérito Benedicto XVI al igual que el Papa Francisco. Está a la vista de todos su misión llevada en fidelidad al mandato del Señor, no sólo en bien de la Iglesia sino de todo el mundo entero, con el constante anuncio del Evangelio, la proclamación de la dignidad de las personas, el respeto de la vida y los derechos humanos, la promoción de los valores de la libertad, la justicia y la verdad y la paz, y también con la denuncia de todo orden injusto, contrario al Reino de Dios.

Nosotros por el bautismo tenemos la gracia y la dicha de pertenecer a esta Iglesia que Jesucristo ha fundado sobre la roca de Pedro, y que tiene la bienaventuranza de vivir esta fe revelada directamente por el Padre. Pero no siempre sabemos valorar este don, nuestro sentido de pertenencia a la Iglesia es débil, no profesamos nuestra fe en comunidad y comunión eclesial y no acogemos con apertura y disponibilidad la palabra y las enseñanzas de los pastores.

Este Evangelio nos invita a superar una mentalidad puramente humana y tener una mirada de fe sobre nuestra Iglesia, a tomar conciencia de que es una gracia verdadera de Dios haber sido constituidos miembros de la Iglesia, agradecidos porque el Señor ha creído en nosotros y ha querido construir su Iglesia sobre la debilidad humana para redimirla y salvarla. Todos juntos con mucha confianza nos dirigimos a Dios para pedir que, unidos a Pedro, nos de la luz y la valentía para hacer públicamente nuestra profesión de fe sincera: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios Vivo”, y que un día lo podamos proclamar todas juntas las denominaciones cristianas y la humanidad entera. Amén